La dimensión Laical a partir de la experiencia de nuestra Madre Concepción Cabrera de Armida, como la vivió y como la viviría hoy

Puebla, 7 de noviembre del 2009

1. Introducción

Agradezco a todos y cada uno de los miembros del Movimiento Alianza de Amor por la invitación que a través de su presidenta la Sra. Yolanda Jasso recibí para celebrar con ustedes en espíritu de fe y gozo el centenario de la fundación de vuestro movimiento Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús, tercera obra de la Cruz. Esta celebración es para todo el movimiento un llamado a renovarse, una invitación a regresar a los orígenes del carisma y a aquella mujer que inspiró esta obra. Hemos pues de volver a las fuentes, y por tanto volver la mirada hacia su vida. Esta conferencia tiene como objetivo centrarse en la dimensión laical de la experiencia de Concepción Cabrera de Armida. Ante todo quisiera iniciar con una breve explicación, a modo de introducción de lo que significa vivir la vocación laical.

2. Dimensión laical

Al analizar la dimensión laical quisiera tratar brevemente dos aspectos fundamentales que nos ayudan a comprender lo que significa ser un fiel laico. Ante todo recordemos que el Concilio nos invita a definir al laico al interior de una eclesiología comunional «que centra la atención sobre la figura de los christifideles», y por lo tanto se dirige a todos los creyentes y a toda la comunidad eclesial.(1) Ser un fiel laico no es otra cosa que ser cristiano, es el bautizado llamado a la santidad en su propia existencia. Cuando hablamos del laico estamos hablando de una realidad ontológica que se inicia en el bautismo. La identidad y la misión del laico no nace de un mandato dado por un sacerdote, o por un ministerio. Más allá que el Código de derecho canónico explicite que la autoridad competente puede delegar funciones a los laicos, al origen de cualquier misión o servicio que realice el laico estamos ante una realidad que tiene su origen en el sacramento del bautismo. La Christifideles laici afirma que ser laico es tratar de vivir hasta sus últimas consecuencias la realidad del bautismo con el cual fuimos incorporados a la Iglesia y a la misión apostólica de la misma: «No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios».(2) En este mismo sentido, la exhortación apostólica post-sinodal de Benedicto XVI, Sacramentum caritatis resalta la importancia de redescubrir la iniciación cristiana.(3)

Esta definición de los laicos como christifideles que nos abre a una perspectiva más eclesiológica del término ayuda también a no realizar falsas oposiciones (laicado/jerarquía, orden natural/orden sobrenatural) o reduccionismos sobre la inserción del laico en el mundo. Giacomo Canobbio en su libro Laici o Cristiani? – ¿Laicos o cristianos? trató el tema de una manera provocadora escribiendo: «La reciente reflexión teológica ha sido la de identificar al laico con el cristiano sin realizar ninguna distinción y esto ha implicado que el real problema se encuentre no tanto en la definición del laico sino en la de especificar el rol cristiano de la persona que ejerce el ministerio ordenado: el problema del laico es solamente un mero problema pastoral, sin tener intrínsecamente valor teológico».(4)

En este sentido creo que actualmente el problema pastoral del laico se verifica en dos desafíos concretos. El primero es el desafío de conocer y vivir la propia identidad como cristiano. El segundo desafío es que el fiel laico está inmerso en una cultura, en una cultura que muchas veces prescinde de Dios y que propone un decostruccionismo filosófico poniendo en duda la identidad misma del ser humano y los valores perennes y estables. Ciertos pensadores como el filósofo Foucald, es tajante en su propuesta que la cultura rechace toda aproximación antropológica y toda religión. Se ha adoptado la definición de Jacques Derrida de la deconstrucción de la filosofía y se ha iniciado un movimiento cultural que rechaza todos los roles sociales: la religión, la tradición, la educación, la naturaleza humana (la ideología de género rechaza incluso la posibilidad de diferenciar la identidad entre un hombre y una mujer). Benedicto XVI en el discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe advierte el problema de una sociedad sin Dios: «¿Qué es esta "realidad"? ¿Qué es lo real? ¿Son "realidad" sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo (...). Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de "realidad" y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas».(5)

Estamos entonces no sólo frente al problema de la identidad cristiana sino frente a un problema del fundamento, frente a un problema más amplio. Hay un intento de buscar una revolución cultural global, una nueva ética pos-moderna y por lo tanto pos-judeo-cristiana.(6) Esta revolución cultural se basa sobre dos pilares: por un lado la autonomía individual y por otro lado la acentuación del relativismo cultural sin tomar en cuenta la unidad antropológica.

Al colocar la autonomía como valor primordial, cada quien es libre de decidir por sí mismo en manera absoluta. La libertad ha perdido todo nexo con la verdad y por ello no tiene ninguna relación con el bien de la persona ni con alguna instancia objetiva. Al mismo tiempo, al acentuar la diversidad cultural sin afirmar la unidad antropológica, todo punto de referencia se termina por relativizar. Así, una libertad anárquica y el relativismo cultural son características que forman parte del fenómeno de una «modernidad fluida» donde se ha abandonado toda esperanza de totalidad y solidez. El concepto acuñado por el sociólogo Z. Bauman expresa una cultura en la que se afirma una sociedad que no se orienta ya por principios universales o reglas sociales, sino que afirma la especificidad cultural y psicológica reduciendo todo al interior del individuo.(7) La modernidad fluida se convierte de esta manera en «identidad fluida».

