La vocación y misión de la mujer en la Iglesia

La vocación y misión de la mujer en la Iglesia

I. Introducción

Nos encontramos ante un nuevo momento en el debate cultural en torno al tema de la mujer. El movimiento feminista desde el s. XVIII se concentró en hacer valer los derechos civiles de la mujer en los distintos niveles: político (1), económico, educativo (2) logrando importantes pasos hacia delante. El feminismo radical de los años 60’ que generó una lucha de poder con respecto al hombre promoviendo la total autonomía de la mujer y la libertad frente a su propio cuerpo, uniendo al feminismo la liberación sexual y el aborto, ha ido mostrando la debilidad de sus presupuestos y ha frustrado la expectativa de muchas mujeres en búsqueda de una mayor realización y felicidad.

Hoy somos testigos más bien de dos tendencias con respecto a la relación mujer y varón. Por un lado, hay una tendencia que se quiere extender sobre todo en las agendas de los organismos internacionales y en los gobiernos de Occidente que lejos de acentuar las diferencias, las querrían eliminar totalmente, como sería el caso de la teoría del gender, fruto del relativismo imperante que contrapone un determinismo naturalístico a un voluntarismo donde prima la autonomía personal. El valor normativo no es dado por el cuerpo sino más bien y sólo por la dimensión cultural.(3) Por otra parte, se encuentra la visión opuesta del feminismo de la diferencia encabezado por Lucy Irigaray que propone una diferencia ontológica de los sexos a tal punto que un sexo se convierte en el otro como inescrutable e ininteligible, con dos mundos simbólicos diversos y no comunicables.

Estamos por celebrar el 60° aniversario de los derechos humanos y podemos señalar que en la cultura occidental, a nivel conceptual o de principios es un derecho reconocido la igual dignidad tanto del hombre como de la mujer. Hemos de señalar sin embargo, que esta verdad no brota de esta declaración sino que tiene su origen en la tradición judeo-cristiana. Como señalara la Prof. Gerl Falkovitz sólo con la cultura judeo-cristiana surgió la humanización de la mujer y también la humanización del varón. Fue gracias al cristianismo que emerge el tema de la mujer como persona por encima de la biología.(4)

II. Validez del Magisterio Pontificio

Sin embargo, debido al pecado del ser humano, este axioma de la igual dignidad de la mujer y el hombre, aún no se ha manifestado y concretizado en todas las culturas y en todas las dimensiones de la sociedad. Y es por ello que Juan Pablo II, sensible a la realidad de la mujer, publicó en 1998 la carta apostólica Mulieris dignitatem proponiendo una clave antropológica fundamental para la relación varón y mujer. Juan Pablo II desde su filosofía personalista plantea que el significado profundo del haber sido creados varón y mujer a imagen de Dios se encuentra en que el ser humano es una “persona comunional”(5). Este es uno de los grandes aportes que realizó Juan Pablo II en su carta apostólica Mulieris dignitatem, quien entiende al ser humano creado a imagen de Dios como una persona que sólo se realiza en la relación recíproca y manifiesta en esta comunión la imagen de la misma Trinidad: «La imagen y semejanza de Dios en el hombre, creado como hombre y mujer (por la analogía que se presupone entre el Creador y la criatura), expresa también, por consiguiente, la “unidad de los dos” en la común humanidad. Esta “unidad de los dos”, que es signo de la comunión interpersonal, indica que en la creación del hombre se da también una cierta semejanza con la comunión divina (“communio”)».(6)

Este concepto de persona basado en la relación comunional es el mensaje positivo de la antropología cristiana que conlleva una propuesta desde el Evangelio a la relación varón y mujer. Supera una visión conflictiva entre el varón y la mujer; propone una unidad por el hecho de haber sido creados a imagen de Dios y haber sido invitados a la comunión recíproca evitando la subordinación de la mujer y finalmente se aleja de una acentuación excesiva en la diferencia que generaría dos mundos incomunicables entre sí.

