La mujer: creadora de una nueva cultura en tiempos de crisis

III Congreso Internacional de la Espiritualidad de la Cruz
CONFERENCIA (versión oral)
Monterrey, 4 de julio 2008

1. Introducción: situación actual

La ponencia que me ha sido confiada presenta el desafío de profundizar en algunas de aquellas mujeres que con sus vidas supieron responder y crear una nueva cultura en tiempos de crisis. Por ello, me permito presentarles a través de una breve introducción lo que se entiende cuando se habla de “tiempos de crisis”. La palabra crisis según el diccionario significa una «mutación considerable, decisiva e importante».[1] Su significado incluye que ésta puede tener un resultado positivo o negativo; cuando hablamos de crisis hacemos referencia también al eco o a la resonancia subjetiva que conlleva el cambio. Podemos decir que “los tiempos de crisis” han estado siempre presentes a lo largo de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, considero que lo primero que caracteriza la crisis actual es la aceleración de los cambios y la pérdida de aquellos valores permanentes que va arrastrando a la humanidad a la renuncia de lo propiamente humano, a un relativismo imperante que deja sin puntos de referencia a la persona. Su Santidad Benedicto XVI, antes de su elección al solio pontificio habló de la «dictadura del relativismo».[2] Esta expresión en principio podría ser entendida como paradójica, ya que la dictadura hace referencia a una imposición y en cambio el relativismo se refiere a la negación de los absolutos. Sin embargo, la paradoja es sólo aparente pues el relativismo moderno se impone e impone el rechazo de los valores pero de una manera no agresiva sino más bien sutil y poco amenazante.[3]

La segunda característica de nuestro mundo actual es el alcance de la crisis. Vemos como el fenómeno de la globalización, que es sin duda en un recurso y una ocasión de evangelización, muchas veces contribuye de manera imperante a que la crisis no sólo sea vertiginosa, sino que los problemas se den a conocer en tiempo real a través de los medios de comunicación a todos los rincones del planeta. Este es un dato de la nueva situación mundial, no necesariamente algo negativo, pero tenemos que considerar que este alcance afecta a la persona concreta que percibe con mayor intensidad el peso de la crisis del mundo.

Otro rasgo que podemos resaltar es que nuestra denominada sociedad tecnócrata se caracteriza por un bombardeo continuo de información. Frente a esta sociedad de la información la persona y en especial los jóvenes se sienten frágiles en su llamado a ejercer el dominio sobre el mundo y necesitan cada vez mayor información para poder ejercer el señorío sobre la creación; esto no es necesariamente algo negativo pero hay que saber cómo orientarse en esta nueva situación. No pocas veces, el ser humano se siente confundido sobre la jerarquía de los valores y la acumulación de información no le permite tener una visión sintética del mundo. Ha perdido el sentido unitario, la coherencia y el sentido de la existencia [4].

Quizás nunca como hoy la persona se siente frágil, desorientada y confundida frente a la crisis y frente a estos cambios significativos. La violencia y los conflictos, la pobreza, la desintegración familiar, la complejidad del mundo la vuelve cada vez más vulnerable.

Y es en este marco que quiero presentar mujeres concretas que en su momento han vivido un seguimiento coherente y radical del Señor y han sabido responder encarnadamente a las crisis de su tiempo. Creo que ellas podrán ofrecernos luces para responder con audacia a los retos de nuestro mundo. Hablaremos de Concepción Cabrera de Armida, Santa Teresita del Niño Jesús, Beata Teresa de Calcuta, Santa Teresa Benedicta de la Cruz más conocida como Edith Stein.

Creo que el común denominador que caracteriza a estas mujeres es que ante todo, ellas han vivido en carne propia diversas crisis. A veces se piensa, de manera equivocada, que los santos están lejos de la realidad y por ello tendrían muy poco que decirnos en lo referente a nuestra vida cotidiana, cuando, muy por el contrario, han experimentado quizás más que nadie y con mucha intensidad el drama y el valor inigualable de la existencia. Al leer a Concepción Cabrera de Armida llama la atención las vicisitudes por las que pasó desde joven: la muerte de su hermano, las enfermedades de sus hijos, el accidente y la muerte imprevista de uno de ellos, el tránsito de su esposo. Después de este último evento ella expresa con toda la fuerza de su ser mujer: «ahora sí, de veras que mi alma sufre una crisis horrible. (…) No puedo más: soy una mar de reflexiones, de propósitos, de penas, de oscuridades»[5].

En medio de tantas tribulaciones, por las que han pasado todos los santos, uno no puede evitar el preguntarse cómo Concepción y otras santas mujeres han podido crear una nueva cultura. A ellas la vida no las eximió de dificultades y pruebas pero lograron ser mujeres felices, convertirse en “mujeres nuevas”, alegrarse profundamente por las bendiciones recibidas, ser tocadas por Cristo y el Evangelio iluminando la oscuridad del camino, llenando la propia existencia así como la de aquellos que las rodeaban con la luz y la alegría de la fe.

Pasaremos ahora a mostrar ciertas características que las caracterizaban y cómo éstas ayudaron a crear una nueva cultura.

2. Nostalgia de Infinito

Estas mujeres vivieron intensamente una nostalgia de Infinito. La situación de crisis del mundo por la que atravesaron lejos de hacerlas caer en un pesimismo desesperanzado agudizó en ellas la experiencia de transitoriedad o fugacidad de la existencia y las lanzó a un clamor por el Infinito, por algo o alguien que dé sentido a la propia vida.

En nuestro mundo actual, frente a este anhelo de Infinito un tipo de reacción es la de aquellos que se resignan a vivir sólo del momento presente en búsqueda de la propia satisfacción personal, porque han renunciado a la posibilidad de un amor sin límites así como de un horizonte eterno que configure la vida.

