HACIA LA VERDAD DE MI MISMO

Meditaciones sobre la humildad cristiana en el pensamiento de Concepción Cabrera de Armida

I. La humildad cristiana

1. La importancia de la humildad
2. La humildad es andar en verdad
2.1 El ser humano creado
2.2 El ser humano caído
2.3 El ser humano reconciliado en Cristo

II. La humildad en Concepción Cabrera de Armida

1. La humildad, fundamento de la vida cristiana
2. Necesidad de la humildad para la fe
3. Necesidad de la humildad para la esperanza
4. Necesidad de la humildad para la caridad
5. La humildad necesaria para el apóstol
6. La falsa humildad
7. En el dolor se forja la humildad
8. María, modelo de humildad

 

I. LA HUMILDAD CRISTIANA

1. La importancia de la humildad

El siglo pasado estuvo marcado por variados humanismos y antropocentrismos que buscaron ahondar lícitamente en el ser humano. Muchos de ellos al centrar su preocupación en el hombre olvidaron su dimensión trascendente [1]. Traicionaron la misma identidad humana. El hombre de nuestro tiempo se encuentra extraviado y desorientado sobre su propia identidad y destino. A un ritmo cada vez más acelerado, se va inclinando por una pendiente que lo aleja de su propia felicidad y realización.

Hoy encontramos ciertos rasgos comunes en la experiencia humana: se da cada vez más un intento de eternizar la contingencia, la opción por vivir la inmediatez de la existencia, reducir la vida a su dimensión más práctica y funcional y la claudicación a vivir la dimensión más profunda del espíritu humano, contentándose con lo pasajero y superficial. La persona es para sí misma una realidad oculta y lejana, y siente cada vez más ajena la tarea de ahondar en el abismo de profundidad de su propia humanidad y en el misterio de su ser [2].

A pesar de esta situación, son muchos los que perciben aún la insatisfacción y el anhelo de búsqueda. Hay quienes, por distintas razones, en un determinado momento de la vida, desean ser sinceros y auténticos consigo mismos y descubren, muy a su pesar, que los caminos por los cuales habían tratado de orientar sus vidas no han hecho sino apartarlos cada vez más de su propia felicidad. Algunos experimentan la experiencia de transitoriedad y fugacidad de los bienes que poseen en este mundo. Otros perciben en su interior serios obstáculos que no les permiten ser libres y felices: temores, inseguridades, tristezas, fracasos, cansancio y fatiga, pesos de diversa índole que agotan y hacen difícil el caminar.

Ante esta situación, la pregunta que surge es: ¿Cómo puedo liberarme de las cadenas que hacen fatigoso el caminar? ¿Quién soy yo verdaderamente y por qué no logro que mi identidad se despliegue con toda su riqueza? ¿Quién puede librarme de esta experiencia de caducidad y transitoriedad? ¿Puede el ser humano quedarse satisfecho con una vida rutinaria y superficial y acallar la voz del interior que exige una respuesta de Infinito? ¿Puede la persona reducir su horizonte a pasar por el mundo sin “hacer ningún daño a nadie” pero recortado en sus ilimitados deseos y aspiraciones de crecer como persona? El ser humano no puede traicionar la llamada de su propio ser que sólo se satisface con el Infinito. La persona ha sido creada para participar de la misma vida de Dios, para acoger en el propio corazón a Dios mismo, que lo trasciende, pues sólo Él puede otorgarle la felicidad y la eternidad que anhela.

Hoy este anhelo de Dios es sepultado por la misma persona. Se vive en una avalancha de informaciones, estímulos, cambios y ruidos que no permiten acercarse a las ventanas de su espíritu. La pregunta es: ¿por qué tantos no perciben este deseo de Dios que atormenta el corazón? La vida está tan embotada de compensaciones y falsedades que se adhieren al espíritu humano de tal manera que éste no pueda percibir la llamada de su propia humanidad a buscar en Otro la respuesta que anhela.

Sólo en la verdad de sí mismo el ser humano puede volver a encontrar la clave para orientarse hacia el fin para el cual fue creado. Sólo cuando acepte humildemente que su vida no tiene consistencia absoluta por sí misma y que se ha de abrir a otra Presencia, sólo entonces podrá encontrar la felicidad. Para volver a descubrir la verdad es necesario desvelar la mentira con la cual el ser humano perdió su propia identidad. El hombre ha reeditado la culpa que se remonta a nuestros primeros padres. La persona se ha alejado de su propia humanidad queriendo edificar su vida de espaldas a Dios. Muchos consideran que uno puede y debe cimentar la propia existencia teniendo el control ilimitado de sí mismo. El núcleo de la mentira existencial, la soberbia, lo conduce a erigirse en la medida de sí mismo, queriendo guiar la propia existencia en una búsqueda angustiante de la “independencia” que lo lleva a no percibir la necesidad y dependencia ontológica de Dios-amor.

Para quien ha optado por la vida cristiana, en cambio, ésta vuelve a ser una y otra vez la tentación que se repite: a pesar de la aparente fe en Dios, se da una búsqueda insaciable de ser “yo” la medida de mí mismo, de querer controlar la propia vida y el propio destino. La tentación de decidir – sin necesariamente referirse a Dios o a su divino Plan – qué es lo bueno y cuál es el camino de la propia felicidad.

Frente a esta tentación continua de egocentrismo, que no es más que un fruto del «padre de la mentira» (Jn 8, 44), el Señor Jesús vuelve a otorgarle a la persona perdida y quebrada la verdad sobre sí misma, dándole la gracia para poder recorrer los senderos de la auténtica humanidad. La humildad es la virtud que se opone radicalmente a la soberbia adamítica y que desenmascara la mentira de quien quiere hacerse señor autónomo de sí mismo. De ahí que el Señor Jesús privilegiara este camino por el cual invita a sus discípulos a seguirlo más de cerca:

«Aprended de Mí, dice Jesucristo nuestro Redentor (Mt 11, 29), que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. El bienaventurado San Agustín dice (De vera religione): Toda la vida de Cristo en la tierra fue una enseñanza nuestra, y Él fue de todas las virtudes maestro; pero especialmente de la humildad: ésta quiso particularmente que aprendiésemos de Él. Lo cual bastaba para entender que debe ser grande la excelencia de esta virtud y grande la necesidad que de ella tenemos, pues el Hijo de Dios bajó del Cielo a la tierra a enseñárnosla, y a ser particular maestro de ella, no sólo por palabra, sino principalmente con la obra; porque toda su vida fue un ejemplo y dechado vivo de humildad»[3].

La humildad a la cual nos llama Jesucristo es un estado que nace y crece en el interior del corazón humano. Es una virtud que parte de la interioridad, de la comprensión de sí ante Dios Padre, los demás y el mundo. Es como una corriente subterránea que inspira todo acto y toda decisión. Es el fundamento de la vida cristiana. Es importante notar que Cristo no proporciona una lista de conductas externas que deban seguirse para conquistar esta virtud. Él apunta más bien a su dimensión más interior, y señala en primer lugar que se debe aprender de Él que es humilde de corazón. Como bien se sabe, el corazón para la mentalidad hebrea es el núcleo de los pensamientos y sentimientos. Es como si toda la vida del Señor Jesús estuviera marcada por esta actitud profunda. Su misma misión en la economía salvífica está marcada por esta humildad y nace de un acto de humildad.

En el Señor Jesús la humildad es central y encuentra su primera manifestación en el misterio de la encarnación, misterio en el cual Cristo se abaja en un despojamiento de sí para elevar al ser humano: «se despojó a sí mismo, tomando condición de siervo» (Flp 2, 7). Es en la persona de Cristo y en la dinámica encarnatoria que encontramos el núcleo germinal de la humildad. Es este misterio que nos ayuda a comprender la relación del ser humano con Dios, consigo mismo y con los demás. Creo que uno de los pasajes más sugestivos de Concepción Cabrera de Armida con respecto a la humildad es cuando habla de ésta como centro de la vida del Señor Jesús:

«Todo aquello en lo que descansó Jesús en su vida mortal, tiene ese sello de la humildad: el pesebre, la barca, la cruz; y en su vida mística, descansa en los Sagrarios ungidos de humildad y en las almas en las que la humildad ha formado un lecho mullido y suave que invita al descanso. No le estorbe su pequeñez para invitar a Jesús a que descanse en su alma, porque Él está enamorado de la pequeñez. Al venir a este mundo, se empequeñeció el Verbo divino, y quedó prendado de la pequeñez, porque es un recuerdo de su paso por la tierra, porque le trae el perfume de su vida mortal – idilio y tragedia –, de su amor incomparable»[4].