Juan Pablo II muestra también como la “novedad evangélica” se manifiesta en el planteamiento de Cristo frente a la relación del marido y la mujer. Se trata de una sumisión que se ha de entender de manera recíproca: «sumisión recíproca en el temor de Cristo» (Cfr. Ef 5, 21). El Santo Padre invitó a leer los textos bíblicos en los cuales se percibe aún la tradición religiosa de Israel que afirmaba sólo la sumisión de la mujer al marido, desde la “novedad evangélica”.

Juan Pablo II invitó también a una complementariedad no sólo biológica o psicológica sino incluso ontológica entre el varón y la mujer. Y creo que aquí está la actualidad del Magisterio Pontificio y por donde debemos seguir reflexionando. Hoy se vuelve urgente una reflexión tanto del hombre como de la mujer. En el Congreso “Hombre y mujer, la totalidad del humanum” algunos participantes propusieron incluso que un próximo encuentro profundizara sobre la identidad del varón, hoy día quizás más en crisis que la misma identidad de la mujer. Como señalara Ales Bello en su intervención: «Ya no es posible examinar a la mujer sin examinar al varón, y en término más generales, si se quiere proceder a un análisis del ser humano para que sea exhaustivo, por lo tanto una antropología válida, esta última debe comprender también una antropología dual (…) una profundización de la estructura humana nos conduce a tomar la dualidad como elemento imprescindible. Se trata de la necesaria co-presencia de universalidad, dualidad y singularidad».(7)

III. Misión de la mujer en la Iglesia

Y la pregunta que surge espontáneamente es ¿cómo hacer que esta riqueza antropológica se interiorice y se haga realidad en la vida y en la misión de la Iglesia?

Como bien señalábamos no se puede realizar un discurso unilateral sobre el tema de la mujer sin hablar del hombre. Lo mismo vale cuando hablamos de la presencia de la mujer en la Iglesia. También tenemos que decir algo sobre la presencia del varón en la Iglesia. Nos encontramos ante diversos desafíos.

a) Por un lado, con respecto a la presencia en la Iglesia: es necesario afirmar que la presencia de la mujer en la dimensión carismática de la Iglesia ha sido y es hasta el día de hoy muy significativa. Basta observar la realidad pastoral, la vida de las comunidades eclesiales para ser concientes que ella tiene una gran sensibilidad religiosa y una mayor presencia en la vida eclesial y más bien el varón es el gran ausente de la Iglesia. Esto por un lado indica la necesidad que la mujer se convierta en apóstol de apóstoles, y en concreto, apóstol de los varones, como las primeras mujeres del Evangelio; pero por otro lado, indica la necesidad que hayan cada vez más hombres que se conviertan en modelos para otros jóvenes. Quizás esta ausencia de los varones se podría dar por un cierto fenómeno de “feminización” de la Iglesia (8), que creo que es una expresión de una cierta feminización de la cultura, en la cual el varón no encuentra características que respondan a su identidad masculina. Es necesario que en la Iglesia estén presentes los elementos femeninos así como los masculinos.