Esta cultura líquida y fluida genera hombres y mujeres que experimentan una confusión en la propia identidad, una inseguridad profunda sobre la pregunta sobre su vocación y destino, un interrogante acuciante sobre el cómo realizarse y ser felices. Si el ser humano no sabe quién es, pierde también la posibilidad de orientar su destino, su existencia y por tanto la sociedad. Aquí reside la profunda diferencia entre los seres humanos y los animales, pues la persona está siempre en peligro de deshumanizarse. Como señalara Ortega y Gasset: «mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse. No sólo es problemático y contingente que le pase esto o lo otro, como a los demás animales, sino que al hombre le pasa a veces nada menos que no ser hombre. Y esto es verdad, no sólo en abstracto y en género, sino que vale referirlo a nuestra individualidad. Cada uno de nosotros está siempre en peligro de no ser el sí mismo, único e intransferible que es».(8)

Esta deshumanización se ve en la dificultad que tenemos hoy para ejercer nuestra libertad. La libertad de la cultura actual proclama que cualquier compromiso definitivo (por ejemplo entre un hombre y una mujer) amenazaría la autonomía conquistada; hoy muchos jóvenes consideran que la familia lejos de ser un camino de realización amenazaría de alguna manera la propia independencia; la cultura posmoderna nos insiste que la felicidad del ser humano es vivir el momento presente. Sin embargo, cuando uno observa y constata que no todos logramos vivir instantes felices ¿Qué es lo que sigue manteniendo a las personas esperanzadas? En la cultura del consumismo actual «somos felices en la medida que no perdemos la esperanza de ser felices en el futuro: y esta esperanza nos protege de la infelicidad presente».(9) El problema es que se nos convence que en la vida no se puede ser feliz a largo plazo, sino que la vida consiste en episodios que cada uno tiene un inicio y un fin y que por lo tanto si en este episodio no fui feliz puede que en el siguiente lo sea. Y el ser humano por ello, al vivir una vida fragmentada tiene el terror de compromisos duraderos, por eso hoy cada vez es más difícil la realidad del matrimonio, o de traer hijos al mundo porque hay el temor que un compromiso duradero ponga en riesgo mi felicidad futura. Sin embargo, esto no es mas que una quimera, porque la característica de la felicidad es justamente que sea duradera, que no tenga el peligro de terminar y que sea alcanzable para todo tipo de persona en cualquier momento y no dependiendo de las circunstancias.

En tiempos de relativismo moral como el nuestro y de este extraño concepto de felicidad, se hace fundamental tomar conciencia de los fenómenos sociales y culturales que afectan nuestra identidad pero no para huir del mundo, ni tomar distancia, sino muy por el contrario, para que desde esa identidad católica sólida pero abierta y universal el cristiano pueda verdaderamente dialogar con la cultura y con las personas y pueda llevar la belleza de la identidad del cristiano que no es otra cosa que la persona de Cristo. La situación del mundo nos debe urgir a comprender la importancia de vivir el núcleo de la vida del cristiano que es la persona de Cristo. Aunque parezca una realidad obvia creo que el desafío actual de nuestras comunidades eclesiales es el de regresar al núcleo del cristianismo. Romano Guardini, en su libro La esencia del cristianismo afirma que en el centro de la fe no se encuentra una moral, ni una idea abstracta, ni un mensaje sino más bien una persona: Jesucristo. La vida cristiana no se puede reducir a un conjunto de normas o a una «reducción moralista selectiva, donde el cristianismo sea solamente un símbolo de compasión hacia las personas o un voluntariado para la edificación social».(10) No podemos reducir a Jesús sólo a su humanidad y privarlo de su divinidad, ni podemos crearnos un Jesús moderno o post-moderno.

Es desde este fundamento de la centralidad cristológica y desde la luz que arroja para la antropología, ya que sólo en Cristo podemos descubrir la identidad y la vocación del ser humano, que nos podemos acercar a otra característica fundamental del fiel laico como es su misión apostólica. El Santo Padre en la Exhortación Apostólica Christifideles laici nos recuerda las enseñanzas del Concilio y afirma que «al dar una respuesta al interrogante “quiénes son los fieles laicos”, el Concilio, superando interpretaciones precedentes y sobre todo negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (Lumen gentium, 39)».(11)

La característica del laico es pues desde su vocación humana y cristiana estar inmerso en las realidades temporales. Hablar de realidades temporales hace referencia al hecho que somos seres encarnados en un tiempo y un espacio determinado. La realidad temporal del laico será su entorno, el ambiente de trabajo, la familia, las relaciones sociales, la propia historia y todas las dimensiones de la cultura en la cual vive y se relaciona. Es el llamado a vivir la vocación bautismal en las formas ordinarias y comunes de la existencia.

En este sentido, Concepción Cabrera de Armida fue una laica por excelencia, una mujer de su tiempo y de su historia que se tomó muy en serio su vida cristiana. Fue una madre de familia y una mujer con un grande celo evangelizador iniciando una hermosa obra de apostolado. El día de hoy quisiera concentrarme en su escrito: Las estaciones del alma.(12) Quizás alguno de ustedes podría preguntarse ¿por qué escoger este escrito que se refiere a los estados de la vida espiritual cuando he de hablar sobre la dimensión laical de la vida? El objetivo de esta plática es justamente comprender la unidad de ambas dimensiones.

El riesgo del laico, por su llamado a estar inmerso en las realidades temporales del mundo, en el ámbito del trabajo, de la ciudad, de los ritmos acelerados es olvidar que la savia que ha de nutrir su vida cristiana y laical es la persona de Cristo, es la radicalidad evangélica y la coherencia en vivir las consecuencias del bautismo. Al laico le debe caracterizar su identidad profundamente humana y por lo tanto cristiana y la ha de manifestar en sus opciones, decisiones, pensamientos y juicios.