Vemos cómo con tres palabras muy sencillas Concha resume toda la vida de Cristo. Primero, el pesebre. Su nacimiento tiene ese sello de pobreza y humildad donde las pajas no son obstáculo para que el Niño descanse. La barca, es símbolo de acción, de movimiento. Expresa toda la vida pública de Cristo donde su acción apostólica y toda su misión y su relación con los hombres están impregnadas también de esta humildad. No predica desde púlpitos majestuosos como un profesor o un doctor de la ley. Su predicación es desde la barca rústica de sus mismos apóstoles expresando con ello como toda su vida está colmada de esta sencillez. Y finalmente la cruz. En la cruz se manifesta la pobreza en su plenitud, la impotencia total: Jesús atado de pies y manos ha renunciado a todo poder, a toda posibilidad de acción. Entrega lo único que tiene y que nadie le puede arrebatar: entrega su obediencia al Padre y su libertad como donación para los seres humanos. Es la plenitud de la humildad y el abajamiento.

La novedad de Cristo con respecto a la humildad es que Él se distancia de la concepción griega que consideraba la humildad como una realidad negativa. Aristóteles criticaba la pusilanimidad que la oponía a la magnanimidad y la definía como alguien «que siendo digno de lo grande, rehuye ir tras las cosas grandes»[5] renunciando a su dignidad. San Agustín fue el primero que afirmó con fuerza el carácter exclusivamente cristiano de la humildad y negó que los autores paganos la conociesen sean epicúreos, estoicos o platónicos [6]. En el cristianismo aquello que para los griegos fue considerado como pusilanimidad se convierte en el centro del mensaje del Señor Jesús.

Cristo quiso voluntariamente hacerse pequeño, pobre, humilde y centrar toda su vida en la obediencia filial, confiada y amorosa a su Padre. Siendo Dios, quiso asumir la naturaleza humana para contraponer de manera frontal la humildad y la obediencia filial a la soberbia y a la desobediencia de Adán [7].

Comprendemos porqué el Verbo eterno decidió hacerse hombre. El misterio de la encarnación lleva en su interior tanto el dinamismo del abajamiento como el de la elevación. Es a través de este dinamismo que Jesucristo purifica la desviación de la soberbia del ser humano y nos lleva a apreciar correctamente la verdad de la naturaleza humana. Por un lado, el misterio de la encarnación nos revela la profundidad del pecado original: cuán grande debe de haber sido la soberbia de nuestros primeros padres y la nuestra que Jesucristo decidió recorrer el camino del abajamiento para poder elevar la dignidad humana, y así, ocultando su gloria divina, mostrar al ser humano el camino y el valor de la verdadera humanidad. Por otro lado, la encarnación también conlleva un misterio de elevación: la humildad, al ser la virtud de la verdad, nos muestra en este dinamismo que la decisión voluntaria de Cristo de hacerse hombre rescata y valora la grandeza de ser hombres.

2. La humildad es andar en verdad

La humildad ha sido definida como la virtud que hace caminar en la verdad [8]. Para una correcta y veraz visión sobre uno mismo se ha de tener una concepción antropológica que considere al ser humano en su realidad creada, caída y reconciliada en Jesucristo. Es una verdad fundamental que ilumina el camino del hombre para vivir la verdadera humildad. Fue santa Teresa de Ávila quien la define como la verdad y Concha de manera muy aguda interpreta la definición de santa Teresa. Ella trata de comprender a qué verdad aludía Teresa en su definición y descubre cómo la humildad no consiste en caminar en una verdad abstracta y teórica. Hoy nos haríamos la misma pregunta: ¿qué significa caminar en la verdad? Es muy común confundir la vida cristiana reduciéndola a un conjunto de principios y de doctrina. Por muy altas y valiosas las ideas que nos inspiren si éstas no son vividas de manera práctica y concreta por el cristiano y encarnadas en su vida cotidiana caemos en la tentación de un cristianismo teórico pero muerto, en un racionalismo de la fe. Concha quiere evitar este peligro y por ello, descubre que la verdad a la cual hace referencia santa Teresa es la misma persona de Cristo. La “verdad” se identifica con una Persona y el cristiano si quiere vivir la humildad y caminar en la verdad ha de hacerse uno con la dimensión encarnatoria del Verbo que se anonada y quien es la Verdad:

«Con mucha razón dijo santa Teresa, que la humildad es verdad: es, en un sentido para la creatura, porque humillarse, es ponerse en su lugar; pero en un sentido más alto, la humildad es verdad, porque el Verbo, que es la Verdad, al encarnarse, se anonadó; como que esa humildad, ese anonadamiento del Verbo Encarnado, es la expresión de la Verdad»[9].

Para comprender mejor la definición de la humildad como verdad, recordemos que la palabra humildad tiene su origen en el vocablo latino humus, tierra; en su etimología significa, inclinado hacia la tierra. En el griego tenemos la palabra ταπεινο[10], que significa bajo, pobre y de modestas condiciones. En el Antiguo Testamento, particularmente en los libros proféticos, encontramos a la humildad relacionada con la condición social del oprimido y del pobre; los profetas son los llamados a ser los defensores de las víctimas de la opresión.

En los últimos textos de los profetas [11] constatamos un cambio de perspectiva: la humildad no se refiere tanto a la condición social sino que se convierte más bien en un ideal moral que se ha de alcanzar: «Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad» (So 2, 3). Con los salmos esta perspectiva se intensifica y la humildad expresa en ellos la total necesidad de Dios, la conciencia de la propia impotencia y pequeñez que hace volver los ojos al Señor [12].

Este significado está en estrecha relación con la creaturalidad humana y se coloca sobre todo en la relación de la creatura ante Dios. No pocas veces la comprensión de la humildad, quizás ante una fuerte influencia neo-platónica, se ha reducido a una virtud en la cual el ser humano ha de sentir “su nada”, llevando a la persona a tener una valoración negativa sobre sí misma. Muy por el contrario, la humildad evita la desviación del orgullo de dos tendencias y necesidades válidas como son la autoestima y el deseo de aprecio por parte de los demás: «la primera es la base de la dignidad personal, el segundo es uno de los fundamentos de la sociabilidad»[13]. Estas dos tendencias, por su importancia antropológica y al ser manifestaciones psicológicas de los dinamismos ónticos de la persona, no pueden ser olvidados o conculcados. La persona ha de tener una ordenada y equilibrada autoestima, y al mismo tiempo necesita la valoración de las personas más cercanas. La humildad logra evitar el desorden en la autoestima y en el deseo de valoración por parte de los demás, orientando correctamente estas necesidades humanas, colocándolo ante la verdad de sí frente a Dios, frente a sí mismo y frente a los demás.

2.1 El ser humano creado

Al ser la humildad la virtud de la verdad, hemos de profundizar en las tres dimensiones sobre la verdad de la identidad humana. Iniciaremos con la verdad del hecho fácilmente comprobable que soy una persona creada. La humildad en esta dimensión, no es un llamado a una minusvaloración humana, sino más bien la afirmación positiva de la propia creaturalidad, de la verdad del ser humano. El hombre ha sido “creado” por Dios, y como creatura ha sido la única sobre la tierra que Dios ha querido por sí misma [14]. Esta sencilla frase tiene hondas consecuencias en la percepción que el ser humano pueda tener de sí: se trata de reconocer que la propia vida no le pertenece, pues le ha sido prodigada como un don. Y esta vida es valiosa, es un don hermoso por el cual vale la pena vivir. La realidad de seres creados por Dios lleva a la persona a considerar su dependencia ontológica, reconociendo que su propio ser viene de Dios, el Ser por excelencia (Cf. Ex 3, 14). La humildad se ubica entonces en la correcta relación entre Dios y la creatura, en la que esta última advierte la grandeza e infinitud divina: «la humildad no es así una glorificación del abajamiento en cuanto tal, sino más bien que en ella se manifiesta la infinitud de la grandeza del amor de Dios»[15]. La humildad nace por tanto en el terreno de la relación con Dios [16], con la cual el hombre se abre al misterio insondable de la grandeza, omnipotencia y sabiduría de un Dios infinito y lleno de amor:

«Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (Cf. Ex 3, 5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: "¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!" (Is 6, 5)»[17].

Es desde esta percepción de la grandeza de Dios que el ser humano acepta la contingencia, y los límites propios de la creaturalidad: la falta de fuerzas, las limitaciones de las propias capacidades o potencialidades. Una y otra vez se perciben los propios límites y esto no se convierte en un motivo de rebelión o insatisfacción, sino más bien la afirmación de la realidad humana con su paradójica pequeñez y grandeza. San Agustín había afirmado: «tú, hombre, reconoce que eres hombre. Toda tu humildad consiste en que te conozcas»[18].