b) Por otro lado, con respecto a la responsabilidad de las mujeres en la Iglesia es necesario señalar primero que las transformaciones sociales y culturales ayudaron a la mujer a comprender su propia responsabilidad en la co-creación de la cultura. El llamado a edificar el mundo no sólo se trataba de una tarea masculina, sino que ya desde el origen tanto el hombre como la mujer fueron llamados juntos a tener el señorío sobre toda la creación. La mujer estuvo por mucho tiempo limitada solamente al ámbito familiar y en las últimas décadas ha ido tomando conciencia de su misión en el ámbito público. Sin embargo, creo que es fundamental que esta conciencia de una mayor participación se entienda no desde una perspectiva funcionalista o secular, sino desde la óptica de la fe. La primera verdad de fe es la importancia que las mujeres – y también los hombres – respondan a su identidad bautismal y asuman en primera persona y de manera activa la misión evangelizadora de la Iglesia. Y aquí vuelvo a una reflexión de tipo dual, es decir es necesario que ambos, mujer y varón crezcan en la conciencia bautismal: el varón y la mujer deberán aportar a la Iglesia desde sus características particulares. Y esta mayor responsabilidad eclesial debe brotar de la misión apostólica. No puede reducirse a “políticas administrativas” pues nos alejaríamos del mensaje evangélico y traicionaríamos la vocación de cada mujer. Es importante que hayan más mujeres presentes y con responsabilidades al interior de la Iglesia, pero se trata de la respuesta a una vocación y a un llamado. No es la perspectiva funcionalista en las que las mujeres deciden tener que estar presentes. Cada mujer a la luz de Jesucristo deberá encontrar su vocación personal y la misión concreta que Dios le tiene encomendada.

Para que se dé esta mayor responsabilidad de las mujeres en la Iglesia, el Santo Padre Benedicto XVI invita a las mujeres a una mayor presencia: «creo que las mismas mujeres, con su empuje y su fuerza, con su superioridad, con aquella que definiría su “potencia espiritual”, sabrán hacerse espacio».(9) El Papa alienta a la mujer a hacerse espacio alentándola a fructificar su potencia espiritual. El Santo Padre señala que las mujeres han de estar presentes en puestos de responsabilidad y las invita a trabajar en las estructuras de la Iglesia. El mismo constata en agosto del 2006 que esta presencia ya se está dando. Cada vez son más las mujeres que colaboran en puestos de responsabilidad en los organismos de la Santa Sede, en la presencia en los Sínodos, en las parroquias, en las estructuras de las diócesis y también en el liderazgo de los movimientos y nuevas comunidades. Sin embargo, es importante que siempre hayan más mujeres en las estructuras consultivas: en el consejo pastoral diocesano, en el consejo pastoral parroquial, en el consejo económico parroquial entre otros.

El Card. Rylko recordaba «como después del Concilio se abrió un vasto campo de colaboración activa de los laicos con el ministerio de los sacerdotes a través de varios ministerios (10). Basta pensar en la participación de las mujeres en las celebraciones litúrgicas, en el ministerio del lectorado; cuántas mujeres ministros extraordinarios de la eucaristía (11) o dedicadas a la diaconía de la caridad con los pobres, enfermos y excluidos. Esta variada colaboración con los sacerdotes se ha de dar respetando siempre las normas respectivas del derecho canónico que fueron recordadas en el documento interdicasterial, Instrucción sobre algunas cuestiones sobre la colaboración de los fieles laicos al ministerio de los sacerdotes (12)».(13)

Con respecto al tema de los ministerios es interesante también una perspectiva como la de Paola Bignardi que afirma: «considero que sea mejor que la mujer permanezca extraña a la institucionalización que el ministerio comporta; más libre para poder expresar de esta manera una dimensión profética y de don. Considero que la ajenidad de la mujer de los ministerios no constituya una exclusión, sino que abre el camino a una valorización de un aspecto de su don, del cual la Iglesia tiene particularmente necesidad para hablar a nuestro tiempo».(14)