Uno de estos signos fuertes de su identidad cristiana es la profunda vida espiritual que le ha de caracterizar. Por vida espiritual no sólo hago hace referencia a los momentos fuertes de oración. La Eucaristía, la meditación de las Sagradas Escrituras, el rosario y otras devociones son fundamentales y estos momentos fuertes nos ayudan a vivir una vida espiritual intensa. Sin embargo la vida espiritual tiene un significado más amplio e integral, la vida espiritual abarca toda nuestra jornada y existencia, es “una vida en el Espíritu”.

Para poder vivir esta vida en el Espíritu hemos de contemplar a la persona del Señor Jesús. En Él, todo su ser y toda su acción fue guiada por el Espíritu Santo. Cuando Cristo pronuncia las palabras «el Espíritu del Señor está sobre mi» (Lc. 4, 18) revela que toda su persona, toda su existencia está invadida por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo inspira cada acto del salvador, le está siempre al costado, está sobre Él para animar su misión de reconciliación.(13) El Espíritu de amor está en el origen, en la fuente de toda la misión de Cristo y guía hasta el más mínimo de sus gestos: «es la corriente misteriosa que partiendo del Padre, habita en el Hijo y se difunde entre los hombres».(14) Sus pensamientos, sus sentimientos, sus acciones pasaban a través de este soplo del Espíritu Santo.

Bien, ésta es la vida en el Espíritu: es una vida de oración con momentos intensos que se hace misión y evangelización en la vida cotidiana: “oración para el apostolado y la vida y el apostolado hechos oración”. Una vida de fe y comunión con Cristo que se hace liturgia y da frutos de amor y caridad afectiva y efectiva en los demás. Por lo tanto nuestras obras apostólicas, nuestras obras de evangelización, nuestro compromiso por los más necesitados y por los que sufren surgen de este manantial de nuestra comunión y amor con Jesucristo en el Espíritu. Vida espiritual cristiana y por tanto vida laical, significa que toda la vida en sus diversos aspectos y circunstancias se conformen a la vida del Señor Jesús a través del Espíritu Santo; significa que la comunión con Cristo nos transforma y nos ayuda a amar con un amor de una calidad distinta. Nuestro amor por más bueno que sea es siempre limitado, egoísta, interesado. En cambio el Espíritu Santo hace todas las cosas nuevas, transforma y dilata nuestro corazón ayudándonos a amar con el mismo amor del Señor Jesús.

Muchas veces el Espíritu Santo ha sido el olvidado de la historia y de la teología. Nosotros como cristianos estamos llamados a integrar una cristología del Logos con una cristología del Espíritu.(15) Con la cristología del Logos afirmamos que Jesús es el Hijo de Dios, Palabra definitiva del Padre. Con la cristología del Espíritu afirmamos que la humanidad de Cristo se ha convertido en paradigmática para todo hombre, y que esta plenitud de vida se comunica para que en todos pueda suceder aquello que ha vivido Jesús de manera única.(16)

El ideal será alcanzar a través del Espíritu Santo la conformación con Cristo que nos hace partícipes de su vida filial y sólo experimentándonos como hijos amados del Padre de manera única podremos vivir la experiencia del amor a los hermanos descubriendo en el rostro del hermano su unicidad y su dignidad. El apóstol San Pablo enseña: «Si vivimos del Espíritu caminamos también según el Espíritu» (Gal 5, 24). Juan Pablo II hizo un llamado para que toda la vida cristiana se convierta en vida espiritual, es decir una «vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o la perfección de la caridad».(17)

3. Las estaciones del alma, modelo de auténtica vida espiritual

Es interesante ver en Las estaciones del alma esta unión entre la vida espiritual de Concepción y su existencia cotidiana. Ella es una mujer de su tiempo que lleva a su oración sus preocupaciones, su vida, su historia y la relee desde la luz del Espíritu de Cristo. En ella no hay escisión entre fe y vida. Las estaciones del alma no es más que un reflejo de su propia experiencia, sus miles vicisitudes pasadas a través del prisma del fuego del Espíritu. En este sentido es fascinante la dimensión histórica y encarnada que esta mujer tenía del tiempo y de la vida.

En Concepción se une además como una sinfonía melodiosa su vocación de escritora con su vocación mística. Ella misma al reflexionar sobre sí es consciente de ambas vocaciones: «Toda la vida recuerdo haber visto claro el fondo de mi alma y grande disposición para retener todo lo que concierne al espíritu, como lecturas místicas, sermones; y si no las retengo en la memoria que la tengo malísima, sí como que penetran las verdades en el fondo de mi alma; el sentimiento místico existe en lo más escondido de mi espíritu y vibra como una cuerda al simple contacto de las cosas de Dios... Siempre me ha gustado leer y en los libros místicos he encontrado descanso, luz, recreo»(18) Y sobre su vocación de escritora afirma: «Siempre he tenido inclinación a escribir. De dieciséis años escribí una historia de la vida que llevábamos en 'Peregrina', muy llena de Dios; la rompí la mayor parte».(19) Se ha reflexionado sobre cómo tanto el místico como el poeta se enraízan en el mismo humus del silencio, en la tierra a veces árida de la soledad que les consiente en esta intimidad de amor percibir la música silenciosa que es el Dios viviente.(20) En el caso de Concepción Cabrera de Armida tanto su vocación de escritora y su vocación mística de comunión con Cristo brotan como exigencia de la misma raíz. ¿Por qué Conchita escribió tanto? Muchos de sus escritos se concentraron en las cuentas de conciencia, que es el espejo de su vida ordinaria. Ella justamente quiere mostrar cómo la vida cotidiana y la vida laical es lo invisible expuesto en plena luz, ella busca ver la luz de Dios y la presencia del Espíritu en lo pasajero de los acontecimientos y en las circunstancias de la vida.