Es decir, el primer paso, y por tanto el primer acto de humildad, es reconocer la propia humanidad. Aunque pareciera un ejercicio tautológico, una inútil repetición de una realidad obvia, no es tan sencillo vivirlo e interiorizarlo, pues al ser heridos por el pecado original, como veremos en el siguiente párrafo, llevamos la herida de quien quiso ser como Dios. Quizás aquí el discernimiento no es siempre tan simple y evidente: pues si bien somos seres limitados, llevamos en nuestro interior ese germen de eternidad que nos impulsa hacia el Infinito, siendo invitados a participar de la naturaleza divina. En esta invitación se encuentra nuestra grandeza y nuestra superioridad con respecto al resto de la creación. ¿Cómo conjugar esta grandeza humana con la aceptación de la propia creaturalidad? Ante todo comprendiendo que esta dignidad y vocación a la cual estamos llamados como seres no la podemos lograr con las propias fuerzas, sino como don gratuito de Dios. Luego la persona, aceptando sus límites pero al mismo tiempo percibiendo el valor de su vida y la grandeza a la cual está llamada, puede vivir una humildad unida con una profunda magnanimidad. Con la humildad reconoce la propia pequeñez; la magnanimidad es la virtud que aspira al heroísmo y a los horizontes grandes en esta vida. De esta manera, la magnanimidad nos invita al horizonte de amar como el Señor Jesús amó, hasta el extremo, con el fin de lograr un día la anhelada participación en la comunión divina. Ambas virtudes se ayudan la una a la otra. La humildad equilibra la magnanimidad para que no busque grandezas ilusorias o falsas, pero al mismo tiempo la magnanimidad impulsa a la humildad hacia la conquista de grandes ideales.

2.2 El ser humano caído

La realidad de la humanidad caída invita también a dar un paso más en el conocimiento personal y en la humildad. Se trata de la aceptación del propio pecado y de la fragilidad moral: «No hago el bien que quiero sino el mal que aborrezco» (Rm 7,15).

Muchos que han decidido vivir lejos de Dios tienen la conciencia anestesiada e, imbuidos del subjetivismo y del relativismo moral imperantes, son incapaces de ver la gravedad del propio pecado y del daño que se hacen a sí mismos. En esta situación, es fundamental una educación progresiva y una real apertura a la gracia que ayude a la persona a ser consciente de su estado.

Para aquellos, en cambio, que han iniciado un camino de fe, una trampa muy común del demonio es hacerles sentir que no son tan pecadores. El cristiano puede tener la tentación de considerar que no tiene pecados tan graves en comparación con otras personas. Si son graves, trata de minimizarlos o relativizarlos con la excusa de que son muchas las personas que cometen los mismos y hasta peores pecados que los suyos. Quien desea vivir una vida cristiana y se considera a sí mismo una persona de fe, tiene la gran tentación farisaica de ilusionarse con las propias convicciones y confundir el deseo y el anhelo profundo que tiene de vivir la santidad,el ideal que ha asumido, con la realidad de su propia existencia, es decir, la verdad de sí mismo. Existe la tentación constante de confundir los profundos sentimientos religiosos, los anhelos, las propias ideas sobre la fe con la manera cómo se vive todos los días. Lorenzo Scupoli invita a los cristianos a estar atentos frente a esta tentación:

«El enemigo, vencido en el primero y segundo asalto, recurre al tercero, el cual consiste en hacer que nos olvidemos de las pasiones y vicios que actualmente nos combaten, y nos ocupemos en deseos y vanas ideas de una perfección imaginaria y quimérica, que sabe muy bien que no llegaremos jamás»[19].

La misma tentación farisaica lleva a la persona a no sólo olvidar sus pecados sino a recordar tan sólo sus virtudes u obras buenas, engañándose sobre la imagen que tiene de sí mismo. Puede suceder también que, por una gracia particular del Espíritu Santo, la persona comience a dar sus primeros pasos en el crecimiento de las virtudes, pero al confiar excesivamente en el avance o en los logros, vuelve a caer en los mismos pecados de antes, generándole una profunda tristeza, pues se había hecho la ilusión que se trataría de un estado ya definitivo. Otra tentación es pensar que al no tener pecados graves no es un pecador, pues se olvida del gran pecado de omisión.

Contra esta tentación farisaica no cabe sino pedir siempre al Señor Jesús que nos conceda el don de la humildad y la conciencia continua del propio pecado. Se trata de tener una sana desconfianza en sí mismo, sabiendo con claridad de qué pie cojea:

«Dice muy bien San Gregorio (Mor., l.12, c. 24), sobre aquellas palabras de Job (13, 25): ¿Contra una hoja que se la lleva el viento, queréis no mostrar vuestro poder?, que con mucha razón se compara el hombre a la hoja del árbol; porque así como ésta se trueca y vuelve con cada viento, así el hombre se vuelve y muda con el viento de las pasiones y tentaciones; unas veces le turba la ira, otras la vana alegría, otras le lleva tras sí el apetito de la avaricia y de la ambición, otras el de la lujuria; unas veces le levanta la soberbia, otras le acobarda y abate el temor desordenado. Y así dijo también Isaías (64, 6): Caímos todos como hoja de árbol y nuestras maldades nos arrebataron como vientos impetuosos. Como las hojas de los árboles son combatidas y caen con los vientos, así nosotros somos combatidos y derribados con las tentaciones; no tenemos estabilidad ni firmeza en la virtud ni en los buenos propósitos»[20].

Esta claridad de conciencia del propio pecado es una gracia y una respuesta a la misma. Cuando el Señor Jesús reveló a los apóstoles la misión del Espíritu Santo, les mostró que sería el mismo Espíritu quien convencería en lo que respecta al pecado [21]. Este convencer en lo que se refiere al pecado consiste en suscitar la conciencia del mal que hay en el propio corazón humano.

Se trata de un fruto reconciliador de la cruz del Señor Jesús, es en la cruz que Cristo, entregando su vida por los hombres, revela la hondura del pecado humano. ¡Cuán graves han de ser los pecados de los hombres que el Hijo de Dios decidió sufrir y morir para clavar el aguijón del pecado en la cruz! Así pues, uno de los frutos de la reconciliación es un fruto de “descubrimiento y develación”: muestra nuestra identidad herida y reconciliada revelando nuestra realidad de pecadores.

El primer paso de la conversión es así el reconocimiento humilde del propio pecado. No basta la aceptación general de “ser pecador”; es necesaria la conciencia del pecado concreto, particular y personal. Y es ahí que el Espíritu Santo inicia su misión de maestro de la verdad y santificador. Es Él quien concede la gracia de abrir la propia conciencia a la verdad y ayuda a desenmascararse de las vanas ilusiones sobre la imagen que se había construido de sí mismo. Con mucha sabiduría san Juan de Ávila invita a no sufrir el triste error de engañarse a sí mismo:

«Tendréis, pues, esta orden en el mirar: que primero os miréis a vos, y después a Dios, y después a los prójimos; miraos a vos para que os conozcáis y tengáis en poco, porque no hay peor engaño que ser uno engañado de sí mismo, teniéndose por otro de lo que es»[22].

En los santos vemos cómo la verdad empieza a inundar sus vidas, teniendo un claro conocimiento de su pecado y de sus imperfecciones, pero al mismo tiempo una profunda libertad de espíritu que los lleva a no sorprenderse ni entristecerse ante ellos. Así, por ejemplo, Teresita del Niño Jesús afirma:

«Seguramente que más adelante el tiempo en que ahora vivo me parecerá también lleno de imperfecciones, pero ahora no me sorprendo ya de nada ni me aflijo al ver que soy la debilidad misma; al contrario, me glorío de ello y espero descubrir cada día en mí nuevas imperfecciones»[23].

En el caso de Concha en la Cuenta de Conciencia comprobamos cómo repetidas veces evidencia esta luz particular que la invade y que le hace ver con los ojos de la fe la verdad de su conciencia:

«Mucha luz llena ahora mi espíritu y descubro defectos en mí a cada paso, que antes ni me imaginaba. Tengo que estar sobre mi corazón; a cada instante vanidad muy oculta y hasta disfrazada, envidias, soberbia, ¡cuánta miseria, Dios mío! Siento como muy delicada la conciencia, y por decirlo así, percibo hasta el polvo que empaña el alma. Creo, Padre, que Dios me da este conocimiento porque me quiere muy limpia. A los actos multiplicados de vanidad, les he puesto el contrapeso de actos continuados de humillación propia. [...] Esto es sólo pagar el tributo a la verdad y ponerme en mi puesto, ¿no es así?»[24].

Siguiendo tras las huellas de los santos y de los hombres y mujeres de Dios, en este proceso de encuentro con la verdad de sí mismo, el cristiano se debe convertir en un activo colaborador de la acción del Espíritu Santo en la propia conciencia. El adquirir una clara transparencia sobre la propia conciencia es una bella labor común entre el Espíritu Santo y la persona humana. El trabajo del propio conocimiento es fundamental, y se ha de realizar a la luz de la fe para juzgar la realidad de sí mismo desde Cristo y con la iluminación del Espíritu. Es importante señalar que el ejercicio del propio conocimiento no se reduce a un trabajo psicológico de introspección. Los instrumentos que la psicología pueda ofrecer, si bien útiles, no son suficientes. Los mismos psicólogos señalan la dificultad de este conocimiento personal:

«la idea de poder conocerse a uno mismo perfectamente es equivocada, pues hay ideas que influyen en nuestra personalidad, actitudes que influyen en nuestro comportamiento, motivaciones que regulan nuestras acciones, de las cuales no pocas veces no sabemos nada, y que sin embargo pueden ser conocidas por los otros»[25].