Pero, ya hablemos de ministerios, responsabilidades y participación en la Iglesia no ha de ser asumida con la perspectiva y los criterios seculares. Se debe evitar por un lado una actitud competitiva con el hombre, tratando de realizar exactamente la misma misión. No debemos tampoco caer en una búsqueda de poder que terminaría por copiar muchas veces los defectos masculinos. No necesitamos tampoco tomar prestado términos, o visiones que se alejarían del mensaje evangélico. Se utiliza por ejemplo la palabra “empowerment” “decisión-making” de la mujer en la Iglesia para referirse a la necesidad de impulsar una mayor responsabilidad de la mujer en las estructuras eclesiales. Zimmerman (15) señala que se trata del “sentimiento de tener el poder” en las estructuras y en el sistema. Así, en el ámbito sociológico empowerment significa el proceso por el cual los ciudadanos más desfavorecidos hacen valer sus propias razones y toman parte en el proceso decisorio en las instituciones públicas según los canales democráticos. Sin embargo, la Iglesia no es una realidad puramente sociológica como cualquier institución pública. Como Iglesia, se cometería un serio error si se le quiere aplicar las reglas de cualquier sociedad democrática. Es necesario evitar el riesgo que la comunidad eclesial sea una copia de los debates del mundo con respecto al tema de la mujer. La Iglesia se entiende a si misma ante todo como un misterio de comunión, con una estructura orgánica.

Ante esto se puede rebatir que muchas veces la discusión en torno al ministerio sacerdotal o la posibilidad de acceso a las mujeres a éste se ha debido al hecho que en la práctica el sacerdocio se ha visto u ejercido como un lugar de privilegio, de decisión-making-power. El entonces Cardenal Ratzinger afirmaba: «si esa fuera su naturaleza, entonces resultaría difícil comprender cómo el excluir a la mujer de la decisión-making y, por ende, del “poder” en la Iglesia no deba representar una discriminación».(16) Desgraciadamente, permanecen rasgos de una visión clericalista de la Iglesia. Es necesario vivir más profundamente una eclesiología de comunión en la cual la jerarquía que es una característica fundamental de nuestra Iglesia e instituida por el mismo Cristo no sea asumida desde una perspectiva mundana de poder. El poder y la autoridad deberá ser entendido y vivido como servicio y por tanto dando el espacio a la co-participación de la mujer. Joseph Ratzinger señalaba como era necesario que «el sacerdocio en su figura empírica concuerde con si idea teológica y sea liberado continuamente de su apariencia de privilegio (…) hay que concebir al sacerdote desde Cristo crucificado, desde el Cristo que lava los pies, desde el Cristo que predica y dice: mi doctrina no es mi doctrina. La entrada en el sacramento es autodesprendimiento para servir a Jesucristo».(17)

Además pues de una continua purificación del sentido del sacerdocio, también es necesario que la mujer encuentre cada vez más un espacio de corresponsabilidad en la Iglesia. Benedicto XVI invitaba a los pastores a que colaboraran en esta mayor participación: «y nosotros debemos buscar ponernos a la escucha de Dios, para no ser nosotros quienes nos opongamos a El, sino que es más, nos alegremos que el elemento femenino obtenga en la Iglesia el lugar operativo que le conviene».(18)

Hoy podemos constatar que cada vez este espacio se está abriendo. Hay muchos ejemplos de ello. Sin embargo, creo que para que penetre en las conciencias una perspectiva correcta del sacerdote, así como el espacio debido a la mujer en la Iglesia es fundamental la formación de los futuros sacerdotes. Es por ello una gran responsabilidad la educación al sacerdocio y también la dirección espiritual de los sacerdotes; aquí la misión de la mujer me parece fundamental.

c) La mujer consagrada en la Iglesia: hablando particularmente del ámbito de la vida consagrada nos encontramos ante un doble desafío: por un lado, las transformaciones que se han dado en la conciencia de la identidad femenina lleva también a cuestionar y replantear la identidad de la mujer religiosa y en general la identidad de la mujer al interior de la Iglesia. Por otro lado, la misma vida consagrada femenina, por su radicalidad en las opciones de vivir anticipadamente los valores del Reino puede y debe ayudar a que esta nueva conciencia y participación activa de la mujer no caiga en los mismos errores o defectos masculinos o en los esquemas del mundo, sino que aporte los valores más propiamente femeninos. Quisiera mencionar algunos de ellos.

