MEJORES PRÁCTICAS

European Family Congress – 9 marzo 2007
“Mejores Prácticas” – Rocío Figueroa A.


El intento de esta intervención es señalar las “mejores prácticas” realizadas o por realizarse por el Pontificio Consejo para los Laicos, en favor de la mujer. Es importante señalar cómo la Iglesia a través de la enseñanza de la doctrinal social «ha perseguido y persigue siempre no fines teóricos, sino pastorales, cuando constata las repercusiones de los cambios sociales en la dignidad de cada uno de los seres humanos»(1). La Iglesia al ser depositaria de la Revelación sobre Dios y sobre la verdad, vocación y fin del ser humano es realmente experta en humanidad y se preocupa por ofrecer «los principios fundamentales, los criterios universales y las orientaciones capaces de sugerir las opciones de fondo y la praxis coherente para cada situación concreta»(2).

Con respecto al tema de la mujer, la Iglesia ha ido comprendiendo y profundizando a lo largo de su historia la dignidad de la mujer y ha ayudado en este proceso de conciencia de su misión. Sin embargo, en distintas épocas de la historia la mujer ha sido excluída y ha sufrido discriminaciones en la vida social, política, cultural. En las primeras décadas del siglo XIX se generan los primeros movimientos de mujeres que buscan defender la igualdad jurídica, política, social y laboral entre ambos sexos. Estas denuncias válidas en sí mismas vinieron en muchos casos con una fuerte carga ideológica, ya sea del movimiento feminista liberal o de corrientes de corte marxista.

Sin embargo es con la segunda ola feminista de los años 60 y 70 que la “emancipación femenina” se ligó fuertemente a la revolución sexual (3) buscando no sólo la total igualdad con el hombre, sino una negación de los roles de la mujer como la maternidad y la familia, promoviendo la defensa del aborto y el derecho de cada mujer frente a su cuerpo. Y es en esta oposición entre promoción de la mujer y maternidad que la voz de la Iglesia se hizo sentir durante el Concilio Vaticano II. Por una parte, el Concilio mostró una real apertura a los signos de los tiempos invitando a una necesaria promoción en la participación de la mujer en el ámbito civil, político y educativo; sólo que nunca desligó la promoción de la mujer en el ámbito público y eclesial de la maternidad y la familia. Así el decreto Apostolicam actuositatem invita a que así «como en nuestros tiempos participan las mujeres cada vez más activamente en toda la vida social, es de sumo interés su mayor participación también en los campos del apostolado de la Iglesia»(4). Esta invitación no le hace olvidar sin embargo la vocación de toda mujer a la maternidad. El mensaje del Concilio a la humanidad afirma: «Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión la guardia del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza. Consoláis en la partida de la muerte. (...) Reconciliad a los hombres con la vida»(5). No es que la Iglesia al hablar de la maternidad de la mujer pretenda cargarle todo el peso de la familia. Todo lo contrario. Sabe bien, que en ella la custodia por la vida, la preocupación por el ser humano concreto le es más connatural y por tanto invita a las mujeres a participar y ayudar a los hombres a vivir estos valores humanos. La Gaudium et spes expresa bastante bien el equilibrio y el modelo de familia que se ha de promover: «La presencia activa del padre es de enorme trascendencia para su formación, pero también el cuidado doméstico de la madre, de la que tienen necesidad principalmente los hijos más pequeños, se ha de garantizar absolutamente sin que por ello se menosprecie la legítima promoción social de la mujer»(6). La Iglesia sabe bien lo que está en juego. El ser humano sólo encuentra la realización de sí mismo en la entrega sincera de sí (7), en la communio personarum, en el amor sea a través de la vocación al matrimonio o de la vocación a la consagración. La familia es el signo natural que expresa la vocación humana al amor. Atacando la familia, se hiere profundamente la dignidad de la persona y se cancela una de las más preciosas huellas de Dios en el mundo, comunión divina de Amor. Por tanto, promover la dignidad de la mujer y del hombre, no puede ir jamás en desmedro del valor de la familia. En este sentido, la contribución original de la Iglesia es que propone una antropología integral en donde la persona, según su identidad cumple su vocación original y se realiza en todas las áreas de su vida personal, vocacional, social y espiritual. La Iglesia no genera falsas oposiciones entre la dimensión social (externa) y la dimensión individual (interna); ambas dimensiones se unen en una única realidad (8). La aparente oposición familia y trabajo es llamada a realizarse no en el aut-aut sino el et-et a través de una jerarquía en los valores y prioridades.