¿Qué podemos decir frente a la resignación de una vida sin esperanza, sin nobles horizontes, limitada al momento presente? Quizás podemos hacer nuestras las palabras de Miguel de Unamuno haciendo referencia a esta nostalgia: «Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: “¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida!” ¿Y los que no nos contentamos con ella?»[6]

Creo que los santos no se han resignado a una vida fugaz y sus vidas son testimonios creíbles. Gracias a ellos sabemos que sí se puede responder a los anhelos del propio corazón de vivir en esta vida un amor sin límites. Podemos decir que los santos no se han contentado con poco, han sabido descifrar que ese deseo de Infinito sólo se podía colmar con Dios mismo. Han descubierto que la clave antropológica fundamental sin la cual no se puede generar una nueva cultura es que la grandeza del ser humano se encuentra en que está invitado a participar y vivir en esta tierra el amor y la misma vida de Dios y que cerrarse a esta relación significaría traicionar la propia humanidad. Son los santos quienes han abierto las ventanas de su espíritu y experimentándose como imagen de Dios han dejado entrar en ellos la brisa suave del Espíritu divino y se han lanzado como flechas hacia el Infinito. Teresita del Niño Jesús lo expresa poniendo en boca de Cristo: «yo he hecho infinitos tus anhelos»[7]. Concepción Cabrera percibe a Cristo, el cual le dice: «Inmortal es el alma, hija mía, y lleva en sí la imagen de la Trinidad, el germen de la unidad y la tendencia a lo infinito, a lo divino, y por eso en la tierra no encuentra satisfacción completa»[8].

Ahora bien este deseo de Infinito no significa en ellas un rechazo o una huida del mundo. Se trata más bien que en su peregrinar histórico viven una tensión escatológica que las hace percibir con gran intensidad el anhelo de Dios, y a la vez son conscientes que la realidad inmanente no puede saciarlo de manera plena. En ellas, esta tensión escatológica impregna de eternidad el tiempo presente que viven, alejándolas de todo posible intento de fuga del mundo o de un espiritualismo desencarnado. Vemos como la fe transforma en ellas la percepción del tiempo y el tiempo humano se llena de la plenitud del Verbo Eterno encarnado. Después de la muerte de su esposo Conchita cambiará su concepción del tiempo. Ella afirma: «Qué efímera es la vida, qué corta nuestra existencia, qué cerca se encuentra el presente y el pasado…!».[9]

El tiempo iluminado por la fe la hace adquirir una visión de eternidad que la lleva a tener una perspectiva más libre y desapegada frente al mundo, pero no por ello no comprometida. Creo que es desde esta clave que tenemos que comprender a Conchita cuando señalaba por ejemplo que el matrimonio no la llenaba del todo, por más que amaba muy intensamente a su esposo y sufrió tremendamente ante su muerte. Juan Pablo II hace referencia a esta misma experiencia cuando se dirigió a los jóvenes en Tor Vergata señalando cómo ni siquiera la persona a la cual Dios llamaba para compartir la propia vida podía satisfacer el anhelo de eternidad. El afirmaba en esa ocasión: «Toda persona es inevitablemente limitada, incluso en el matrimonio más encajado se ha de tener en cuenta una cierta medida de desilusión. Pues bien, queridos amigos: ¿no hay en esto algo que confirma lo que hemos escuchado al apóstol Pedro? Todo ser humano, antes o después, se encuentra exclamando con Él: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Sólo Jesús de Nazaret (…) puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano».[10] ¿No será por ello que quizás muchos de los problemas actuales de tantos matrimonios es que Cristo no está presente como centro de la familia, y por ello el esposo o la esposa pretende que sea el otro quien responda a todas las exigencias, anhelos y necesidades personales? Sólo Dios puede saciar plenamente el anhelo de amor infinito y sólo cuando un cristiano bebe de la fuente del amor de Dios, sus relaciones humanas, sus relaciones en el matrimonio y en la familia pueden realizarlo plenamente porque están fundados en el amor infinito de Dios.

Otra característica de la crisis del mundo actual es que son muchos los que no reconocen esta nostalgia de Dios y caen en la amargura, la tristeza o la angustia al pensar que todo acaba con la muerte. Martin Heidegger afirmó que la angustia era el sentimiento predominante que acompaña la vida del hombre, manifestándose como un sentimiento de angustia frente a la nada, angustia frente a la posibilidad de dejar de ser, es decir frente a la posibilidad de desaparecer. Con una fina sensibilidad Santa Edith Stein le responde. Por un lado, ella señala que la angustia no es el sentimiento dominante de la vida de los seres humanos. Afirma más bien, que usualmente los seres humanos se comportan con mucha seguridad como si fuesen dueños del propio ser. Esto según la Stein se debe al hecho que muchas veces las personas se quedan en una visión superficial del propio ser, y se engañan pensando que la aparente estabilidad se debe a que se está viviendo de manera permanente y duradera la realización personal del ser. Este engaño impide ver la fragilidad del propio ser, se trata de una seguridad que tiene poco fundamento y por ello está siempre amenazada y por tanto expuesta a la nada. Edith Stein lejos de quedarse en la angustia o en la falsa seguridad sobre sí misma, percibe la fragilidad de su existencia y siente que toda ella es un grito hacia Dios. Ella dice: «mi ser así como lo encuentro ya dado y me encuentro en él, es un ser inconsistente: no existo por mi, por mí no soy, me encuentro a cada instante frente a la nada y debo momento a momento recibir el don del ser. Sin embargo, este mismo ser inconsistente es ser y por tanto estoy en cada instante en contacto con la plenitud del ser».[11] Para ella, sólo se puede salir de la angustia frente a la fragilidad de la propia existencia cuando uno se descubre como un niño en las manos de Dios y confía que Él es una guía segura. Al descubrir que Dios es amor Edith Stein añade: «es ahí que entiendo cuán racional es mi confianza en el brazo que me sostiene y cuán tonta es la angustia frente a la caída en la nada, a condición que no me suelte del brazo de quien me protege».[12]