1. La centralidad de Dios y la sensibilidad religiosa femenina

En un mundo en el que se valora la eficiencia y los resultados inmediatos y frente al grande sufrimiento, pobreza y dolor del mundo existe siempre la tentación de darle primacía a la acción con una tendencia fuerte al pragmatismo y a la confianza desmesurada en las obras de las propias manos. La acción es fundamental, pero ella ha de brotar de la primacía de Dios en la vida de la comunidad de fe. Benedicto XVI en la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, consideraba que «La contribution essentielle que l'Église attend de la vie consacrée est beaucoup plus de l'ordre de l'être que de l'ordre du faire».(19) Creo que con esto, el Santo Padre no quiere generar una oposición entre el ser y la acción, sino más bien recordar la jerarquía en la cual el obrar brote del ser y la misma acción sea una manifestación del ser. No son pocas las veces que en nuestras comunidades la misión apostólica se ha convertido en una realidad activista, que busca planificarlo todo, proyectarlo todo, aumentando la fatiga de la fe.

Y en cambio debemos afirmar que en la vida consagrada la primacía de Dios ha de ser el objetivo fundamental. Una primacía de Dios que se manifiesta en lo que el Papa Benedicto XVI llamó en su viaje a Estados Unidos la necesidad de una “conversión intelectual”. Nuestra aproximación a la realidad, nuestra manera de evaluar los problemas, la vida, las dificultades, tiene que darse con una profunda visión de fe que vaya más allá de las respuestas convencionales. Esto nos exige dar un salto y por tanto un camino de purificación continua a través del encuentro con Cristo: «la centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros».(20) Dios tiene que estar al centro de todos nuestros proyectos para no confundir “mi proyecto” con el proyecto de Dios. Sólo acudiendo a la fuente del amor de Dios se podrá ser apóstoles en el mundo, y los hombres acostumbrados a una sociedad positivista, podrán percibir que Dios no es una idea abstracta, sino absolutamente real porque se ha hecho carne en la propia existencia, en el modo de pensar, de sentir, de reaccionar, de vivir.

Sobre el sentido religioso, hay que señalar que la mujer posee una sensibilidad particular frente al Misterio. Actualmente, vemos la dificultad de muchas personas acostumbradas a una perspectiva racionalista y habituados a controlarlo todo, de realizar con libertad el acto de fe. Somos testigos también de una tendencia de reducir la fe a su dimensión más emocional y sentimental relativizando verdades fundamentales que brotan del seguimiento de Cristo. A la mujer creyente le es más fácil unir la dimensión racional con aquella intuitiva. Se trata de una fe que pasa por el corazón, que confía en Dios pero también en la verdad que Dios le revela tanto por la veracidad del contenido como por la confianza amorosa en la persona de Cristo. Juan Pablo II en la Mulieris dignitatem señala: «Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe. Jesús manifiesta aprecio por dicha respuesta, tan «femenina», y —como en el caso de la mujer cananea (cf. Mt 15, 28)— también admiración. A veces propone como ejemplo esta fe viva impregnada de amor; él enseña, por tanto, tomando pie de esta respuesta femenina de la mente y del corazón».(21)

Hablando del sentido religioso femenino la hna. Cristiana Dobner mostró a María como el modelo paradigmático a seguir. Analizando el texto de Lucas de una María que «conservaba todas las cosas y las meditaba en el corazón» (Lc 2, 51), la Dobner indica come Maria posee una riqueza toda femenina y como su aproximación a la fe es toda femenina: «una postura atenta e vigilante, pensante y acogedora, con atención a la relación y a los eventos mismos. (…) Postura doble: de éxtasis preciso, en el conservar lo sucedido y de dinámica activa en el confrontar e interrogarse. No sólo reflexivo, sino justamente por eso, orante, pensante y operante en la historia». Para la Dobner es la mujer que tiene esta capacidad de reflexionar partiendo de ella misma. Hablando de María continúa: «Confrontar sobre todo significa pensar sobre sí, sobre el Hijo, sobre la historia que se estaba desarrollando, significa entender: María reflexiona y piensa porque ella es corazón, lev, en el lenguaje de la Torah y en la mentalidad semita de Maria, indica el centro de la persona, denota la interioridad de la persona, su mente, su alma, su conciencia y sobre todo la libertad con la que ella dispone de sí, orientando hacia un fin determinado toda su inteligencia, afectividad y sensibilidad».(22)