La enseñanza del Magisterio sobre la mujer no se detuvo con el Concilio. Apenas después de seis años de haber sido erigido en el 1967 el «Consilium de Laicis», el Santo Padre atento conocedor de la historia y sensible ante los signos de los tiempos creó el 3 de mayo de 1973 la “Comisión de Estudio sobre la Mujer en la Sociedad y en la Iglesia”. Esta iniciativa respondió a un pedido explícito de la Asamblea del Sínodo de los Obispos de 1971 constituyéndose también en vistas a la Celebración por parte de las Naciones Unidas del Año Internacional de la Mujer en 1975. Dicha Comisión estuvo presidida por Mons. Enrico Bartoletti, en ese entonces, Secretario de la Conferencia Episcopal Italiana; tuvo como secretaria de la Comisión a la Srta. Rosemary Goldie, en ese momento vice-secretaria del «Consilium de Laicis» y como miembro al Prof. Guzmán Carriquiry, actual sub-secretario del Consejo Pontificio para los Laicos. La comisión integrada por 24 miembros, de los cuales 15 mujeres provienentes de diversas partes del mundo elaboró un documento llamado: “La mujer en una sociedad de dimensiones mundiales: 1975”. Vemos en estos años de estudio, la preocupación de la Santa Sede y la atención del “Consilium de Laicis” por el tema de la mujer, por su promoción y por la reflexión a la luz de la fe de las transformaciones sociales y culturales con respecto a la misma. El documento mencionado tiene un capítulo dedicado a la mujer en el matrimonio y la familia que es muy sugerente pues se constata como la Iglesia se hace eco de lo que piensan la mayoría de las mujeres y no de un pequeño grupo que busca imponer la propia ideología: «Si una cierta corriente de mujeres abandera una concepción negativa de la maternidad, vista sólo como problema, como obstáculo, como riesgo, la mayoría de las mujeres que reflexionan consideran a la maternidad como una prerrogativa esencial de la mujer, sin que eso significa que sea su única y exclusiva misión. No es verdad que la mujer, pidiendo de ser promovida quiera pasar a un segundo orden la dignidad, belleza, la gloria y la responsabilidad de la maternidad»(9). El mismo documento además invita a que la maternidad no sea ocasión para marginar a la mujer sólo al cuidado doméstico ni para que el padre se desentienda de la familia. Sugiere revisar el modelo de paternidad responsable invitando al hombre a que se sienta también comprometido en la vida cotidiana de la familia y corresponsable en la educación gradual de sus hijos (10). En el Documento de la Comisión para la Mujer vemos un hilo común. Por un lado, una continuidad en los valores perennes y en la jerarquía de valores del matrimonio tanto para la mujer como para el hombre. Por el otro lado, el Documento se abre y responde ante los desafíos de los nuevos tiempos que invitan a un re-pensar la realidad femenina, a una mayor reciprocidad y complementariedad entre el hombre y la mujer en la familia y a una mayor conciencia de la necesaria colaboración de la mujer no sólo con la maternidad sino también en la edificación de la cultura y en el apostolado de la Iglesia junto con el hombre.

Dicha Comisión duró hasta 1976 y trabajó arduamente en la investigación y en el estudio en vistas al Año Internacional de la Mujer. Desde entonces, el Consejo Pontificio para los Laicos ha colaborado siempre en estrecha unión con la Secretaría de Estado en la reflexión de la Iglesia sobre la mujer en ocasión de todas las Conferencias mundiales sobre el tema, Ciudad de México (1975), Copenaghe (1980), Nairobi (1985), Pekín (1995). En estas diversas ocasiones hemos escuchado siempre la voz de la Santa Sede vinculando estrechamente la relación de la mujer con la familia y con la vida, con la conciencia que «la familia es como el santuario de la vida»(11) y la mujer con su maternidad está llamada a protegerla. El año 1996 fue testigo también de un encuentro internacional “Mujeres” organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos en el cual se intentó realizar una lectura de la Conferencia de Pekín hecha a la a luz de las orientaciones de Juan Pablo II. El año 2000 fue testigo de un seminario de estudio sobre la complementariedad varón-mujer seguido de la publicación de las intervenciones. Menciono estos acontecimientos porque creo que es importante dar a conocer lo que la Iglesia, y la Santa Sede realiza a través de sus dicasterios. Concretamente, el Consejo Pontificio para los Laicos se ocupa de todo lo que concierne la promoción y coordinación del apostolado laical. La mujer, por tanto, como laica, es una de las preocupaciones de este Dicasterio, y por ello hay una sección o departamento que se ocupa de este tema. Esta sección se dedica a:

Promover una mayor profundización a nivel filosófico y teológico sobre las cuestiones concernientes a la mujer.