3. Deseo de santidad

Estas admirables mujeres no sólo han percibido su anhelo de Dios, sino que a través de la fe han descubierto en el rostro de Cristo la respuesta a sus deseos de Infinito. Han vivido un profundo encuentro con el Señor Jesús en el cual se les ha revelado su propia identidad [13] así como el rostro del Padre. Esta comunión con Cristo las ha convertido en mujeres tremendamente realistas buscando una respuesta incisiva a los tiempos de crisis. La santidad tiene profundas repercusiones en la dimensión social y cultural. La verdadera revolución en tiempos de crisis ha sido siempre la revolución de la santidad, de los santos que por obra del Espíritu Santo han dejado que la gracia obre en ellos generando una verdadera renovación de los corazones y el mundo. Benedicto XVI ha afirmado que «los santos (…) son los verdaderos reformadores (…) sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo».[14] Y a nosotros cristianos puede suceder que nos falte esta convicción, esta urgencia de encaminarnos hacia santos y sobre todo la responsabilidad social que conlleva este llamado.

En estas mujeres de fe vemos continuamente este ardor e ideal de llegar a la santidad. Conchita señala: «Siento el empuje del cielo para la perfección, para una vida nueva; siento la renovación de mi espíritu y cómo tiende ya sus alas, sin querer no pararse».[15] El gran literato francés Leon Bloy había señalado que «no hay mayor tristeza que la de no aspirar a ser santos» y en Conchita esta tristeza se percibe cuando escribe: «no he sabido ser hija ni esposa, a ver si en mi nuevo estado me santifico. A ver si en la viudez sigo la perfección, y me hago santa».[16]

Este ha sido el ideal y la única motivación y motor de estas mujeres de fe. Y esta santidad a la cual aspiran no es una santidad de obras extraordinarias o dones místicos, más allá que muchas de ellas gozaron de éstos. Es una santidad también que se aleja de todo perfeccionismo o de toda aproximación moralista, es una santidad llena de humildad, sin aspavientos y profundamente cristocéntrica: Santa Faustina Kowalska exclama: «Quiero ser santa y confío que la misericordia de Dios desde toda mi miseria, desde todo mi ser pueda extraer una santa, porque finalmente tengo muy buena voluntad. Más allá de todas las derrotas, quiero luchar con alma de santa, y quiero comportarme como una alma santa. No me desalentaré por ningún motivo, como no se desalienta un alma santa. […] Desde este momento sin embargo fijaré mi mirada en Tí, oh Cristo, que eres mi mejor guía»[17]. Se trata pues de una santidad que reconoce la propia miseria y los propios límites pero que no confía en las propias fuerzas sino en la persona de Cristo, con la certeza que será Él quien hará de ellas mujeres nuevas. De esta manera, estas mujeres de Dios nos muestran no sólo su profunda comunión con Cristo sino cómo este camino se convirtió en un sendero de verdadera personalización, de unificación de sí mismas. En ellas descubrimos la reconciliación con su propio ser, vemos frescura, una gran libertad interior frente a sí mismas. Teresita del niño Jesús afirma con sencillez: «Usted lo sabe, Madre mía, que he siempre deseado ser santa, pero he constatado cuando me he comparado con los santos que entre ellos y yo hay la misma distancia que existe entre una montaña cuya cima se pierde en los cielos y el grano de arena oscuro pisado por todos los viandantes; y en lugar de desalentarme me he dicho: el Bueno Dios no puede inspirarme deseos irrealizables y yo a pesar de mi pequeñez puedo aspirar a la santidad».[18]

En Concepción encontramos la misma conciencia de sus límites, la misma simpática y libre aceptación de sí misma. Tiene mucho sentido del humor para enfrentarse consigo misma, no dramatiza sus propias limitaciones, las acepta y carga la cruz de sus imperfecciones con alegría. Ella dice: «Yo no sé atraer las simpatías… (para eso) no sirvo, que sería un milagro un cambio moral tan completo en mi y que Dios no hace milagros todos los días. (…) Se me olvida, Padre, hasta saludar a las gentes ¡qué esperanzas de besos y cumplimientos, ni palabras expresivas, ni cariñosas! Me aburren las visitas, las etiquetas y todo lo que no es verdad… pero aunque en el fondo conozco que no dejan de ser cualidades éstas, repulsan a la gente y la rechazan, y, o me tienen por tonta, simple o pobre de espíritu (voz casi general) o por refinadamente orgullosa. Me ha parecido mejor tomar la cosa por chiste… “aunque la mona se vista de seda… mona se queda”». [19]

Vemos pues en estas mujeres un esfuerzo sincero por ir a lo esencial, por no estar concentradas en sí mismas o en sus imperfecciones sino más bien centradas en su amor a Cristo y en su entrega generosa a los hermanos.

4. Luz en la oscuridad

Al contemplar a estas grandes figuras uno puede quedar impactado por las notables obras de evangelización que han realizado. Basta pensar en la espléndida obra caritativa de Madre Teresa de Calcuta y la pléyade de vocaciones que ha reunido en torno así; en Concepción Cabrera de Armida involucrada en la fundación de congregaciones y de una gran familia espiritual; en Teresa de Ávila y la reforma del Carmelo; en Santa Edith Stein y su obra intelectual y su amor a Cristo que llegó hasta el martirio. Todas son mujeres profundamente activas, comprometidas con la historia y con su tiempo, y se evidencia que cada una de ellas ha sido tocada de manera singular por algún aspecto de la realidad que las hacía sentirse responsables y llamadas a dar una respuesta desde el Evangelio.