La fe de María nunca ha vacilado y podemos decir que la fe en su vida es tan intensa que determina su personalidad. La fe en María lo es todo, ella vive de fe, su vida está envuelta en la fe: «Ella no cree sólo con su interioridad religiosa […] sino que en esta fe recibe la forma misma de su existencia humana y femenina».(23) Y aquí tenemos una clave fundamental. Es la fe en Cristo que revela al ser humano su propia identidad y lo hace vivir según el llamado a conformarse a Cristo y por tanto a ser él mismo. Los seres humanos necesitan modelos concretos de mujeres y hombres de profunda fe que muestren el horizonte de la verdadera humanidad. Y éste es uno de los desafíos más importantes de las mujeres consagradas. Asumir el modelo mariano de una vida modelada en un “si” obediente a Dios y mostrar al mundo cómo se es feliz en este horizonte de amor y obediencia.

Cuando intervino la Prof. Carlota Rava al Congreso sobre las mujeres místicas confirmaba el modelo mariano de aproximación a la realidad. Refiriéndose a la doctrina de las doctoras de la Iglesia señaló: «se trata de una doctrina de tal manera radicada en la vida que encuentra en ella no sólo la fuente sino también el contenido. Estas místicas enseñan lo que viven, comunican a sí mismas, las propias experiencias. No combaten herejías, ni escriben sobre argumentos fruto de sus estudios, ni se ponen preguntas teóricas para resolver (…) en su doctrina quizás no emerge la fe que busca la comprensión intelectual (“fides quarens intellectum”) propio de otros doctores, sino una fe que busca obedecer a la gracia en el don conciente de la libertad, que se abandona totalmente a Dios, con una respuesta vital que acoge el misterio del amor divino en lo cotidiano. Antes que ser comunicada a través de la palabra y el escrito, su teología es una teología vivida en la cual estas santas son testimonios privilegiados de lo sobrenatural, nos ofrecen una verdadera teología descriptiva de la acción divina en ellas».(24)

2. Preocupación por la persona concreta

Frente a la lógica del mundo en donde domina una sociedad de la eficiencia, del propio interés, de la búsqueda del bienestar y del poder la mujer no puede perder el carisma que brota de su maternidad, el carisma de ver lo esencial y preocuparse por la persona concreta. La mujer de fe tiene la capacidad de dar un espacio al otro, de valorar y sacar lo mejor de los otros; pone muchos veces por encima de sus propios intereses el bien de la otra persona. Tiene una tendencia además a proteger a los indefensos y desprotegidos. Como afirmaba Paola Bignardi: «la mujer debe testimoniar la primacía de la persona; el valor de las relaciones interpersonales vividas en la gratuidad, la importancia del ser sobre el tener, sobre la apariencia, sobre el hacer. Vivir la propia feminidad significa para la mujer aceptar de ser testimonio de estos valores grandes más no vencedores».(25)

3. Maternidad intelectual

Me parece que un aporte fundamental será el cómo la mujer unirá el ejercicio de la maternidad en la edificación de la cultura. Hoy más que nunca este llamado a evangelizar la cultura se muestra particularmente desafiante. Estamos frente a un mundo que quiere demoler todos los fundamentos y las raíces cristianas. Frente a la crisis de la verdad en el mundo, frente a una sociedad que está perdiendo los fundamentos del propio edificio desorientando al ser humano y minando su dignidad más que nunca, hoy las mujeres han de ser apóstoles de la verdad. Una mujer ha de ser colaboradora de la verdad, boca de la verdad, portadora de la verdad. Y cada quién brindará este servicio desde sus cualidades y capacidades particulares: quienes en el apostolado directo, en la consejería espiritual, en la animación de grupos, en iniciativas culturales, en la educación, a través de los medios de comunicación, en la producción intelectual, en la parroquia, en el mundo del trabajo, en el arte, en la organización social, en puestos de responsabilidad que le permitan inspirar acciones en diversos ámbitos.