Preocuparse por alentar a las asociaciones, comunidades y movimientos que promueven la dignidad de la mujer. A nivel internacional es muy importante coordinar esfuerzos, apoyar diversas iniciativas y realizar un fructuoso intercambio de experiencias.

Dar a conocer lo que las mujeres han hecho y hacen por la Iglesia en diversas partes del mundo.

Alentar la formación de las mujeres. El Dicasterio se propone organizar seminarios, congresos, publicaciones para ayudar en este proceso de formación de las mujeres incrementando su integración en la misión de la Iglesia.

Frente a las diversas tendencias actuales y los diversos feminismos se necesita realizar un discernimiento sereno y objetivo. El mismo Juan Pablo II invitaba a promover un “nuevo feminismo” que defendiera la dignidad y la promoción de la mujer. La Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el Mundo, considera que «en los últimos años se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión femenina».(12) La primera de ellas sería la tendencia de generar un antagonismo entre el hombre y la mujer, que ante «los abusos de poder se responde con una estrategia de búsqueda de poder. Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos».(13) La segunda tendencia sería una consecuencia de la primera. Al querer «evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias».(14) Esta segunda tendencia hace referencia al feminismo de género. El feminismo radical o la ideología del “género” con el intento de eliminar todas las diferencias sexuales inscritas en la naturaleza y la reducción de todo a una construcción cultural, no es sólo una posición filosófica con respecto al tema de la mujer, sino más bien una manera para proponer un nuevo paradigma cultural que busca eliminar una sociedad basada sobre valores estables y perennes. Hay un intento de buscar una revolución cultural global, una nueva ética pos-moderrna y por lo tanto pos-judeo-cristiana. La post-modernidad implica una de-construcción de toda base racional a la realidad, toda destrucción de la posibilidad de conocer la verdad, una renuncia total a la estructura antropológica del hombre y la mujer: «el principio básico de la postmodernidad es que toda realidad es una construcción social, que la verdad y la realidad no tienen un contenido estable y objetivo».(15)

Es frente a este nuevo paradigma cultural que las mujeres queremos reflexionar para comprender los desafíos que tenemos como mujeres laicas en la Iglesia. Buscaremos discernir y superar en una síntesis desde la antropología cristiana las tendencias culturales contemporáneas, valorizando lo que la Iglesia ha siempre realizado en favor de la mujer y haciendo un balance de aquello que aún se puede aún trabajar para seguir promoviendo su misión en la edificación de la Iglesia y al servicio de la sociedad. Queremos responder a la invitación del Santo Padre Benedicto XVI que invita a las mujeres a una mayor presencia: «creo que las mismas mujeres, con su empuje y su fuerza, con su superioridad, con aquella que definiría su “potencia espiritual”, sabrán hacerse espacio»(16). El Papa alienta a la mujer a hacerse espacio alentándola a fructificar su potencia espiritual. No se puede olvidar que la mujer es ante todo laica y como tal su misión es la evangelización. Es interesante además que en la Audiencia General el Santo Padre Benedicto XVI al hablar sobre las mujeres las invita a la “responsabilidad”; las invita a asumir la misión eclesial y apostólica no de manera pasiva, sino en primera persona: en la familia, en el ambiente laboral, social y eclesial.

(1) Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Ciudad del Vaticano 2005, n. 104.
(2) Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el estudio y enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, Roma 1988, p. 32.
(3) Betty Friedan con su libro The Feminine Mystique (1963) fundó la Organización Nacional de la Mujer y promovió la abolición de la discriminación contra la mujer incluyendo en su lista de derechos el derecho al aborto y al lesbianismo.
(4) Apostolicam actuositatem, n. 9.
(5) Mensaje del Concilio Vaticano II a la Humanidad, n. 5.
(6) Gaudium et spes, n. 52.
(7) Cf. Gaudium et spes, n. 24.
(8) Cf. L.F. Figari, Espiritualidad para nuestro tiempo, Lima 1995, p. 21.
(9) Commissione di Studio sulla donna nella società e nella Chiesa, «La donna in una società a dimensioni mondiali: 1975», Ed. Pontificio Consiglio per i Laici, La Chiesa e l’anno internazionale della donna, Città del Vaticano 1975, p. 122 (la traducción es mia).
(10) Ibidem.
(11) Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 39.
(12) Congregación para la doctrina de la fe, Carta sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, n. 2.
(13) Ibidem
(14) Ibidem
(15) M. A. Peeters, La nueva ética mundial: retos para la Iglesia, p. 13
(16) Entrevista al Santo Padre Benedicto XVI en previsión de su próximo viaje a Baviera, 5/08/2006.