A Conchita la vemos por un lado muy sensible ante la situación de México. Nos dice: «He sentido en mi alma una tristeza mortal, como si Satanás hubiese entrado en México. Una opresión terrible».[20] Y no sólo se siente responsable por la nación sino también le duele particularmente la situación al interior de la Iglesia. Ella percibe a Cristo que le dice: «Mi iglesia, me ha dicho, es lo que más amo y es la que más me ha hecho sufrir…. Verdaderamente vivo crucificado en ella…(entendí que se refería a los malos Sacerdotes y otros ministros de ella, que no buscan el interés de Jesucristo, sino el propio, con mil debilidades y culpables procederes)».[21]

En el caso de Madre Teresa de Calcuta, advertimos que ella percibe con particular agudeza el dolor de los más pobres, solidarizándose y experimentando en carne propia lo que ellos viven. Ella anota: «Hoy día he aprendido una gran lección – la pobreza de los pobres debe ser frecuentemente muy difícil para ellos. Cuando estuve buscando una casa, caminé y caminé hasta que mis piernas y mis brazos me dolían – pienso cómo les debe doler el cuerpo y el alma cuando buscan casa, alimento y ayuda».[22] Vemos pues cómo a estas mujeres Dios les ha dado el carisma de advertir con particular urgencia una característica de la crisis del mundo.

¿Pero qué hicieron para responder a la situación de crisis que les afligía de manera tan honda? Uno se puede preguntar de dónde Madre Teresa de Calcuta, Teresa de Ávila, y la misma Concepción obtenían toda esa energía para empresas de tan alta envergadura. Creo que los últimos escritos de Madre Teresa de Calcuta revelan una clave interesante para responder a la pregunta. Es obvio que la obra no les pertenecía, su origen está en Dios.

No podemos negar sin embargo su cooperación, el gran entusiasmo, el ardor apostólico, así como las capacidades personales que han adornado a estas mujeres para el cumplimiento de su misión. Pero creo que la fecundidad de la obra de estas grandes personalidades, más allá de sus dones y de su pasión por evangelizar, brotaba como una fuente inagotable de una profunda humildad y una particular comunión con la persona de Cristo. El verdadero protagonista de la evangelización, en estas mujeres, ha sido Cristo y su Santo Espíritu que las guiaba y ellas colaboraban activamente con sus inspiraciones. Han vivido una comunión tan íntima con Dios, que no sólo advirtieron la crisis del mundo sino que Dios mismo permitió que experimentaran en su carne, la propia oscuridad para solidarizarse con los pecadores, conformarse con la pasión de Cristo y ser así verdaderamente fecundas.

Es lo que se denomina en la vida espiritual la experiencia de la noche oscura que ayuda a la purificación de la persona pero asocia de manera particular a ciertas personas a la Cruz del Señor Jesús. Dios permitió que estas mujeres padecieran y participaran en algo de la experiencia de Cristo en la Cruz cuando grita: «Dios mío, Dios mío ¿porqué me has abandonado?» (Mt. 27, 46). Este abandono experimentado por Cristo en la Cruz no se trató de una ruptura momentánea entre el Padre y el Hijo ya que esta experiencia nacía en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre. Cristo hizo suya la experiencia humana de la lejanía de Dios y siendo Él mismo Dios pudo percibir humanamente hasta que punto esta ruptura hería interiormente al hombre. El Papa Juan Pablo II expresa con particular claridad algo del misterio de este momento: «En la cima de su espíritu Jesús tiene la visión neta de Dios y la certeza de la unión con el Padre. Pero en las zonas que lindan con la sensibilidad y, por ello, más sujetas a las impresiones, emociones, repercusiones de las experiencias dolorosas internas y externas, el alma humana de Jesús se reduce a un desierto, y Él no siente ya la “presencia” del Padre, sino la trágica experiencia de la más completa desolación»[23].

Llama la atención cómo en las vidas de estas grandes mujeres este sentimiento de abandono que como explicábamos no es absoluto, sino que se coloca en la dimensión sensible de la persona, se hace presente en un momento determinado de sus vidas. En la vida de Concepción llega en la última etapa de su peregrinar. Ella afirma «Tengo a Dios y… ¡ay mi Jesús, ni te siento ni te veo, ni te oigo y vivo sólo con la mirada de fe, con el latido de fe, con el amor de fe. Sólo quiero lo que Él quiere, eso sí, pero en esta negra noche de soledad ni atino a saber su voluntad santísima».[24] Sin embargo, ella misma explica los límites de este sentimiento de abandono: «Me abandono en el Dios que me abandona (aunque ese abandono sea aparente, el alma sufre, y clama y reclama al cielo con sus gritos de amor)».[25] Como tantos otros santos acepta esta experiencia interior con alegría. Ella se siente llamada a reproducir en sí misma a Cristo crucificado, a vivir los dolores interiores de Cristo desde su Encarnación como una ofrenda agradable al Padre participando de manera activa en la redención traída por Cristo y buscando que esa ofrenda dé frutos de santidad para el mundo entero: «Señor que mis dolores tan penosos y amargos, les ayuden a los Sacerdotes en España, a los necesitados de consuelos, de alientos, de tu acercamiento dulcísimo».[26]