Las nociones psicológicas son útiles e importantes para el conocimiento personal, pero la dimensión psicológica de la persona es sólo una parte. La fe ayuda a tener una comprensión que, integrando los aspectos psicológicos, los supera extendiéndose hacia el espíritu de la persona, campo que no pertenece propiamente al área de la psicología. Es fundamental lograr un equilibrio entre la madurez psicológica y el conocimiento en la fe, pues este equilibrio ayudará a no vivir un desfase entre estos dos niveles que terminaría por desgastar mucho a la persona. La madurez psicológica ofrece un terreno fértil para ahondar en la dimensión espiritual y no ofuscarse a través de los obstáculos personales. Al mismo tiempo el crecimiento en la fe tendrá sin duda un influjo positivo y determinante en la madurez psicológica. Ambos procesos se alimentan y se influyen mutuamente en una relación dinámica.

Se trata aquí de una labor conjunta entre la gracia divina y la libertad humana.

Es la gracia de Dios la que otorga los ojos espirituales para ver y ser consciente de lo que muchas veces sólo con las fuerzas humanas no se advierte o no se quiere percatar. Al mismo tiempo, es la libertad humana la que coopera con las propias facultades: entendimiento, memoria, voluntad y conciencia para poder adquirir la verdad de uno mismo. La gracia supone la naturaleza. Una psiché madura y unificada ayudará sin duda a alcanzar un conocimiento más profundo de sí mismo. En la persona, como unidad bio-psico-espiritual, su psiché está en estrecha relación con su espíritu, y este último se expresa a través de ella. Por ello, el conocimiento personal ayuda y es fundamento de la humildad, así como la ignorancia de sí mismo es fundamento de la soberbia. Fray Luis de Granada anota: «así como el principal fundamento de la humildad es el conocimiento de sí mismo, así el de la soberbia es la ignorancia de sí mismo»[26].

En este camino de conocimiento de sí y de la propia realidad, un medio fundamental es la oración. El cristiano tiene que pedir incesantemente la gracia de reconocer la verdad de sí mismo.

A la oración se le debe añadir la práctica continua del examen de conciencia, que lleva a revisar con sinceridad las propias faltas y pecados. Que no termine el día sin que hayamos pasado revisión a nuestra jornada, nuestras actitudes, sentimientos, pensamientos frente a Dios y frente a los demás. Este ejercicio lleva sin duda por el sendero de la humildad:

«Pues si nos ponemos a pensar nuestras culpas presentes, hallarémonos muy llenos de ellas, porque eso es lo que tenemos de nuestra cosecha. ¡Cuán fáciles somos en la lengua; cuán descuidados en la guarda del corazón; cuán inconstantes en los buenos propósitos; cuán amigos de nuestros propio interés y regalo; cuán deseosos de cumplir nuestros apetitos; cuán llenos estamos de amor propio, de propia voluntad y juicio; cuán vivas tenemos todavía nuestras pasiones; cuán enteras nuestras malas inclinaciones y cuán fácilmente nos dejamos llevar de ellas!»[27].

La verdadera humildad no es tan sólo el reconocimiento del propio pecado. Si el cristiano se detiene ahí, estamos frente a una falsa humildad. La persona también tiene que sopesar y apreciar los valores, cualidades, talentos y avances en el camino de la fe, que son reales a pesar del pecado y que muchas veces caminan juntos. No hay que concentrarse únicamente en las propias caídas. Hay que recordar también que la mejor estrategia para vencer al pecado es afirmar los valores y las virtudes del Evangelio que la persona vive. En la acentuación del hombre nuevo, el hombre viejo irá disminuyendo.

A esta actitud positiva se le ha de añadir que no basta la conciencia del propio pecado si ésta no lleva a la conversión, a la metanoia.

2.3 El ser humano reconciliado en Cristo

No basta, pues, esta conciencia de pecado si inmediatamente no se alza la mirada hacia Aquel que nos ha reconciliado y quien posibilita la propia conversión. La humildad se ejercita en esta tercera etapa de nuestra identidad como personas reconciliadas ante todo con una profunda confianza en el Señor Jesús.

Quien se inicia en el camino de la fe tiene dificultades muchas veces en confiar que el Señor Jesús tiene el poder de curar las propias heridas y la fuerza de vencer el pecado. Si bien intelectualmente el creyente afirma tener fe, en lo íntimo del corazón permanece una cierta antropología negativa que lo conduce aún a dejarse llevar por las apariencias, considerando superficialmente que las fuerzas del mal son más potentes que la persona de Cristo. Aún la persona se fía excesivamente de sí misma.

Es aquí donde se necesita dar un paso importante en el camino de la humildad. Se hace necesario que la persona perciba que con las propias fuerzas no podrá vencer al pecado. Al mismo tiempo realizará un acto voluntario y consciente de creer que el Señor Jesús es capaz de reconciliar las heridas más profundas y todos sus pecados. Se trata de un acto de confianza que exige caminar en la oscuridad: el creyente no tendrá claro de manera exacta cómo, cuándo, con quién, y a través de qué medios el Señor lo libererá de estas fuerzas del mal. Sin embargo, ha de crecer en la certeza y en la convicción de que Jesús es el reconciliador capaz de sanar toda herida y curar toda dolencia.

Esta reconciliación que Cristo otorga no tiene como objetivo un perfeccionismo de la naturaleza humana, ni un cambio instantáneo de los propios pecados y heridas. Se trata de un camino largo y fatigoso, en el cual es imperioso vivir un realismo esperanzado. Al estar heridos por el pecado, la imagen que debe acompañar al cristiano es la imagen de Cristo resucitado, en quien permanecen las huellas de las heridas de la pasión, pero la luz de su resurrección pasa a través de estas heridas transformándolas y curándolas. Cristo realiza nuestra reconciliación y no prescinde de la historia personal. Es más bien a través de la historia personal y de las propias heridas que su gracia penetra transformándolas, curándolas y transfigurándolas.

Esta profunda esperanza en la reconciliación otorgada por el Señor Jesús no deja a la persona estéril. Todo lo contrario, al tener el espíritu esperanzado y por tanto alegre en la victoria de la resurrección, se decide con mayor esfuerzo y compromiso a luchar contra el propio pecado. El combate se vuelve cotidiano, natural y constante. Entre victorias y derrotas tiene puesta la mirada no en los frutos personales, ni en los avances visibles, sino en recorrer el camino de la santidad. La humildad en esta etapa consiste en la esperanza cierta y segura de que tarde o temprano el Señor hará florecer los frutos de santidad en el árbol podado y repodado. A esta etapa llegó precozmente santa Teresita:

«Por entonces recibí una gracia que siempre he considerado como una de las más grandes de mi vida, ya que en esa edad no recibía las luces de que ahora me veo inundada. Pensé que había nacido para la gloria, y buscando la forma de alcanzarla, Dios me inspiró los sentimientos que acabo de escribir. Me hizo también comprender que mi gloria no brillaría ante los ojos de los mortales, sino que consistiría ¡en llegar a ser una gran santa!

Este deseo podría parecer temerario, si se tiene en cuenta lo débil e imperfecta que yo era, y que aún soy después de siete años vividos en religión. No obstante, sigo teniendo la misma confianza audaz de llegar a ser una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos – que no tengo ninguno –, sino en Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas. Sólo Él, conformándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta Él y, cubriéndome con sus méritos infinitos, me hará santa»[28].

Santa Teresita alcanzó prematuramente la santidad porque comprendió que su mirada debía centrarse en la persona de Cristo. Si el ser humano se concentra en el propio pecado, en las propias faltas, en las propias contradicciones, corre el peligro de hundirse fácilmente en la tristeza y la desesperanza. La mirada tiene que estar fija en el Señor Jesús, y con esta mirada llena de amor, esperando todo de Él, puede volver los ojos a sí mismo con compasión, misericordia y esperanza.

Esta humildad se basa por tanto no sólo en la conciencia del propio pecado, sino en la conciencia de que somos pecadores reconciliados y que basta que el ser humano haga un mínimo gesto de reconciliación y conversión para que el Señor Jesús quiera perdonar todos sus pecados: «yo mismo soy el que limpia tus rebeldías por amor de mí y no recuerda tus pecados» (Is 43, 25). Por eso, a pesar de las pocas o muchas caídas, el cristiano vive feliz y alegre, porque tiene sus ojos puestos en la infinita misericordia de Dios, que sabe que el Señor, cuando encuentra un corazón dispuesto, humilde y deseoso de conversión, quiere olvidarse, borrar y cancelar toda la culpa del hombre.