Y ya que una característica fundamental de ser mujer es la maternidad y ya que hoy la cultura postmoderna renuncia a la maternidad y a la verdad, se trata de poder unir ambas cosas: es decir la maternidad femenina con el ser apóstoles de la verdad y entonces vivir como mujeres en la Iglesia y a semejanza de la Madre una inteligencia maternal. Se ha de unir la maternidad a la evangelización de la cultura, se ha de unir la inteligencia a la maternidad. En un mundo en el que prima el relativismo y se rechaza a-priori toda presentación de la verdad, creo que la mujer está llamada en la Iglesia a preparar el terreno del corazón humano y presentar y comunicar la verdad para que pueda ser acogida y asumida.

La mujer por su maternidad está unida a la generación de la vida y a la educación y formación de ésta, y por lo tanto es muy capaz de generar y despertar en el otro el anhelo de la verdad. Mons. Caffarra afirma que «la verdadera generación consiste en la educación».(26) En este sentido las mujeres han de seguir los pasos de María. Ella fue llamada en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla “la pedagoga del Evangelio”. La mujer está llamada a presentar la verdad con el profundo respeto por la libertad y con la delicadeza y el tacto materno podrá formar y ayudar a la persona a la adhesión a la verdad que lo trasciende.

Se trata pues no de un simple ejercicio de la maternidad. Vivir una inteligencia maternal es una dimensión mucho más compleja; la mujer ha de darle un acento fuerte a la fe en la mente, ha de formarse intelectualmente para que con una profunda fe y una intensa adhesión del corazón pueda dar a los otros razones de su esperanza, sólo así la mujer podrá dar a luz a muchos hombres y mujeres en la fe.

3. Dimensión profética y acción evangelizadora

«Profetizar» significa expresar con la palabra y con la vida «las maravillas de Dios» (cf. Act 2, 11), conservando la verdad y la originalidad de cada persona, sea mujer u hombre. […] Toda vocación tiene un sentido profundamente personal y profético. Entendida así la vocación, lo que es personalmente femenino adquiere una medida nueva: la medida de las «maravillas de Dios», de las que la mujer es sujeto vivo y testigo insustituible. (MD 16)

La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con Él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y, tras haber acogido la palabra en el diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado. El testimonio profético exige la búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios, la generosa e imprescindible comunión eclesial, el ejercicio del discernimiento espiritual y el amor por la verdad. También se manifiesta en la denuncia de todo aquello que contradice la voluntad de Dios y en el escudriñar nuevos caminos de actuación del Evangelio para la construcción del Reino de Dios[220]. (Vita consacrata 84)

E' in Maria che il temine di profezia in senso cristiano viene meglio definito e cioè questa capacità interiore di ascolto, di percezione e di sensibilità spirituale che le consente di percepire il mormorio impercettibile dello Spirito Santo, assimilandolo e fecondandolo e offrendolo al mondo. Si potrebbe dire, in un certo senso, ma senza essere categorici, che di fatto la linea mariana incarna il carattere profetico della Chiesa. Maria è sempre stata vista dai Padri della Chiesa come l'archetipo dei profeti cristiani e da lei parte la linea profetica che entra poi nella storia della Chiesa. Così «in lei diviene evidente la nuova e specificamente cristiana comprensione della realtà profetica: vivere nello splendore della verità, che è il vero comportamento aperto sul futuro e l’unica valida chiarificazione di ogni presente».(27)