Se puede observar la similitud de la experiencia de Concepción con aquella de Madre Teresa de Calcuta. En las cartas de esta última, publicadas por su postulador ya en español hace poco, se nos revela una dimensión de la vida de Madre Teresa que ella no había dejado entrever a los demás. Nuestra querida Madre, siempre sonriente, experimentaba una gran prueba: «siento como si algo se fuera a romper dentro de mí, y esa oscuridad, esa soledad, ese sentimiento terrible de abandono»[27], «El me ha cortado todo apoyo humano, me siento sola, caminando en la oscuridad»[28]. Pero otra vez esta experiencia de oscuridad no es un fin en sí misma, se trata de una prueba en la cual estas mujeres han mostrado que ellas no se detienen en las alegrías o en las tristezas, en el dolor o en el gozo, sino que su verdadera alegría es estar cerca de Cristo y comunicarlo a los demás y que esta alegría nada ni nadie, ni la más profunda oscuridad la puede oscurecer. Madre Teresa no se detiene en cómo se siente, ella quiere sólo amar a los demás y por ella afirma: «si me convierto en una santa, seguro voy a ser la santa de la “oscuridad” y continuamente voy a estar ausente del cielo para iluminar y dar luz a aquellos que viven oscuridad en la tierra».[29] Para ella la oscuridad que vive, las pruebas de su estado espiritual, la ayudan a compenetrarse más intensamente con los más pobres. Ella misma al sentirse abandonada, rechazada y sola puede comprender y hacerse una con los que se sienten rechazados, abandonados y solos: «para poder proclamar la Buena Noticia a los pobres – dirá – hay que saber qué cosa es la pobreza».[30] Hay que comprender el sufrimiento de estas santas. No es una actitud de masoquismo, ya que ellas se alejan además de toda búsqueda del dolor por el dolor. No pierden la fe. Ellas sufren porque no perciben sensiblemente a Dios, pero con toda convicción siguen alegres y fieles en su fe en Cristo y en su esperanza en la resurrección. Es más, esta experiencia de oscuridad no les quita la alegría y el buen humor, pues es una visión del sufrimiento transido de amor. Ellas están convencidas que lo importante en la vida y la verdadera felicidad es ser fiel y obediente a Jesucristo y por ello ya en esta vida vencen con la victoria de la resurrección la mordiente del mal y el dolor. Todos los testigos han visto que estas mujeres eran felices y alegres aún participando en la cruz del Señor. El hijo de Conchita señala: «lo más admirable en la vida de mi madre, era lo natural y sencillo de su existencia. Sus oraciones y sus comuniones me parecieron siempre normales».[31] Estamos pues ante uno de los grandes aportes de la espiritualidad de la Cruz. La vida está llena de obstáculos, pero el cristiano al participar de la Cruz de Cristo puede asumir el sufrimiento con fe, y no se detiene a contemplar de manera negativa el sufrimiento. Quien vive una profunda espiritualidad de la cruz, vive una profunda espiritualidad de la Resurrección la cual hace percibir la alegría y los frutos que brotan de la cruz de Cristo. Una espiritualidad de la cruz porta consigo una gran esperanza en la resurrección y al ser asimilada con fe, se ven cumplidas las palabras del Señor ya que la carga resulta ligera, suave, dulce pues está transida de amor (Cfr. Mt 11, 30). Los ojos de quienes viven una espiritualidad de la Cruz no se detienen en la dimensión más sensible del dolor, ya que estos ojos iluminados por la fe logran experimentar los frutos abundantes y alegres del seguimiento del Señor. Las cruces de cada día se convierten en ocasiones para vivir más de cerca la comunión con Cristo y la caridad fraterna.

5. Aporte femenino

a)Sentido religioso femenino

Estas santas mujeres han generado una nueva cultura por haber vivido transidas del amor de Cristo, y lo han hecho desde su corazón de mujeres. Creo que en lo que respecta al sentido religioso la mujer posee una sensibilidad particular frente al Misterio. Y hoy más que nunca la cultura necesita la “novedad” que sólo Dios puede dar al mundo. Hoy más que nunca se necesita el aporte de auténticas mujeres, es decir de auténticas mujeres de fe. Conchita lo había señalado: «el corazón de la mujer inflamado en el amor divino, es capaz de practicar heroicas virtudes».[32]

Hoy muchas personas, acostumbradas a una perspectiva racionalista y habituadas a controlarlo todo sienten la dificultad de realizar con libertad el acto de fe. Somos testigos también de una tendencia a reducir la fe a una dimensión más emocional y sentimental relativizando verdades fundamentales que brotan del seguimiento de Cristo. En las mujeres cristianas vemos una cierta facilidad en unir la dimensión racional con aquella intuitiva. Conchita tiene un claro conocimiento del alma femenina cuando afirma: «las mujeres tienen muy afinado los sentimientos. Las vírgenes más; las santas también, ¡Las madres sin comparación!».[33] Conchita logra comprender que a una mujer de fe, a una santa se le afinan aún más sus sentimientos. Definitivamente en la relación con los demás, la caridad hace que la intuición y la percepción del otro se agudice concediendo una mirada más profunda del corazón humano. Y lo mismo sucede en la relación con Dios, la mujer de fe hace que esta pase por el corazón, confía en Dios pero también en la verdad que Dios le revela tanto por la veracidad del contenido como por la confianza amorosa en la persona de Cristo. Juan Pablo II en la Mulieris dignitatem señala: «Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe. Jesús manifiesta aprecio por dicha respuesta, tan «femenina», y —como en el caso de la mujer cananea (cf. Mt 15, 28)— también admiración. A veces propone como ejemplo esta fe viva impregnada de amor; él enseña, por tanto, tomando pie de esta respuesta femenina de la mente y del corazón».[34]

Y quizás para comprender mejor este matiz femenino de vivir la fe, hemos de mirar a María. En ella encontramos el modelo paradigmático. Cuando analizamos el texto de Lucas que nos dice que Ella «conservaba todas las cosas y las meditaba en el corazón» (Lc 2, 51), podemos notar que la fe de Maria posee una riqueza totalmente femenina: «una postura atenta y vigilante, pensante y acogedora, con atención a la relación y a los eventos mismos. (…) Postura doble: de éxtasis preciso, en el conservar lo sucedido y de dinámica activa en el confrontar e interrogarse. No sólo reflexiva, sino justamente por eso, orante, pensante y operante en la historia».[35] María reflexiona y medita partiendo de si misma. Su fe es tan intensa que determina su personalidad. La fe en María lo es todo, ella vive de fe, su vida está envuelta en la fe: «Ella no cree sólo con su interioridad religiosa […] sino que en esta fe recibe la forma misma de su existencia humana y femenina».[36] Y esta es la verdadera novedad que podemos aportar las mujeres para edificar una nueva cultura. Que la fe modele nuestra personalidad de mujeres, que asumamos el modelo mariano de una vida modelada en un “si” obediente a Dios y que pueda mostrar al mundo como la fe es un horizonte que se concretiza en la caridad y es un camino de felicidad, realización y humanización. Una caridad que se hace real y creíble en la vida cotidiana, en la familia, en el trabajo, en la evangelización y en las opciones personales y sociales.