Es decir, el ser pecadores reconciliados invita a vivir tanto la sana desconfianza en uno mismo como una profunda confianza en Dios. Lorenzo Scupoli, hablando sobre este tema señala:

«Porque si el que desconfía mucho de sí mismo y confía mucho en Dios comete alguna falta, no se maravilla ni se turba o entristece, conociendo que su caída es efecto natural de su flaqueza, y del poco cuidado que ha tenido de establecer su confianza en Dios; antes bien con esta experiencia aprende a desconfiar más de sus propias fuerzas, y a confiar con mayor humildad en Dios, detestando sobre todas las cosas su falta, y las pasiones desordenadas que la ocasionaron; y con un dolor quieto y pacífico de la ofensa de Dios, vuelve a sus ejercicios, y persigue a sus enemigos con mayor ánimo y resolución que antes»[29].

Como hemos visto, la humildad es la virtud por la cual el cristiano reconoce su creaturalidad, se sabe pecador y confía en la reconciliación traída por el Señor Jesús. Llegar a esta tercera etapa de la humildad es una verdadera gracia. Juan Casiano lo constata:

«Mantengámonos firmes en la humildad para con Dios. Ello consistirá en reconocer que sin su ayuda y su gracia no podemos hacer nada en lo que concierne a la adquisición de las virtudes y a creer en verdad que aun el haber comprendido esto constituye una dádiva de su mano»[30].

El ideal de la humildad cristiana no se detiene en esta profunda vivencia. La humildad es un camino por excelencia de conformación con el mismo Señor Jesús, «quien no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo» (Flp 2, 7). Es decir, la humildad consiste en recorrer el camino del mismo Señor Jesús, que es un camino de realización y despliegue humano. Él no buscó la apariencia o los primeros puestos, sino que decidió vivir el servicio como clave fundamental de su vida, señalando al ser humano que el amor y el servicio revelan la verdad de ser hombres.

Le preguntaron a Jesús: «¿“Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?”. Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3-4). Este pasaje evidencia que la virtud de la humildad es un tesoro que se debe conquistar: «si no cambiáis...». Implica un acto de la inteligencia, de la voluntad y del corazón. Supone una opción radical por vivir ciertos valores y por cambiar el paradigma que el mundo ofrece. El Señor Jesús conoce el corazón humano y, desde este conocimiento, sabe bien que necesita un cambio profundo de prioridades y valores. Jesucristo nos pide que seamos como los niños.

Llama la atención cómo después de este pasaje sobre los niños, Cristo invita y exige entrar por la “puerta estrecha” (Cf. Lc 13, 22-30). Y curiosamente después de esta exigencia afirma que habrá “últimos que serán primeros” y “primeros que serán últimos” (Lc. 13, 30). Parece que deja entrever que el camino de la puerta estrecha se refiere particularmente a la humildad y concretamente a la vivencia de “ser como niños”. Se trata de entrar activamente por la puerta estrecha. Supone, por tanto, tomar la iniciativa y querer realmente vivir tras las huellas de Cristo. El Señor no nos exhorta a buscar humillaciones. Tampoco se trata sólo de soportar de forma pasiva las ofensas recibidas. La humildad es una virtud profundamente interior. Se trata de cambiar el epicentro de la propia existencia, de modo que el “yo” no se encuentre más en el centro de manera egocéntrica, sino que sea la persona de Cristo junto con nuestro anhelo de dar gloria a Dios en todo. Es en este dinamismo que la persona encuentra la felicidad y la paz anhelada. Por lo tanto todo el resto, todas aquellas situaciones que hieren el amor propio se convierten en accidentales y de poca importancia. La puerta estrecha es así la vivencia intensa de la humildad, el abajamiento para poder entrar por una puerta chiquita a la que sólo un niño puede tener acceso.

La humildad es ir tras las huellas de Cristo. Es una decisión de querer afectiva y efectivamente conformarse al Señor Jesús y, por tanto, acoger las diversas ocasiones de humildad que Él nos presenta: algunas veces serán los propios errores o defectos, las caídas repetidas, otras las ofensas de los demás, el olvido o la ingratitud, los celos o las envidias, los malos entendidos... Es decir, se trata de que en cada una de estas ocasiones la persona viva esta dimensión como una ocasión feliz de configurarse con Cristo. De esta manera dichas cruces le parecerán ligeras y llevaderas, porque la mirada del cristiano estará sólo puesta en el Señor Jesús, sin que nada ni nadie pueda separarlo de Cristo. Si desde su propia libertad el cristiano le ha entregado la vida a Cristo, ya nadie le puede arrebatar nada. Toda su vida estará íntimamente unida a Cristo. El sufrimiento excesivo o el peso desproporcionado que le damos cuando el amor propio viene herido se debe a que todavía estamos apegados a la búsqueda personal. La carga del Señor es verdaderamente ligera; somos nosotros quienes la volvemos pesada.

Muchas veces, debido a una comprensión errada de la virtud de la humildad, parecería como si el Señor pidiera entrar en una situación de kenosis o abajamiento en esta vida para gozar de la resurrección sólo en la vida eterna. Esta es una visión reductiva de la humildad, como si la vida humana fuese un llamado a vivir entre humillaciones, desprecios y sufrimientos. Nada más equivocado de lo que significa la vida cristiana. ¿Cómo se puede conjugar esta visión con la alegría que nos promete Jesucristo en la tierra? La vida cristiana no es una “puerta estrecha” que hace vivir en una continua infelicidad o desdicha. La puerta es estrecha al ingreso, pero al entrar por ella uno se introduce en el reino de Dios, que es un reino de paz y de alegría en el Espíritu. La verdadera humildad pide vivir un continuo dinamismo kenótico-ascencional. Es decir, la humildad incluye también dentro de sí una elevación y una continua resurrección. En esta vida de seguimiento de Cristo y de coherencia a las promesas bautismales, se vive en una dinámica de continua muerte y resurrección. A través de la humildad, se aceptan y se asumen dócilmente las ocasiones de muerte y renuncia personal, como también, a través de la misma humildad, uno se regocija de las “maravillas” que hace Dios en el humilde. Por lo tanto, la verdadera humildad es la aceptación de la muerte al pecado y de todo lo que exige una renuncia personal que invita a despojarse y abajarse, pero al mismo tiempo es una llamada a percibir dónde el Señor hace fructificar su resurrección. Es por ello que María puede cantar: «Glorifica mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha contemplado la humildad de su sierva» (Lc 1, 46-48). María, al ser verdaderamente pequeña, deja espacio para que Dios obre grandes cosas en Ella. Es ésta la verdadera humildad. La persona humilde es aquella que logra en una misma mirada contemplar la cruz y la resurrección, el abajamiento y la elevación. Basta que uno sea humilde para comenzar a percibir los frutos continuos que Dios otorga a los sencillos de corazón.

II. LA HUMILDAD EN CONCEPCION CABRERA DE ARMIDA

1. La humildad fundamento de la vida cristiana

San Juan Crisóstomo definía la humildad como el fundamento de la vida cristiana. La caracterizaba como «la madre, la raíz, la nodriza, la base y el vínculo de todas las virtudes»[31]. Habíamos señalado que no se trata de una virtud externa o formal sino más bien que se trata de una virtud que hace referencia a la relación de la persona con Dios. Concepción Cabrera de Armida captó muy bien esta verdad en su propia vida y hablando de sí misma señalaba que la humildad es el «guardián seguro del tesoro de Dios en mi alma [...] sin ese tesoro, Dios no podría unirse con mi alma, pues la humildad es como la divina adaptación del alma a Dios»[32]. Estas palabras conllevan un profundo valor teológico pues va a lo esencial de lo que separa al ser humano de Dios. Nuestros primeros padres se alejaron de Dios por la soberbia del corazón, por erigirse ellos mismos como dioses, decidiendo sobre sus propias vidas. Conchita quiere retomar el camino de comunión con Dios, para poder nuevamente unirse a yra poder nuevamente unirse a d frente al sufrimiento y la fortaleza. instrumentos desde mi libertad para que sea curada de lÉl y por ello considera que la humildad es esa divina adaptación que protege a la persona en su encuentro con Dios. La humildad es ese guardián que no la deja abandonar el tesoro de la presencia de Dios en su vida.

Otro de los argumentos que utiliza para resaltar la importancia de la humildad es que afirma que es el mismo Señor Jesús quien la indica como requisito indispensable para la vida cristiana: «Y si Él lo ama, yo lo amo también, pues es para mi alma, el sendero de la dicha»[33]. Finalmente, acude a otra razón primordial por la cual considera que esta virtud está a la base de su relación con Dios. Es a través de la humildad que percibe que Dios se acerca a ella para curarla y cumplir su misión salvífica:

«Pero hay otra razón más secreta y más dulce por la que Nuestro Señor ama mi miseria y se siente irresistiblemente atraído por ella: porque le brinda la oportunidad, la exigencia de venir a mí, de amarme, de curarme, de consolarme y de acariciarme, porque cuando se ama como Dios ama, no se puede curar ni acabar por acariciar, y aun la misericordia cura y consuela acariciando, porque todo lo hace en función de amor»[34].