He escogido la pequeña obra Las estaciones del alma porque aquí vemos con fuerza su alma poética, su vocación mística y su ser mujer profundamente encarnada en el ritmo de la vida. El uso de imágenes, en este caso el de las estaciones, es típico de los místicos. Los místicos tienen la característica de la inefabilidad de la experiencia, no le bastan las palabras, tienen que utilizar imágenes, paradojas, símbolos para poder expresar lo que es inexpresable, que es la relación con Dios que les quema por dentro y los lleva a una caridad heroica. Trataré pues de mostrar cómo Concepción en este escrito expresa la belleza y el reto de la cotidianidad, de la vida laical, de la vida de todos los días.

a) La primavera

Para Concepción la primavera es el inicio de la vida espiritual, el inicio de la vida cristiana.(21) Concepción describe así esta estación: «el alma entra verdaderamente en una atmósfera perfumada y camina sobre flores bajo un cielo sin nubes, siempre sereno y fascinante; ahí no hay tempestades, ni vientos áridos, el sol es templado, la luz esplendente».(22) «En esta estación todo sonríe en la vida espiritual, nada es pesado».

Todo cristiano ha vivido un momento de primavera y suele coincidir con el momento en que nos hemos acercado a la fe o este camino se ha intensificado. Es muy probable que todos los que estamos aquí hayamos ya vivido una primavera. Es decir, un tiempo en el que hemos percibido con fuerza el amor de Dios, donde hemos percibido su gracia, donde hemos descubierto con agradecimiento sus dones y hemos sentido su Presencia. Todos atesoramos en el corazón estas primaveras de la vida y las hemos de guardar en la memoria para las siguientes estaciones.

Para Conchita, es en la primavera donde se verifican «vuelos rápidos y altos. Ay del alma que no prevee las futuras estaciones que tendrá que recorrer. Irrigado del alto cada semilla crece y florece en el corazón. Son todas diversas flores que el alma produce y cuántas se abrirán sin marchitarse».(23) ¡Qué realismo en su expresión! ¡Qué claridad que todavía no estamos ante frutos maduros sino ante flores, que si bien hermosas y reales se marchitan con facilidad! Y es justamente la hermosura de estas flores que nos puede confundir pensando que ya hemos llegado a la meta. En el análisis de esta estación Concepción señala que el peligro es el fariseísmo y añade que muchos cristianos desgraciadamente se quedan en esta estación. Este fariseísmo por un lado nos hace sentir mejores cristianos que los demás y por otro lado puede hacernos ver tan sólo lo bueno que Dios ha hecho con nosotros.

Muchos que han decidido vivir lejos de Dios tienen la conciencia anestesiada, y viviendo imbuidos del subjetivismo y del relativismo moral imperante, son incapaces de ver la gravedad del propio pecado y del daño que se hacen a sí mismos. En cambio, para aquellos que han iniciado un camino de fe, una trampa muy común del demonio es hacer sentir que no se es tan pecador. El cristiano puede tener la tentación de considerar que no tiene pecados tan graves en comparación con otras personas. Si son graves trata de minimizarlos o relativizarlos con la excusa que son muchas las personas que cometen los mismos y hasta peores pecados que los suyos. Quien desea vivir una vida cristiana y se considera a sí mismo una persona de fe, tiene la gran tentación farisaica de ilusionarse con las propias flores de sus convicciones, y confundir el deseo y el anhelo profundo que tiene de vivir la santidad – es decir, el ideal que ha asumido – con la realidad de su propia existencia, la verdad de sí mismo.

Concepción afirma también que el defecto de esta estación consiste en juzgar a los demás, en hablar mal de los otros y ver tan sólo sus defectos. Esto parece ser un problema de todos los tiempos y se vuelve tremendamente actual en el consumismo de hoy. El sociólogo Zygmunt Bauman analizando la sociedad actual señala como «llegar a la felicidad significa obtener algo que los demás no tienen la posibilidad de obtener, ni siquiera en perspectiva. La felicidad requiere siempre estar un escalón por encima de los demás».(24) Este análisis que se comprueba fácilmente en nuestra sociedad de consumo también penetra en nuestras realidades eclesiales y puede ser aún más peligroso. Podemos transplantar los esquemas de frutos, obras, acciones para sentirnos más buenos, por encima de los demás pero de manera sutil. Es la tentación que podríamos llamar la soberbia espiritual. Como señala el biblista Lyonnet, el «amor tendrá que ser necesariamente fundado sobre la humildad; porque para “servir”, es necesario ponerse por debajo y no por encima de quien se sirve».(25) El que sirve considerándose superior, por el hecho de poder dar al otro algo que no tiene, no vive un servicio auténtico, pues se falsea el servicio viviendo una búsqueda de sí mismo y siendo, por tanto, una expresión del amor propio. La ayuda prestada no es más que una confirmación de la propia superioridad. El servicio sincero y la auténtica caridad es de quien siendo grande se hace pequeño para darle un espacio al otro en el propio corazón, con el fin que el prójimo reciba de nosotros lo que necesita. Sin embargo, el que presta un servicio no se siente superior, sino por el contrario, como un mendigo agradece que el otro le de la posibilidad de desplegar su amor.