b) Maternidad

Frente a la lógica del mundo en donde domina una sociedad de la eficiencia, del propio interés, de la búsqueda del bienestar y del poder, la mujer no puede perder el carisma que brota de su maternidad, el carisma de preocuparse por la persona concreta y de estar particularmente atenta a proteger la vida. Aquí comprendemos no sólo la maternidad física sino la maternidad en su sentido más amplio. Es más vemos cómo en Concepción estas dos dimensiones de la maternidad, tanto la física como la espiritual las vive de manera profunda. Ella señala: «un punto que casi nunca toco en mis cuentas de conciencia es la de mis hijos, siendo que me lleva su cuidado la mayor parte de la vida. Los tengo muy en el alma, y más sus almas que sus cuerpos»[37]. La maternidad de una mujer de fe es preocuparse para que en sus hijos nazca verdaderamente Cristo.

La maternidad espiritual se extiende además a todos los seres humanos dando espacio al otro, valorando y promoviendo lo mejor de los otros. La maternidad tiende siempre a proteger a los indefensos y desprotegidos viendo en las santas esta primacía de la persona. Con qué fineza Conchita señala cómo la mujer que es madre al tener esta preocupación particular por la persona y por los hijos no escatima grandes sacrificios: «el corazón de la madre es el corazón más crucificado».[38]

Madre Teresa de Calcuta vivía también esta maternidad espiritual poniendo siempre por encima de sus propios intereses el bien de la otra persona: «Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que tenga necesidad de alimento; (…) cuando tengo un disgusto, ofréceme alguien a quién consolar; cuando mi cruz se vuelve pesada hazme compartir la cruz de otro; (…) cuando no tengo tiempo dame alguien que yo pueda ayudar por algún momento; cuando me sienta humillado dame alguien que pueda alabar; cuando me sienta desalentado mándame alguien que pueda alentar; (…) cuando necesite que alguien se ocupe de mi, mándame alguien de quien ocuparme; cuando pienso sólo a mi, atrae mi atención hacia otra persona». Toda santa es madre y en este mundo que sufre de una profunda orfandad se necesitan padres y madres para poder renovar la cultura y pueda ésta a su vez reconocer que tiene un Padre amoroso que vela por la historia y que nos invita a construir la civilización del amor.

Un elemento interesante de esta maternidad de estas mujeres es que no sólo la viven con un amor sin límites hacia los demás, sino que incluso ese amor maternal lo viven en su relación con Cristo. Teresita del Niño Jesús hablándole a sus novicias les decía que le daba pena que al Señor siempre le llegaban sólo las quejas de los otros y que por lo tanto ella cuando tenía una pena se la ocultaba a Cristo y le contaba sólo alegrías para no entristecerlo. Es fascinante la creatividad de estas mujeres. Reproducen el pasaje del Evangelio cuando Cristo viendo la fe del centurión se asombra por su respuesta: «no he encontrado en nadie una fe tan grande» (Mt 8, 10). Estas mujeres sorprenden realmente al corazón de Cristo, tienen una creatividad única para darle a Jesús algo especial y personal y muy femenino. Concepción pone también en boca de Jesús este sentimiento materno: «Todo lo que te quites a Ti, me lo das a Mi. ¿Me entiendes? Eso hacen las madres que de veras aman a sus hijos; darse a ellos, desmembrarse en su favor».[39] La Madre Teresa de Calcuta siempre les repetía a sus religiosas: «Nosotras tenemos que saciar la sed del Dios infinito, que muere de amor»[40] y añade «Ama a Cristo y continúa a tener un corazón sonriente para El».[41]

En especial Conchita vivió esta maternidad hacia Cristo sintiéndose llamada a unirse a la maternidad de María en la soledad de la Madre. No es una soledad que aísla, sino una soledad fecunda. Conchita define la soledad de María asemejándola a la virtud de la esperanza: «Ella – dirá – es la Madre de la Santa Esperanza (…) que es la virtud de la soledad y del dolor, la virtud que mira al cielo y ve al corazón dilatarse por poseerlo».[42] Es decir, la cruz para la Virgen y los dolores que sufrió los pudo sobrellevar como un peso ligero y como una carga suave porque poseía esta gran virtud de la Esperanza que la invitaba siempre a tener una visión de eternidad. Esta es la fecundidad a la cual Conchita se sintió llamada.

Después del encuentro con la maternidad de estas mujeres uno llega a preguntarse ¿Cómo hoy la mujer cristiana puede vivir su maternidad para generar una nueva cultura? Me parece que un aporte fundamental será el cómo uniremos el ejercicio de nuestra maternidad en la edificación de la cultura. Hoy más que nunca este llamado a evangelizar la cultura se muestra particularmente desafiante. Estamos frente a un mundo que quiere demoler todos los fundamentos y las raíces cristianas. Frente a la crisis de la verdad en el mundo, frente a una sociedad que está perdiendo los fundamentos del propio edificio desorientando al ser humano y minando su dignidad más que nunca, hoy las mujeres han de ser apóstoles de la verdad. Una mujer ha de ser colaboradora de la verdad, boca de la verdad, portadora de la verdad. Y cada quién brindará este servicio desde sus cualidades y capacidades particulares: quienes en la familia, en el apostolado directo, en la consejería espiritual, en la animación de grupos, en iniciativas culturales, en la educación, a través de los medios de comunicación, en la producción intelectual, en la parroquia, en el mundo del trabajo, en el arte, en la organización social, en puestos de responsabilidad que le permitan inspirar acciones en diversos ámbitos.