Para Conchita, la conciencia de la propia pequeñez, del propio pecado o de la propia limitación no es un obstáculo para su vida cristiana. Todo lo contrario, ella acoge los frutos de la resurrección traída por Cristo y se siente una mujer ya reconciliada y por eso exterioriza su interior con esa confianza de niña. Como vemos es una mujer que no sólo ve su creaturalidad, no sólo reconoce su pecado, sino que ante todo se descubre como una mujer pecadora pero ya reconciliada por Cristo. Cada caída lejos de ser un motivo de desesperanza la empuja a dejarse amar por el Señor. No es que no batalle contra sus debilidades, pero cuando las encuentra y se topa diariamente con ellas, saca provecho de las mismas para unirse más a su Señor, para dejarse curar y consolar.

Los hombres y mujeres de Dios no dejan de regalarnos imágenes y símbolos para comprender ciertas verdades de fe. Es muy hermosa la imagen que utiliza Conchita cuando se refiere a la humildad para hacernos entender porqué esta virtud es el fundamento sobre el cual se ha de construir todo el edificio de la vida espiritual:

«Vamos, Jesús, mira, mi corazón es el lienzo, prepáralo Tú... la paleta será la humildad... los colores ¿quieres que sean los sacrificios, las penitencias, las mortificaciones, los desprecios y cuantos quieras mandarme, todos finos, Jesús, aunque me desgarren el alma los pesares... las calumnias, los aborrecimientos...? Tú los proporcionarás con la preparación y a la medida que fueren necesarios a tan hermosa obra, ¿verdad? Y el pincel no quiero otro sino la voluntad de Dios que aceptaré siempre gustosa por las manos de María»[35].

Para Concha la humildad no es una virtud entre otras. No es un color más en el lienzo de su corazón. La humildad es la paleta sobre la cual descansarán las virtudes conquistadas. La paleta es el instrumento desde el cual el pintor inicia su obra y comienza su creación. Sólo en la paleta de la humildad los colores de las virtudes conquistadas no corren el riesgo de estropearse. Es en ella donde pueden mezclarse, unirse y jugar entre sí sin peligro de ser robados por la soberbia.

¿Por qué esta insistencia en la humildad como fundamento? Como bien sabemos, es necesario adquirir las diversas virtudes de modo progresivo. Es bueno tener un orden que sirva de ayuda y permita caminar con paso seguro y con la conciencia de que se están poniendo los medios adecuados para responder al don de la gracia. En este sentido Conchita es muy clara. El primer escalón es la humildad:

«“La humildad es el cimiento, el fundamento de todas las virtudes, la sal y la vida de ellas; la tierra en donde todas se producen, el agua que las fertiliza y el sol que las hace crecer y producir. Sin la humildad no puede haber obediencia [...] pobreza [...] ni pureza que no caiga. No acostumbro dar a ninguna alma estas joyas, sin el sólido y verdadero fundamento de la humildad, madre de todas ellas”»[36].

Concha reconoce que la humildad es el cimiento de la vida cristiana pues retiene que sólo cuando la persona es humilde, sólo ahí, Dios puede proseguir su acción en el espíritu humano y regalar los dones del Espíritu Santo:

«“La humildad es la vida de todo acto puro, de todo movimiento santo del alma. Sólo sobre ella arroja las perlas de sus Dones el Espíritu Santo; sólo sobre ella edifica y forma su Nido... sólo sobre ella trabaja en las almas y no descansa, sino que continuamente se les comunica, hasta concluir por poseerlas... Donde ella no está, tampoco estoy Yo”»[37].

2. Necesidad de la humildad para la fe

La vivencia de la fe exige ciertamente la virtud de la humildad. La fe es la respuesta a la invitación amigable de Dios a participar de su vida divina. Es la aceptación de Alguien que nos trasciende y que nos pide ser el centro de nuestra vida, rindiéndole el homenaje de la propia libertad [38].

Esta opción se opone directamente a la soberbia del ser humano que quiere levantar la propia vida de espaldas a Dios, intentando tener el dominio de la propia existencia. Los sustantivos derivados del verbo “creer” en el Antiguo Testamento tienen como raíz hebraica el término 'aman, que indica “estar seguro”, “estable”, “refugiarse”, “confiar”, “esperar” [39], todas estas palabras que expresan un acto de confianza total en la fidelidad de Dios. Es decir, la confianza y la fe brotan de la verdad y de las promesas de Dios. El acto de creer requiere un reconocimiento humilde de la propia contingencia y la necesidad de salir de sí mismo para encontrar en Dios al Salvador. Conchita recibe la inspiración del Señor y relaciona la virtud de la fe y la necesidad de la humildad para ella:

«“La Fe, hija mía, — me dijo ayer después de la Comunión — es una virtud teologal que sólo Yo, que la produzco, sé medir su hermosura y apreciar su valor. Es una luz oscura, que arrastra al hombre hacia su Dios, por medio de la humildad. Se desarrolla en el alma por medio de esta virtud, y es indispensable para la salvación”»[40].

Como un san Juan de la Cruz que se refiere a la fe como un rayo tenebroso, Concha recibe la inspiración de Cristo que le habla de la fe como una luz oscura. Es decir, por un lado la fe es luz: luz como virtud teologal y don que Dios obsequía al ser humano para conocerlo y amarlo; luz como una convicción profunda que une con Dios. Pero al mismo tiempo, la fe es oscura: tiene una dimensión de negrura y nebulosidad pues los seres humanos con su propia razón no pueden agotar la inmensidad del misterio. Esta paradoja cristiana de un deambular a tientas pero con la seguridad de la luz de la fe requiere un acto humilde de quien se deja conducir por Dios. Y este dejarse conducir por Dios se puede realizar porque Dios es un Dios veraz.

El mismo verbo creer significa en hebreo “ser verdadero”, lo que se intensifica en el uso del pasivo cuando uno habla de una persona confiable [41]. La fe es cierta porque se apoya en Dios que es el garante, que no puede ni mentirse, ni mentirnos [42]. Al fundarse no en el ser humano, sino en la racionalidad de Dios, la fe requiere un sometimiento de la propia inteligencia y de la propia voluntad. Este acto sin lugar a dudas exige la humildad del creyente. La aceptación de lo que Dios nos revela «pide un entendimiento humilde y rendido»[43]. Con esta conciencia no hay posibilidad de vivir la fe sin un sometimiento humilde del entendimiento Cristo inspira a Concha estas palabras: «“la fe es la prueba que exige Dios al entendimiento humano, a la orgullosa inteligencia”»[44].

Al ser la virtud de la verdad, la humildad invita al ser humano a lograr el equilibrio necesario entre la fe y la propia razón. La humildad hace de catalizador en esta relación no siempre fácil y exigente. Por un lado, evita la excesiva racionalización de la propia fe. A pesar de que vivimos en una época en la que no se le reconoce a la razón su papel y misión de alcanzar la verdad, frente a la desconfianza de la razón y al nihilismo interpretativo, contradictoriamente, existe aún un racionalismo que lleva a no pocos que se acercan a la fe a tratar de comprender todo el misterio con las propias fuerzas, negándose a abrirse a una dimensión que los trasciende a sí mismos. La humildad en este caso requiere que la persona sepa cuándo debe detenerse e inclinarse de rodillas reverentemente ante el misterio.

Conchita experimentó en su vida y en la de los que la rodeaban el peligro de la soberbia de la razón para creer y fue testigo de cómo la soberbia impide al cristiano alcanzar o crecer en la fe:

«La Fe es el escollo en donde la soberbia cae. [...]
La Fe es un caos en donde el soberbio se hunde...
La Fe es una roca inquebrantable en donde el orgullo se estrella...
La Fe es luz para los humildes y tinieblas para los soberbios...»[45].

Por otro lado, la fe no significa que se renuncie al uso responsable de la propia razón. La misma humildad impide el riesgo contrario. Al ser la virtud de la autenticidad, la humildad da fuerza al creyente para usar responsablemente su propia razón y, con la sencillez de quien aspira a comprender intenta fructificar y ahondar en el misterio con las potencias y capacidades humanas que ha recibido de Dios. El Papa Juan Pablo II constataba la dificultad de creer: «¿Es difícil creer? Sí, es difícil. No hay que ocultarlo. Es difícil, pero con la ayuda de la gracia es posible»[46]. La humildad lleva a la persona a reconocer la dificultad para adherirse a las verdades de fe: «todo ser humano tiene en su interior algo del Apóstol Tomás. Es tentado por la incredulidad y se plantea las preguntas fundamentales: ¿Es verdad que Dios existe? ¿Es verdad que el mundo ha sido creado por Él? ¿Es verdad que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado?»[47]. Es necesaria la humildad para no encubrir la propia incredulidad. Más bien se trata de intentar responder a las preguntas que acucian y que algunas veces obstaculizan el caminar en la fe. Es más fácil no hacerse preguntas o si uno las tiene evadirlas. Es más bien de hombres y mujeres de fe enfrentar las propias dudas para tratar en conciencia y con la ayuda de la fe de la Iglesia responder a ellas. El reconocimiento de la pobreza de la propia fe invita a la persona a no detenerse ante aquello que lo trasciende. Al aceptar que lo trasciende, esa sencillez lo empuja a entrar en diálogo con una realidad que lo supera, sin sentirse por ello coartado o limitado. Para Concepción no fue fácil la travesía de la fe. Cuántas veces la vemos desconcertada, angustiada, perdida y confundida y sin embargo su fe es la roca en el momento de la dificultad: «la Fe es el faro luminoso que alumbra el camino oscuro del espíritu»[48].