Conchita señala de manera aguda que en esta estación en cambio, lejos de vivir la humildad el cristiano se comporta frente al hermano con juicios precipitados, duros y con faltas de caridad. Con ello, no quiere decir que no veamos la realidad y el mal que se encuentra en el mundo sino que nuestra aproximación ha de ser purificada, porque se trata de rechazar el mal y corregirlo cuando la caridad nos lo exige, pero no juzgar a las personas, porque ni siquiera podemos juzgarnos a nosotros mismos. Todos somos grandes pecadores reconciliados por Cristo, y la verdadera humildad es incapaz de juzgar al hermano porque se reconoce a sí mismo tan o más pecador.

b) El verano

Para Concepción es en las siguientes estaciones donde la persona «adquiere muchas y más grandes virtudes» y en el verano es cuando «tocará su impotencia, experimentará su debilidad admirando la bondad, el poder, la ternura y la santidad de su Dios».(26)

Si analizamos atentamente la reflexión de Concepción vemos dos movimientos que están muy unidos: por un lado la conciencia de la propia fragilidad e inmediatamente después la confianza en Dios. Es como un movimiento pendular que ayuda a no desfallecer al ver el propio pecado o el mal que nos circunda sino que nos lanza a abrazarnos a la misericordia divina. Esta claridad y conciencia del propio pecado es una gracia y una respuesta a la misma. El Señor Jesús cuando reveló la misión del Espíritu Santo mostró que sería el Espíritu quien convencería en lo que concierne al pecado.(27) Este convencer del pecado es la conciencia del mal que hay en el propio corazón humano y en el mundo. Podríamos decir que es un fruto reconciliador de la Cruz del Señor Jesús. Es en la Cruz que Cristo, entregando su vida por los hombres revela la hondura del pecado humano. ¡Cuán graves han de ser los pecados de los hombres que el Hijo de Dios decidió sufrir y morir para clavar el aguijón del pecado en la Cruz! Así pues, uno de los frutos de la reconciliación es un fruto de “revelación”: muestra la identidad humana herida y reconciliada revelando la realidad de pecadores. Un paso fundamental de conversión es el reconocimiento humilde del propio pecado así como la aceptación humilde del pecado de los otros. No basta la aceptación general de “pecador”, es necesaria la conciencia del pecado concreto, particular y personal. Y aquí comienza la estación del verano y es esta estación donde el Espíritu Santo inicia su misión de Maestro de la Verdad y Santificador. Es Él quien concede la gracia de abrir la propia conciencia a la Verdad y ayuda a desenmascarar las vanas ilusiones sobre la imagen que uno había construido de sí mismo. Podemos decir que en esta estación es importante el encuentro con la verdad de sí mismo, el cristiano se debe convertir en un activo colaborador de la acción del Espíritu Santo en la propia conciencia. Para Concepción no «existe una mayor asimilación con Jesús como aquella que se da a través de la humildad y no existe ningún fruto maduro que no lleve el color de esta virtud».(28)

Sin embargo, no basta la conciencia de pecado si inmediatamente no se alza la mirada hacia Aquel que nos ha reconciliado y quien posibilita la propia conversión. Es interesante como Conchita señala que se trata de mirar la impotencia y la debilidad al mismo tiempo que uno mira la ternura, la santidad, y el poder de Dios. No sólo somos pecadores. La humildad de esta estación nos pide vivir como pecadores reconciliados, ante todo con una profunda confianza en el Señor Jesús. Quien se inicia en el camino de la fe tiene dificultades, muchas veces, en confiar que el Señor Jesús tiene el poder de curar las propias heridas y la fuerza de vencer el pecado. A veces también cuando percibimos la pobreza, el sufrimiento, la enfermedad o el mal en nuestro mundo tenemos la tentación de perder la esperanza. Si bien intelectualmente el creyente afirma tener fe, en lo íntimo del corazón permanece una cierta antropología negativa que lo conduce aún a dejarse llevar por las apariencias, considerando superficialmente que las fuerzas del mal son más potentes que la persona de Cristo. Aún la persona se fía excesivamente en sí misma.

Se hace necesario que la persona perciba que con las propias fuerzas no podrá vencer el mal, ni personal ni el de los demás. Al mismo tiempo, realizará un acto voluntario y consciente de creer que el Señor Jesús es capaz de reconciliar las heridas más profundas y todos los pecados de diversa índole. Se trata de un acto de confianza que exige cierto caminar en la oscuridad: el creyente no tendrá claro de manera exacta cómo, cuándo, con quién, y a través de qué medios el Señor lo liberará tanto a sí mismo como al mundo entero de estas fuerzas del mal. Sin embargo, ha de crecer en la certeza y en la convicción que Jesús es el Reconciliador, capaz de sanar toda herida y curar toda dolencia y que finalmente su amor triunfará. Esta reconciliación que Cristo actuará no tiene como objetivo un perfeccionismo de la naturaleza humana, ni un cambio instantáneo de los propios pecados y heridas. Se trata de un camino largo y fatigoso, en el cual es imperioso vivir un realismo esperanzado. Al estar heridos por el pecado, la imagen que debe acompañar al cristiano es la imagen de Cristo Resucitado en quien permanecen las huellas de las heridas de la pasión, pero la luz de su Resurrección pasa a través de estas heridas, transformándolas y curándolas. Cristo realiza nuestra reconciliación y no prescinde de la historia personal y de la historia de nuestro mundo. Es más bien a través de la historia y de las propias heridas que pasa su gracia transformándolas, curándolas y transfigurándolas.

Esta profunda esperanza en la reconciliación otorgada por el Señor Jesús no deja a la persona estéril. Todo lo contrario, al tener el espíritu esperanzado y, por tanto, alegre en la victoria de la Resurrección, se decide con mayor esfuerzo y compromiso a luchar y combatir para vencer el mal. El combate se vuelve cotidiano, natural y constante. Entre victorias y derrotas tiene puesta la mirada no en los frutos personales, ni en los avances visibles. Esta etapa consiste en la esperanza cierta y segura que tarde o temprano el Señor hará florecer los frutos de santidad en el árbol podado y repodado.