Y ya que una característica fundamental de ser mujer es la maternidad y ya que hoy la cultura postmoderna renuncia a la maternidad y a la verdad, se trata de poder unir ambas cosas: es decir la maternidad femenina con el ser apóstoles de la verdad y entonces vivir como mujeres en la Iglesia y a semejanza de la Madre vivir una sabiduría maternal. Se ha de unir la maternidad a la evangelización de la cultura, se ha de unir la razón abierta a la verdad, a la maternidad. En un mundo en el que prima el relativismo y se rechaza a-priori toda presentación de la verdad, creo que la mujer está llamada en la Iglesia a preparar el terreno del corazón humano y presentar y comunicar la verdad para que pueda ser acogida y asumida.

La mujer por su maternidad está unida a la generación de la vida y a la educación y formación de ésta, y por lo tanto es muy capaz de generar y despertar en el otro el anhelo de la verdad. Mons. Caffarra afirma que «la verdadera generación consiste en la educación».[43] En este sentido las mujeres han de seguir los pasos de María. Ella fue llamada en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla “la pedagoga del Evangelio”. La mujer está llamada a presentar la verdad evidenciando un profundo respeto por la libertad, y con la delicadeza y el tacto materno podrá formar y ayudar a la persona a adherirse a la verdad que lo trasciende.

Se trata pues no de un simple ejercicio de la maternidad. Vivir una sabiduría maternal es una dimensión mucho más compleja; la mujer ha de darle un acento fuerte a la fe en la mente, ha de formarse para que con una profunda fe y una intensa adhesión del corazón pueda dar a los otros razones de su esperanza, sólo así la mujer podrá dar a luz a muchos hombres y mujeres en la fe.

6. Conclusión : mujeres para una nueva cultura

Hoy más que nunca se hace fundamental que la mujer cristiana asuma las características del apostolado y de la dimensión profética de María: la capacidad interior de escucha, la percepción y sensibilidad para percibir el Espíritu Santo y ofrecerlo al mundo. En María, dirá el entonces Cardenal Ratzinger «se hace evidente la nueva y específica comprensión cristiana de la realidad profética: vivir en el esplendor de la verdad, que es el verdadero comportamiento abierto al futuro y la única válida clarificación de todo presente».[44] Se puede decir que la línea mariana encarna el carácter profético de la Iglesia. A María la vemos en Caná actuar como verdadera profeta. No sólo discípula que escucha sino también profeta: «el profeta tiene la competencia de hablar en lugar de Dios, delante de Dios ante los cuales fue mandado, antes que el futuro de Dios suceda».[45] Así los profetas comunican siempre la palabra actual, logran interpretar los signos de los tiempos a la luz del Evangelio para reavivar el mensaje de Cristo que es el mismo para cada generación. Esta parresía del Espíritu la vemos en Conchita: «ardía mi pecho en celo por las almas»[46] y también en Teresa de Calcuta cuando dice que los apóstoles son como los «cables eléctricos y la corriente es Dios. Nosotros podemos decidir dejar pasar la corriente a través de nosotros o podemos rechazar el ser usados como tal permitiendo que la oscuridad se difunda».

La fuerza evangelizadora y profética del apóstol es cuando dona carne y piel a los huesos áridos abriendo su propio ser a la vida del Espíritu. Esta es una de las características de la profecía de María, en ella la palabra se hizo carne por su “sí” generoso sin oponer resistencia al plan divino. En ella todo es libertad abierta. Ella es una profecía interiorizada y acogida y se transforma en carne para donarla al mundo.

Por nuestro bautismo, todos hemos sido llamados a ser apóstoles y profetas en donde nuestras palabras se conviertan en carne. Si las mujeres vivimos los valores femeninos a semejanza de María seremos realmente un signo profético para nuestros días. Nuestra disponibilidad a vivir una espiritualidad de la Cruz, que comparte las alegrías y los dolores de Cristo desde su Encarnación será la piedra de toque y la verificación de nuestra dimensión apostólica y profética. Las santas de las que hemos hablado la vivieron y fueron tras los pasos de María.

Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo podrán ser resueltos si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros».[47] Dios tiene que estar al centro de todos nuestros proyectos para no confundir “mi proyecto” con el proyecto de Dios. Sólo acudiendo a la fuente del amor de Dios podremos ser apóstoles en el mundo, y los hombres acostumbrados a una sociedad positivista, podrán percibir que Dios no es una idea abstracta, sino absolutamente real porque se ha hecho carne en la propia existencia, en el modo de pensar, de sentir, de reaccionar, de vivir y sobre todo en nuestro modo de amar.

Con respecto a la responsabilidad de las mujeres en la evangelización recordemos que el llamado a edificar el mundo no sólo se trataba de una tarea masculina, sino que ya desde el origen tanto el hombre como la mujer fueron llamados juntos a tener el señorío sobre toda la creación. La mujer estuvo por mucho tiempo limitada solamente al ámbito familiar y en las últimas décadas ha ido tomando conciencia de su misión en el ámbito público. Sin embargo, creo que es fundamental que esta conciencia de una mayor participación se entienda no desde una perspectiva funcionalista, sino desde la óptica de la fe.

La primera verdad de fe es la importancia que las mujeres así como los hombres – respondan a su identidad bautismal y asuman en primera persona y de manera activa la misión evangelizadora de la Iglesia. La respuesta a la identidad bautismal permite que se asuma en primera persona y de manera activa y a la luz de la fe la misión evangelizadora de la Iglesia. Y aquí se nos hace necesario realizar una reflexión de tipo dual, es decir resulta imprescindible que ambos, mujer y varón crezcan en la conciencia bautismal: el varón y la mujer deberán aportar a la Iglesia desde sus características particulares. Y esta mayor responsabilidad eclesial debe brotar de la misión apostólica. Es importante que hayan más mujeres presentes y con responsabilidades al interior de la Iglesia, pero se trata de la respuesta a una vocación y a un llamado. Cada mujer a la luz de Jesucristo deberá encontrar su vocación personal y la misión concreta que Dios le tiene encomendada. Para que se dé esta mayor responsabilidad de las mujeres en la Iglesia, el Santo Padre Benedicto XVI invita a las mujeres a una mayor presencia: «creo que las mismas mujeres, con su empuje y su fuerza, con su superioridad, con aquella que definiría su “potencia espiritual”, sabrán hacerse espacio»[48] y hacerse espacio para generar con amor, entrega y dedicación junto a los hombres una nueva cultura. Muchas gracias.