En Caná la vemos actuar como verdadera profeta. No sólo discípula que escucha sino también profeta: «la profeta tiene la competencia de hablar en lugar de Dios, delante de Dios ante los cuales fue mandado, antes que el futuro de Dios suceda».(28)

Si vivimos los valores plenamente femeninos a semejanza de María seremos verdaderamente un signo profético para nuestros tiempos. Nuestra disponibilidad de seguimiento al Señor y a compartir la Cruz con El será la piedra que verificará nuestra dimensión profética. El profeta nunca busca imponerse a sí mismo. Su mensaje se verifica y se hace fértil en la Cruz de Cristo que lleva a la Resurrección.

(1) En 1791 Olympe Marie de Gouges redactó la “Declaración de los derechos de la mujer” al irrumpir la Revolución francesa.
(2) En Alemania el movimiento femenino se planteó en la perspectiva educativa. Entre las representantes más célebres encontramos a Hedwig Dohm (1883-1919).
(3) H. B. Gerl-Falkovitz, «La teoria del “gender”: una sfida per il cristianesimo», en: Vita e pensiero, 1/2008, 40- 51.
(4) H. B. Gerl-Falkovitz, «Jesús de Nazareth, María y las mujeres en el Evangelio y en las primeras comunidades» en: Congreso Internacional, mujer y varón, la totalidad del humanum.
(5) Cfr. A. Scola – G. Reale, Il valore dell’uomo, Milano 2007, 53.
(6) Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 7.
(7) A. Ales Bello, «La questione femminile in Edith Stein - Lineamenti di un’antropologia duale», en: Congreso Internacional, mujer y varón, la totalidad del humanum.
(8) Cfr. G. Carriquiry, «Participation and collaboration in the life of the Church» en: Men and Women, diversity and mutual complementarity, Città del Vaticano 2006, 181-191.
(9) Entrevista a lSanto Padre Benedicto XV en previsión de su próximo viaje a Baviera,5/08/2006.
(10) Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 23.
(11) Cfr. Istruzione su alcune questioni circa la collaborazione dei fedeli laici al ministero dei sacerdoti, Art. 8, Ciudad del Vaticano 1997.
(12) Cfr. Istruzione su alcune questioni circa la collaborazione dei fedeli laici al ministero dei sacerdoti, Ciudad del Vaticano 1997.
(13) S. Rylko
(14) P. Bignardi, Responsabilità e partecipazione della donna all’edificazione della Chiesa e della società, en: Congreso “Mujer y hombre, la totalidad del humanum”, 8 de febrero de 2008 (Tdt).
(15) Cf. N.A. Peterson – M.A. Zimermann, Beyond the individual: toward a nomological network of organizational empowerment, in: American Journal of Community Psychology, vol. 34, 129-145.
(16) J. Ratzinger, ¿Va contra los derechos de la mujer el sacerdocio del varón?, en: Osservatore Romano, edición español, 10 de abril de 1977, p. 303.
(17) Ibidem.
(18) Entrevista a Santo Padre Benedicto XV en previsión de supróximo viaje a Baviera,5/08/2006.
(19) Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 81.
(20) Benedicto XVI,Homilía a los obispos suizos, en: L’Osservatore Romano (edición semanal en español), 17 de noviembre de 2006, p. 591.
(21) Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 15.
(22) C. Dobner, «Il senso religioso al femminile» in: Convegno “Donna e uomo, l’humanum nella sua interezza” (Tdt).
(23) R. Guardini, La Madre del Signore, p. 34.
(24) E. Rava, Mistiche e dottori della Chiesa, 7 de febrero de 2008.
(25) P. Bignardi, Responsabilità e partecipazione della donna all’edificazione della Chiesa e della società, en: Congreso “Mujer y hombre, la totalidad del humanum”, 8 de febrero de 2008.
(26) C.Cafarra,Creatiperamare,Siena2006,p.157.
(27) MCn, p. 62.
(28) P. 85Il segno Della donna