Según Concepción en este tiempo se inicia la «estación calurosa [que] trae consigo la aridez, la aspereza, los conflictos y las luchas; el alma gime y se consume y llora, pero sólida, aferrada con todas sus fuerzas al árbol de la Cruz».(29) Aquí uno no puede dejar de pensar en las innumerables pruebas por las que tuvo que pasar Concepción. Desde la muerte de su hermano, su marido, sus hijos, el dolor por la separación de su hijo sacerdote, las pruebas por las que México atravesaba en ese momento, la incomprensión de algunos parientes, las dificultades apostólicas, sus enfermedades. Es el momento del crisol y es en estas circunstancias donde se constata con claridad la solidez de su fe.

Concepción es una mujer realista al decir que el verano es la estación más larga y por lo tanto nos prepara para comprender que nuestra identidad como laicos, nuestra inserción en el mundo no puede prescindir de la Cruz. El salmo afirma: «Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan».(30) Es decir si la vida está hecha de alegrías pero también de muchos dolores, es en el dolor y en las pruebas donde manifestamos nuestra fe en la Cruz de nuestro Señor. No es para nada difícil amar al Señor en los momentos alegres. Pero es difícil tener una visión de fe en los momentos difíciles y es aquí donde se mostrará con fuerza nuestra identidad cristiana frente a las personas que no creen. La lectura de Conchita es de una fe y una esperanza profunda. Ella no vive el dolor amargándose, o evadiéndolo. Si algo le duele, su mirada es más profunda y descubrirá cómo cuando ella acepta esta cruz y se une a Cristo en ella, Cristo va dando un fruto insospechado: «mar de contradicciones, luchas, angustias, enfermedades y todo tipo de cruces con las cuales va plasmando, comunicando linfa y sabor y le va dando la semilla para el fruto y la fecundación futura».(31) Ella abraza el sufrimiento suyo y el de los demás no porque el sufrimiento sea hermoso, pues esto sería un masoquismo. No, ella es una mujer que ha encontrado el sentido al dolor, ella sabe que la cruz sólo tiene sentido en el amor: «¡Felices aquellas que crezcan y maduren siempre aferradas a la Cruz! Y ¿quiénes son éstas? Sólo las que aman, por el amor todo lo vence y en él no hay pena ni sufrimiento, porque el único suplicio del amor es no sufrir suficiente por el Amado».(32) La cruz y el sufrimiento han sido vencidos por Cristo. La cruz asumida con el Señor purifica a la persona en el amor. Nos dice: «sería muy largo definir el camino del espíritu en esta estación de la aridez del alma con sus innumerables crisoles y sangrados la hacen perder el veneno, purificando su amor».(33) Muchas veces, debido a una comprensión errada, parecería como si el Señor pidiera entrar en una situación de kenosis, de sufrimiento y abajamiento en esta vida para gozar de la Resurrección sólo en la vida eterna. Esta es una visión limitada de la Cruz, como si la vida humana fuese un llamado a vivir entre dolor y sufrimientos. Nada más equivocado de lo que significa la vida cristiana. ¿Cómo se puede conjugar el dolor con la alegría que nos promete Jesucristo en la tierra? La vida cristiana no es una «puerta estrecha» que hace vivir en una continua infelicidad o desdicha. La puerta es estrecha porque se pasa a través de la Cruz, pero en el momento de entrar se ingresa en el reino de Dios, reino de paz y alegría en el Espíritu. Tenemos que ser profundamente realistas frente a la vida. Se trata de vivir un continuo dinamismo kenótico-ascencional. Es decir, el verano incluye dentro de sí – al haber asumido el Señor Jesús la humanidad y todo lo que ello comporta – una elevación y una continua resurrección. En esta vida de seguimiento de Cristo y de coherencia a las promesas bautismales, se vive en una dinámica de continua muerte y resurrección. A través de las pruebas se aceptan y se asumen dócilmente las ocasiones de muerte y renuncia personal, pero a través de la Cruz uno se regocija de las «maravillas» que hace Dios. Por lo tanto, la verdadera cruz es la de todo lo que exige una renuncia personal que invita a despojarse y abajarse, pero al mismo tiempo es una llamada a percibir por donde el Señor hace fructificar su resurrección, los brotes continuos de esa muerte. Es por ello que María puede cantar «Glorifica mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha contemplado la humildad de su sierva» (Lc 1, 46-48). María al ser verdaderamente pequeña deja espacio para que Dios obre grandes cosas en Ella. La grandeza de la existencia debe transparentarse en el gozo de la vida. La oración del Magnificat nos invita a dejar una visión pesimista y negativa y dejar de acentuar los aspectos negativos de la realidad que nos circunda. Tenemos la responsabilidad de continuar en la actitud de cómo se complace Dios con el mundo. Apreciar su valor, su belleza y significado. La cotidianidad, la vida laical es el lugar de nuestra fidelidad a Él, fidelidad a veces crucificada, frecuentemente gozosa. Es esta la verdadera humildad. La persona humilde es aquella que logra en una misma mirada contemplar la Cruz y la Resurrección, el abajamiento y la elevación. Basta que uno sea humilde para comenzar a percibir los frutos continuos que Dios otorga a los sencillos de corazón. Claro que esta estación no es fácil. Para Concepción: «El verano es la estación más larga de la vida interior; la más fatigosa; es el desarrollo del alma en la vida espiritual, la formación y la sustancia de todas las virtudes». Digamos que es una de las estaciones donde pasamos el mayor tiempo de nuestra vida. Por ello, es necesario preguntarse ¿Cómo vivo las dificultades? ¿Las acepto o me rebelo? ¿Las asumo o las evado? ¿Cargo el dolor de mi hermano o me hago el indiferente pensando sólo en mis intereses mezquinos? ¿Veo las bendiciones que trae o sólo me quedo en el dolor que produce? ¿Me solidarizo con el mundo que sufre y hago concreta mi acción solidaria con el pobre y el hermano que sufre al costado mío? Conchita tiene palabras fuertes que cuestionan y que señalan que efectivamente es en la Cruz donde forjamos nuestra vida laical: «El verano es la escuela de los santos; y las almas rebeldes (…) cobardes y pusilánimes no quieren seguir las huellas que sangran, se quedarán a mitad de camino y no llegarán al final porque quien quiera seguir al Señor debe renunciar a sí mismo y tomar su Cruz».(34)