[1] «Crisis» en: Diccionario general ilustrado de la Lengua Española, Barcelona 1976.
[2] J. Ratzinger,
Homilía en la Santa Misa “pro eligendo Romano Pontificie” , en: L’Osservatore Romano (edición semanal en español), 22 de abril de 2005, p. 3.
[3] Cfr.
M. Peeters, La Nueva ética mundial: retos para la Iglesia, Institute for Intercultural Dialogue Dynamics 2006, p. 17.
[4] Cfr.
P. Morandé, «La misión de los centros culturales católicos ante la mentalidad tecnócrata y secularizada» en: http://www.multimedios.org/docs/d001611/.
[5] C. Cabrera de Armida,
Cruz de Jesús de la Cuenta de Conciencia, 4 de octubre de 1901, 17, 241-243, 1533, t. IV, México 1998 (De ahora en adelante C.C.).
[6] M. de Unamuno,
Cartas a Jiménez Ilundain, en: Revista de la Universidad de Buenos Aires, Fasc. 9, p. 76.
[7] S.
Teresa di gesù bambino, Pie ricreazioni 2, 6, en: Opere complete, Ciudad del Vaticano 1997, p. 787 (Tdt).
[8] C. Cabrera de Armida,
C.C., 15 de abril 1913, 38, 115, 2695, vol. VI.
[9] C. Cabrera de Armida,
C.C., 4 de octubre de 1901, 17, 241-243, 1533, vol. IV.
[10] Juan Pablo II,
Homilía en la misa de clausura de la Jornada mundial de la Juventud en: L’Osservatore Romano (edición semanal en español), 25 de agosto de 2000, p. 7.
[11] E. Stein,
Il mistero della vita interiore, Brescia 1999, p. 63 (Tdt).
[12] Ibidem
, p. 68 (Tdt).
[13] Cfr.
Gaudium et spes, n. 22.
[14] Benedicto XVI,
Discurso a los jóvenes en Colonia en: L’Osservatore Romano (edición semanal en español), 26 de agosto de 2005, p. 11.
[15] C. Cabrera de Armida,
C.C., 23 de marzo de 1906, 22, 151, 1831, vol. V.
[16] C. Cabrera de Armida,
C.C., 9 de octubre de 1901, 17, 245-247, 1534, vol. IV.
[17] S. Faustina Kowalska,
Diario, Ciudad del Vaticano 2004, V, p. 712.
[18] Teresa del Niño Jesús,
Escrito autobiográfico C a Madre María de Gonzága, n. 271.
[19] C. Cabrera de Armida,
C.C., 1894, 1, 189-190, 184.
[20] C. Cabrera de Armida,
C.C., agosto 1914, 39, 225 ; 226, t. 2807; 226-227, t. 2808 en: M. Marie Philipon, Conchita, Dijon-Quetigny 2003, p.140.
[21] C. Cabrera de Armida,
C.C., 28 de mayo 1898, 10, 192-196, 942, vol. III.
[22] Mother Teresa,
Come be my Light, New York 2007, p. 133 (Tdt).

[23]  Juan Pablo II, «Las últimas palabras de Cristo en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?», Audiencia general, en: L’Osservatore Romano (edición semanal en español), 4 de diciembre de 1988, p. 3.
[24] C. Cabrera de Armida,
C.C., 30 de septiembre de 1922, 44, 85.
[25] C. Cabrera de Armida,
C.C., 65, 201-205, t. 3686, vol. I.

[26] Ibidem.
[27] Mother Teresa,
ob. Cit. p. 202 (Tdt).
[28] Mother Teresa,
ob. Cit. p. 199 (Tdt).
[29] Mother Teresa,
ob. Cit. p. 230 (Tdt).
[30] Mother Teresa,
ob. Cit. p. 234 (Tdt).
[31] Cfr.
Positio super virtutibus, vol. I, nos. 38-53, Juan Gutiérrez, tomo I, p. 9.
[32] C. Cabrera de Armida,
C.C., 14, 1: 6 de junio 1900.
[33] C. Cabrera de Armida,
C.C., 24B: 2 de febrero 1922
[34] Juan Pablo II,
Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 15.
[35] C. Dobner, «
Il senso religioso al femminile» in: Convegno “Donna e uomo, l’humanum nella sua interezza” (Tdt).
[36] R.
Guardini, La Madre del Signore, Brescia 19972 , p. 34 (Tdt).
[37] C. Cabrera de Armida,
C.C., 31, 165-172, t. 2312.
[38] C. Cabrera de Armida,
C.C., 14, 10: 6 de junio de 1900.
[39] C. Cabrera de Armida,
C.C., 31, 258-259.
[40] Mother Teresa,
ob. Cit. p. 332 (Tdt).
[41] Mother Teresa,
ob. Cit. p. 157 (Tdt).
[42] C. Cabrera de Armida,
C.C., 41, 210-211.
[43] C. Cafarra,
Creati per amare, Siena 2006, p. 157.
[44] J. Ratzinger,
Maria Chiesa nascente, Milano 1998, p. 62.
[45] Cfr.
M.G. Masciarelli, Il segno della donna, Maria nella teologia di Joseph Ratzinger, Milano 2007, p. 85.
[46] C. Cabrera de Armida,
C.C., 45, 227: 3 de julio de 1925..
[47] Benedicto XVI,
Homilía a los obispos suizos, en: L’Osservatore Romano (edición semanal en español), 17 de noviembre de 2006, p. 591.
[48] Entrevista al Santo Padre Benedicto XV en previsión de su próximo viaje a Baviera,
5/08/2006.