Cuando la persona ha optado por creer y rendir el homenaje de la propia inteligencia y voluntad a Dios, y después de haber realizado una “opción fundamental” por el Señor Jesús como centro de la propia existencia, es necesario que esta fe crezca y progrese en una mayor coherencia entre fe y vida. La vida de la persona y sus diversas manifestaciones deben convertirse en un acto de fe continuo, viviendo de manera seria y consciente las promesas bautismales. No bastan los buenos deseos, los buenos propósitos y pensamientos. Son muchas las veces que confundimos la fe con los buenos sentimientos que nutrimos ante las cosas de Dios. Recordemos que el Señor nos pide que esa fe se haga concreta en nuestras decisiones diarias, en nuestras acciones cotidianas y en la caridad viva. Es en las pequeñas cosas de la vida donde demostramos la coherencia de nuestra fe.

3. Necesidad de la humildad para la esperanza

La virtud de la esperanza requiere un corazón humilde. El que espera no pone su confianza en sus propias fuerzas o medios, pues sabe que por sí mismo no puede nada, y por tanto centra su confianza y esperanza en Dios: «La esperanza, con la humildad se sustenta; porque el humilde siente su necesidad, y entiende que no puede de sí cosa alguna, y así con más afecto se vale de Dios y pone toda su esperanza en Él»[49].

La esperanza es la virtud por la que el ser humano abre su mirada a los bienes futuros, a la vida eterna. El que vive la esperanza tiene los ojos centrados en el misterio de la resurrección. San Pablo vive con este horizonte de eternidad: «En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce sobre toda medida un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles eternas» (2 Co 4, 18).

Sólo se puede llegar a vivir la esperanza cuando el corazón, lleno de humildad, se ha liberado de las seguridades terrenas. Conchita, al hablar de la esperanza sostiene cómo con esta mirada se puede traspasar todo lo de la tierra. En su pensamiento, esto no significa vivir un “angelismo” o escapar de la realidad. Todo lo contrario, la virtud de la esperanza ayuda a vivir la realidad en toda su verdad, pues con los pies en la tierra tiene la mirada en el cielo ofreciendo al cristiano la medida o el peso justo a la dimensión terrena:

«La virtud de la Esperanza ayuda a la paciencia consigo mismo. La mirada de la santa esperanza, traspasa todo lo de la tierra y abandonada en la confianza en Dios, siempre esperando, da aliento al alma, y si mil veces cae, mil veces se levanta confiada y humilde viendo claro su impotencia, sí, pero la grande misericordia del Señor»[50].

Para lograr esta libertad de espíritu y esta pobreza espiritual se requiere un camino de purificación. El dinamismo de la soberbia conduce muchas veces al ser humano a afirmarse y a buscar seguridades vanas: unas veces en las riquezas materiales o en los placeres mundanos, otras en el éxito o en el aprecio de los demás, quizás en el rol o trabajo que uno desempeña o en superficialidades de todo tipo. Y cuando cae una de estas falsas seguridades, no es poco común que la persona vuelva a construir la propia existencia sobre una nueva mentira. Para este camino de purificación la humildad es una virtud imprescindible. Sólo el anawin, el pobre de espíritu, es el que se libera continuamente de toda falsa seguridad terrena. Su estabilidad y certeza última se encuentran más allá de las realidades pasajeras. Su seguridad absoluta está puesta y centrada en el Señor Jesús, y sólo aspira a conquistar a través de su gracia el Reino esperado.

Esto no significa que la persona no necesite seguridades humanas: la salud, la estabilidad económica, el afecto de las personas queridas. Todas ellas son necesidades buenas e importantes. Sin embargo, con la conciencia de que estamos en un mundo herido por el pecado y cargado de sufrimientos, la persona comprende a través de la humildad que si no cuenta con una seguridad humana, si experimenta un sufrimiento que significa una pérdida para la persona, el edificio de la propia vida no se viene abajo, pues está construido sobre la base sólida de la seguridad en Jesucristo.

Es por esto que para el humilde y manso de corazón la carga es ligera, pues vive como peregrino, porque para él ninguna realidad es definitiva y camina con paciencia hacia la Patria eterna. Cristo en la cruz nos invita a asumir la vida con esta visión de eternidad y con esta profunda confianza. Es la esperanza humilde que permite al cristiano elevarse por encima de las circunstancias inmediatas, de las contradicciones, de las cargas emocionales. Sólo la esperanza soporta el cansancio natural de las jornadas, los fracasos en el anuncio, el rechazo, la quiebra de la solidaridad que se busca construir, la rutina en las diversas responsabilidades. Sólo la esperanza da sentido al trabajo y a las múltiples preocupaciones que a veces parecen interminables. Es la esperanza humilde la que constituye un correctivo que permite superar las “noches” de la vida diaria para ubicarnos en el horizonte pleno que ofrece la adhesión al Señor y el encuentro pleno anhelado.

Es muy interesante en el camino espiritual de Conchita cómo va avanzando por las sendas de la humildad para vivir centrada en Dios. Ella no adquirió inmediatamente la virtud de la humildad y esta esperanza sin límites. Ella misma escribe cómo buscó desde el inicio de su vida espiritual recorrer los tres grados de la humildad. Su director espiritual, que en ese entonces era un jesuita le propone los tres grados de la humildad. Como bien sabemos para la espiritualidad ignaciana el primero grado de la humildad consiste en el conocimiento de sí mismo que lleva al cristiano a buscar cumplir los mandamientos y a no cometer ningún pecado mortal. El segundo grado de la humildad es la santa indiferencia y el propósito de no cometer ningún pecado venial deliberado. Y el tercer grado de la humildad consiste en conformarse de manera total a Cristo en sus humillaciones, sufrimientos, oprobios, no importándole nada sino el estar en comunión con el Señor Jesús.

Con mucha frecuencia encontramos en la Cuenta de Conciencia de Concepción Cabrera de Armida el primer grado de la humildad. Desde el inicio de su vida espiritual ella toma conciencia con profundidad y delicadeza de espíritu sus proprios pecados. Ella llegó a este conocimiento personal con un trabajo arduo. No fueron pocas las veces que cayó en un escrúpulo excesivo: muchas veces le asaltaban los escrúpulos al conocer su indignidad y pequeñez y no entendía como el Señor podía brindarle tantos dones y gracias. Gracias a sus directores espirituales y a la ayuda divina lograba vencer y combatirlos. El camino de la humildad para Concha fue largo y fatigoso y ella se decidió con entrega a recorrerlo. El segundo grado de humildad fue también para ella un sendero intenso de progresión espiritual. El Señor la fue purificando a lo largo de su vida para ir liberándose de falsas seguridades y para ir desapegándose de bienes, personas, afectos y deseos. Conchita llega al desapego del segundo grado de humildad después de haber pasado por muchas pruebas: la muerte de su hijo y su marido, la distancia y lejanía de su hijo sacerdote, las innumerables dificultades para sus fundaciones, la lejanía de quienes consideraba sus guias espirituales. No fueron pocas las veces que tuvo que renunciar a sus planes y sueños e incluso a sus mismas fundaciones. Todo este camino la llevó paso a paso al tercer grado de humildad y que considero que se relaciona de manera estrecha con la virtud de la esperanza.

