Los abusos sexuales asesinan el alma

Diciembre 6, 2018 | Carátula Prensa Compartir:

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Rocío Figueroa es una teóloga peruana. En 1987, junto a otras cuatro jovencitas, dio vida a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Se trata de la rama femenina del Sodalicio de Vida Cristiana, una realidad eclesial que afronta la peor crisis de su historia por los escalofriantes abusos (de poder, de conciencia y sexuales) perpetrados por su fundador, Luis Fernando Figari. Inteligente y de límpida belleza, su incansable compromiso la llevó incluso a conducir la sección dedicada a la mujer en el Pontificio Consejo para los Laicos del Vaticano.

Cuando hizo cuentas con la realidad de abusos padecida por ella y otras personas, afrontó directamente al fundador y lo denunció, pero se topó con un muro de silencio. En estos días ha regresado a Roma, años después de aquellas traumáticas experiencias, para participar en un foro sobre la mirada femenina respecto de los abusos sexuales, convocado por la plataforma Women Voices.

«Muchas víctimas pierden la fe»

Hoy por hoy asume su condición de sobreviviente. Afirma estar en paz y haber logrado conservar la fe. Pero reconoce que la mayoría de las víctimas no alcanza a dar ese paso. Además, su vida quedó indisolublemente marcada por los abusos. En Nueva Zelanda, donde vive, ha conducido investigaciones universitarias sobre el impacto espiritual de ese flagelo.

«En el ámbito religioso, para seducir al menor se usa el poder espiritual. Es distinto a cualquier otro tipo de abuso, porque quien te está atacando es el representante de Dios. Se mezcla la dimensión sagrada con el abuso y todo se vuelve mucho más peligroso. El daño es más profundo, porque hiere la identidad espiritual de la víctima. La mayoría de las víctimas que he entrevistado pierden la fe, tienen una crisis de identidad enorme como creyentes. Ya no piensan en la Iglesia como algo sagrado, sino como el lugar sucio donde abusaron de ti», precisa.

Ella asegura que pudo mantener su fe por la educación espiritual recibida de su familia. Pero reconoce haber padecido una crisis profunda. Ese camino le ha servido para comprender de lleno a las víctimas, porque «si has estado en la oscuridad, puedes comprender a quienes están allí».

Y añade: «El camino de la curación es largo, desgraciadamente existen personas que no llegan a recuperarse del todo. Todas las víctimas llevaremos hasta nuestra tumba las heridas y el dolor, que no desaparece, pero sí se puede transformar. Se necesita siempre ayuda psicológica y terapia, es necesario encontrar un sentido a las cosas. Ha sido un sufrimiento horrible pero es lo que te tocó vivir, uno debe preguntarse el para qué. No creo que fuera la persona que soy ahora si no hubiese pasado lo que viví. Gracias a esta experiencia puedo solidarizarme con los que han vivido situaciones similares, porque sé lo que se padece».