Conchita además señala las tentaciones más frecuentes y más violentas de este tiempo: la desconfianza, el cansancio, las dudas y la perplejidad. Y es cierto. El desafío de la vida laical es no dejarse llevar por la desconfianza, por el cansancio o las dudas. Vivir la fe en este mundo no es fácil. A veces nos puede desesperanzar ver la incoherencia personal, o ver la dificultad en nuestra labor evangelizadora, tantas personas que no escuchan a Jesucristo, tantas injusticias que se cometen, tantos problemas en las familias, tantos dolores de personas cercanas a nosotros, tantos pequeños problemas en nuestras vidas personales… es fácil cansarse. Y aquí creo que tenemos que reflexionar en otro elemento de la vida laical que pienso sea una respuesta para esta tentación. Y se trata de la realidad asociativa de los movimientos. No se puede vivir la fe en soledad. No se puede evangelizar como si fuésemos islas. Debido a la complejidad de nuestro mundo, al fenómeno de la globalización, para que nuestras acciones tengan mayor eficacia y mayor impacto, se hace cada vez más necesario tener iniciativas comunitarias y apoyarnos los unos a los otros para levantarnos y alentarnos en el camino. En este sentido el episodio de los amigos del paralítico que lo llevan a Jesús es ilustrativo: «Un día que estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de él. Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: “Hombre, tus pecados te quedan perdonados”» (Lc 17 - 20). Vemos la creatividad de los amigos que buscan nuevas formas, nuevos métodos para presentarle a Jesús. Así debemos ser con los hermanos. Nos debe caracterizar la audacia, el ingenio y el entusiasmo en el apostolado y la evangelización. Al mismo tiempo tuvieron que ser varios para poder abrir el techo: he aquí la importancia de la acción eclesial y comunitaria. Unas veces seremos nosotros los amigos, y otras veces seremos nosotros el mismo parálitico que tenemos necesidad de nuestros amigos para que nos confirmen en la fe cuando dudamos.

c)El otoño

Y luego pasamos a la estación del otoño. Concepción lo define así: «los frutos maduran (…) el alma tiene color y sabor de Jesús, parece que la asimilación a Él se ha completado. (…) Los vientos ya no la hacen vacilar sino que la consolidan; las tempestades no la asustan sino que la dejan abrazada a la cruz; el fuego de abandonos no la asusta sino que se deja quemar para purificarse (…) abandonada en los brazo del Padre que no la puede dejar».(35) Hay una característica clara de esta estación: «el alma, en esta estación se olvida de sí misma y tiende a donarse y a comunicar, pero ya no con los peligros y defectos de la primera sino con un verdadero y completo olvido de sí (...) El celo por las almas y por la gloria de Dios que es su vida, llega casi al martirio».(36)

Concepción señala con mucha agudeza que el amor y la caridad que ofrece la persona a los demás ya no es ella misma, sino que dona al mismo Cristo, es Cristo crucificado que vive en ella y por eso es que lograr atraer a los demás de una manera particular. Es la fuerza de los santos. Benedicto XVI en las canonización de varios beatos que realizó hace poco en Roma el 11 de octubre pasado señalaba sobre los santos «su perfección, en la lógica de la fe humanamente incomprensible, consiste en el no ponerse a sí mismo en el centro, sino en el optar por ir contra la corriente viviendo según el Evangelio».(37) Los laicos que el mundo necesita son estos laicos transformados por el amor de Cristo crucificado y resucitado. Concepción continúa: «su alegría es la de sacrificarse por aquellos que no se sacrifican: ama, y por ello su sacrificio trasciende el amor: no es un amor exclusivo o egoísta, sino desinteresado y puro, generoso y constante, que anhela hacer feliz al Amado, por sí mismo y por los demás, por los amigos y enemigos e incluso prescindiendo de saber el por qué o para quién se crucifica».(38) Finalmente señala: «qué vuelo que tiene el alma en esta estación de frutos maduros». Animémonos a llegar a esta estación de la vida. Todos podemos llegar. Basta como dice nuestra sierva de Dios que uno se niegue a sí mismo, que tome la Cruz, que confiada y pura coopere contra su sensualidad y juicio, dejándose transformar en una cruz viviente y sobre todo que ame. (39) Y Concepción lo repite tres veces aquella que ame, aquella que ame, aquella que ame. Estas palabras nos hacen evocar la pregunta de Cristo a Pedro: «Simón, ¿me quieres más que ellos?» (Jn 21, 15). Creo que estas palabras si bien hacen referencia a las tres negaciones de Pedro, las podemos también aplicar a las diversas estaciones de la vida. Jesús quiere decirnos que en todos los momentos de nuestra vida respondamos con amor: Ámame, ámame, ámame. En las dificultades, en las alegrías, en los problemas, y en las dudas, no me dejes y no dejes de apacentar a las ovejas, de velar por el rebaño, de ser apóstol.

d)El invierno

El invierno es la estación más ardua. Es lo que podríamos denominar la noche oscura del espíritu. Concepción vivió los últimos años de su vida este abandono, esta soledad, estas pruebas durísimas del alma. Evidentemente, Dios sabe bien quiénes somos y de lo que somos capaces, por lo tanto el invierno será diverso en cada persona. Es la estación como dice Conchita en que no hay «ni verdor, ni flores, ni frutos». Señalará: «es bello el invierno en un alma valiente y fuerte: entonces el trabajo del Espíritu Santo es muy activo; en el cosechar, Él prepara para sembrar inmediatamente... quiere nidos, y forma árboles hechos de cruz para esconderse en ellos... Él se envuelve en las hojas de las virtudes, y en el silencio y en la soledad, en la paz más profunda hace santos los espíritus. Por ello durante el invierno trabaja para cortar los obstáculos podando sin piedad y dando forma de Cruz a las almas».(40)

Ser laico es pues poner las manos en el arado y no mirar atrás. Pongamos las manos en el arado de nuestras vidas y en las vidas de los demás. Trabajemos cada quién en lo que el Señor nos ha confiado y aceptemos con alegría la estación que nos toca vivir. Es lo que el mundo necesita. Necesita Cristos vivos. Benedicto XVI afirmó: «Nuestro mundo, que se ha vuelto totalmente positivista, en el cual Dios sólo encuentra lugar como hipótesis, pero no como realidad concreta, necesita apoyarse en Dios del modo más concreto y radical posible. Necesita el testimonio que da de Dios quien decide acogerlo como tierra en la que se funda su propia vida».(41)

(1) Cfr. “laico” en: G. Barbaglio, G. Bof, S. Dianich ed., Teología, Milano 2002, 776-788.
(2) Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 10.
(3) Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 17.
(4) G. cannobio, Laici o Cristiani? Elementi storico-sistematici per una descrizione del laico, 1997 2 ed.
(5) Benedicto XVI, Discurso Inaugural en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.
(6) Cfr. M. A. Peeters, The New Global Ethic: challenges for the Church, 13.
(7) Cfr. Z. Bauman, Modernità liquida, Bari 2007, 11.
(8) Ortega y Gasset
, El hombre y la gente, 45.
(9) Z. Bauman,
L’arte della vita, Bari 2009, 20 (Tdt).

(10) G. Carriquiry, «A Layman’s Voice» in The Congress of Catholic Laity. Rome 2000, Vatican City 2002, 366 (Tdt).
(11) Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n.
(12) Cfr. Concepción Cabrera de Armida, Stagioni dell’Anima, Roma 2002.
(13) Cfr. J. Galot, Lo spirito d’amore, Milano 1962, 76.
(14) J. Galot, Ob. cit., 84.
(15) Una pneumatología que sólo se convierte en función de la cristología terminaría por una despersonalización del Espíritu, como una negación de la identidad trinitaria con consecuencias en el plano soteriológico, en forma de monismo cristológico o pancristismo. Por otro lado, el predominio de una pneumatología sobre la cristología llevaría a una despersonalización del rol salvífico de Cristo, reduciéndolo sólo a un portador del Espíritu, un simple portador de un significado universal de salvación, de un mensaje qeu estaría más allá de su Persona, disolviendo la repalción esencial de esta persona y su función mesiánica universal. (Cfr.
M. Bordoni, «Cristologia e Pneumatologia», Lateranum, 47 (1981), 434. También ver I. de la Potterie, «L’Esprit Saint et l’Eglise dans le Nouveau Testament» en Credo in Spiritu Sanctum, Atti del Congresso Teologico, 2 vol., Città del Vaticano 1983.

(16) Cfr. L. Ladaria, «Cristología del Logos y Cristología del Espíritu», Gregorianum, 61 (1980), 359.
(17) Juan Pablo II, Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, 19.
(18) C. Cabrera de Armida, Diario, T. 2, 32, 1º abril 1894.
(19) C. Cabrera de Armida, Aut. I, 102.
(20) Cfr. E. De Rus, “Rilke et Marie Noel: l’alliance du Verbe de poésie et du Verbe de Vie” en: La vie spirituelle, 781/Marzo 2009, 141.
(21) Cfr. Concepción Cabrera de Armida, Ob. cit., 17.
(22) Ibid.

(23) Ibid., 20.
(24) Z. Bauman, L’arte della vita, Bari 2009, 32 (Tdt).
(25) S. Lyonnet, Eucaristia e vita cristiana, il sacrificio della nuova alleanza, Roma 1982, 29 (Tdt).
(26) Ibid., 27
(27) «y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8).
(28) C. Cabrera de Armida, Stagioni dell’anima, Ob. cit. 31 (Tdt).
(29) Ibid. 29 (Tdt).
(30) Sal. 90 [89], 10.
(31) C. Cabrera de Armida, Stagioni dell’anima, Ob. cit., 30 (Tdt).
(32) Ibid. 32 (Tdt).
(33) Ibid. 29 (Tdt).
(34) C. Cabrera de Armida, Stagioni dell’anima, Ob. cit., 32.
(35) Ibid. 37 (Tdt).
(36) Ibid. 38 (Tdt).
(37) Benedicto XVI,
Homilía en la canonización de los beatos, 11 de octubre del 2009.

(38) C. Cabrera de Armida, Stagioni dell’anima, Ob. cit. 41 (Tdt).
(39) Cfr. Ibid. 43.
(40) Ibid. 51.
(41) Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de Diciembre de 2006.