Concha, hace de este tercer grado de humildad un camino muy suyo, muy de “Conchita” y con características particulares con respecto al tercer grado de San Ignacio. Para ella, la perfección de la humildad está en la vivencia de una esperanza sin límites, con los ojos puestos en el Cielo que lleva a no detenerte más con tristeza frente a los propios pecados, ni tampoco a sorprenderte de las gracias recibidas. La mirada de Concha llega a concentrarse tanto en la persona de Cristo, que ya no tiene ojos para nadie, y por lo tanto ni siquiera tiene ojos para sí misma. Logra así el tercer grado de la humildad que es una total identificación con la persona del Señor Jesús. Ella vive este tercer grado de humildad viviendo la infancia espiritual, el abandono y confianza total. Toma como ejemplo en esta virtud a Teresita del Niño Jesús y nos hace ver cómo es imposible vivir esta esperanza cristiana sin una profunda humildad de espíritu. Dejo ahora hablar a esta mujer de esperanza que nos muestra en qué consiste para ella este último grado de humildad y cómo está tan estrechamente unido a la virtud de la esperanza:

«corresponde a una humildad más alta y perfecta, no mirarnos jamás, ni siquiera para despreciarnos y aborrecernos, no tenernos en cuenta ni para bien ni para mal [...] O quizá más bien esta humildad que no deja al alma mirarse a sí misma, es una forma de humildad que Dios concede a ciertas almas, como un don singular. Y con esa humildad, esas almas son capaces de singulares efusiones de amor. […] A las almas que han llegado a esta cumbre de humildad, ni las deprime el pensamiento de su indignidad, ni les causa temor el conocimiento de las gracias recibidas de Dios, porque saben muy bien, que ni sus miserias son parte a impedir la obra de Dios en ellas, ni ellas tienen que ver con las gracias divinas, más que para recibirlas y gozarlas; o más bien, estas consideraciones con las que otras almas se tranquilizan para no desalentarse con sus miserias y para no ensoberbecerse con los dones de Dios, a ellas ni siquiera se les ocurren, porque todo esto supone que se miran, y ellas no tienen ya ojos para mirarse, porque sus ojos apenas bastan para mirar a Dios, que aparece ante ellas infinito en misericordia y en bondad, que ha crecido en ellas, precisamente porque desaparecieron por completo.[...]

Esta humildad celestial tenía santa Teresa del Niño Jesús, y por eso decía que aunque tuviera todos los pecados del mundo, confiaría en el amor misericordioso, tanto cuanto confiaba sabiendo que había sido preservada de pecados notables; pues con la luz de Dios sabía que ni su preservación era causa de su confianza, ni todos los crímenes posibles, serían obstáculos para confiar en su Amado, porque la base de su confianza estaba en Dios; y ella que era nada, nada tenía que ver con dicha confianza. Por eso también, la humildísima virgen de Lisieux, reconocía sin temor las gracias recibidas de Dios, y con increíble audacia, presentía su gloria futura, y decía a sus hermanas que recogieran los pétalos de rosa que su ternura arrojaba sobre la imagen de Jesús, porque más tarde servirían. Esta humildad, es como el fundamento del "caminito nuevo" que santa Teresa reveló al mundo; es humildad de niño, esto es, humildad que no razona, que no teme, que vive en plena luz, que a primera vista parece teñida de candor, y lo está en realidad, pero con ese candor de los ángeles, que miran constantemente el rostro del Padre celestial. Los niños, por su ingenuidad natural, ni se asustan de sus deficiencias, ni se envanecen de las prendas que poseen; con la misma sencillez hablan de unas y otras, porque todavía no ha germinado en sus almas inocentes esa mala semilla del amor propio, que en las personas mayores oscurece la luz radiante de la verdad. El niño para ser humilde, con esa humildad encantadora que le es natural, ni necesita consideraciones para ponerse en la verdad, ni luchas para sentir rectamente. Conoce su pequeñez y ni siquiera le ocurre ser grande; sabe que sus padres lo aman así como es, pequeño y miserable, y sabe que ellos le darán todo lo que necesita sin que él tenga que intervenir en ello.

Se comprende, que con una humildad así, desaparecen los principales obstáculos para las tiernas efusiones de Dios, y el alma logra una libertad y una audacia increíbles»[51].

4. Necesidad de la humildad para la caridad

La humildad ayudará también en el camino hacia la caridad: «una vez subidos todos los grados de la humildad, se llega enseguida a la caridad (ver san Benito, Regla, c. 7, 67)»[52]. Es imposible vivir la caridad sin la humildad. Hemos visto cómo Conchita utiliza imágenes gráficas para comprender el misterio de Dios. Es muy concreta en sus ejemplos y los utiliza para explicar la unión entre la virtud de la humildad y la caridad y la necesidad de la primera para vivir la segunda:

«“moviendo la voluntad dos ejes poderosos: la humildad y el amor; este par de sentimientos, sólidamente fundados, arrastran el carro, con una velocidad incomprensible: el amor es el vapor, pero la humildad el fuego que lo produce”»[53].

Sin lugar a error podemos deducir que fueron muchas las veces que Concha se dirigió en tren a su hacienda en Jesús María. Su capacidad de observación, la contemplación de la creación humana la llevaba también a comprender los secretos divinos. Con su fina percepción comprende que la humildad es como el fuego que produce, aviva y enciende la caridad y el amor a Dios. Pues si la humildad es la virtud por la cual el cristiano, desde la propia pequeñez contempla la grandeza de Dios, esta contemplación no hace sino ensanchar el corazón y encenderlo en mayor caridad. El amor al mismo tiempo es el vapor que hace que el carro se mueva con una intensa velocidad, pues no es ya el amor meramente humano que mueve los actos, sino la caridad divina que hace amar con el mismo amor de Cristo.

En esta relación entre humildad y caridad, y la necesidad de la primera para la segunda, recordemos que el servicio humilde es expresión concreta del amor, es la manera como esta caridad se manifiesta y se hace vida. La actitud de servicio al hermano sólo se puede realizar con un espíritu humilde, cuando uno se entiende como el servidor de todos: «que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 26-27). Como señala el biblista Lyonnet, el «amor tendrá que ser necesariamente fundado sobre la humildad; porque para “servir”, es necesario ponerse por debajo y no por encima de quien se sirve»[54]. El que sirve considerándose superior, por el hecho de poder dar al otro algo que no tiene, no vive un servicio auténtico, pues se falsea el servicio viviendo una búsqueda de sí mismo y siendo por tanto una expresión del amor propio. En esta falsa caridad, la ayuda prestada no es más que una confirmación de la propia superioridad. El servicio sincero y la auténtica caridad pertenecen a quien, se siente pequeño porque el prójimo le ha dado un espacio en el corazón. El que presta un servicio, el que consuela a quien está triste, quien brinda un consejo, quien hace la caridad no se siente superior, sino, por el contrario, como un mendigo agradece que el otro le dé la posibilidad de desplegar su amor. Por propia experiencia, sabemos que es mucho más fácil dar que recibir. El que da corre el riesgo de sentir cierta seguridad por el hecho de dar. El que recibe en cambio es verdaderamente humilde y grande, acepta con sinceridad su propia necesidad y la ayuda que requiere del otro. Es por ello, que la verdadera caridad es del humilde que se siente por debajo de quien sirve.

Así como la caridad necesita de la humildad, la humildad nace de la caridad, porque sólo el amor hace que el servicio pueda tener estas entrañas de humildad. La humildad debe brotar de lo más profundo del corazón: «debemos tributar a nuestros hermanos una humildad sincera que proceda del íntimo afecto de nuestro corazón»[55]. Es un dinamismo continuo, pues es también de un corazón humilde que brota la caridad. Como señalaba santa Catalina de Siena: «el árbol de la caridad se alimenta de la humildad, haciendo brotar de su interior el retoño»[56].

Es en la vivencia de la caridad donde la humildad manifiesta su dimensión horizontal y, al mismo tiempo, confirma su autenticidad frente a Dios. La humildad en las relaciones humanas es la piedra de toque de la humildad en la relación con Dios [57]. San Juan considera que el amor a Dios se confirma a través de la vivencia de la caridad: «Si alguno dice “amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un mentiroso» (1 Jn 4, 20). De igual manera, la verdadera humildad con Dios se manifiesta a través de la humildad en las relaciones humanas. Conchita considera que sólo desde esta relación con Dios de humildad la caridad se vuelve heroica:

«La Iglesia, la historia, el universo, vistos desde el santuario augusto, tiene un sentido profundo y divino, y al renovarse nuestra visión, nuestras virtudes toman un tinte divino: la caridad para con el prójimo se torna heroica y fácil, porque sentimos el misterio de la fraternidad humana; somos humildes no tanto por haber sondeado nuestra miseria, sino por haber escrutado la majestad divina. Ya no es la pobreza el desprecio de lo terreno, sino la absorbente posesión de lo celeste; y el sacrificio, no es ya el anhelo de purificación, sino la adhesión inmensa de nuestra alma a aquella voluntad del Padre que crucificó a Jesús»[58].

San Pablo es el apóstol por excelencia que habla de esta humildad fraterna y la coloca en estrecha relación con la vivencia de la caridad: «Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás» (Flp 2, 3-4). La exhortación de San Pablo no son palabras retóricas sino que invita efectivamente a considerar a los demás como superiores a uno mismo. Esta exhortación no significa negar el propio valor o los propios dones. No comporta tampoco negar el hecho que en algunos aspectos, cualidades o virtudes cristianas una persona puede ser superior a otra. Negar esto sería humildad fingida. La exhortación invita a que desde la verdad de sí mismo, el humilde pueda ser capaz de ver la grandeza del otro, aquellas virtudes o características de las que él carece, su bondad y su valor que lo hacen cantar las maravillas que Dios obra en los corazones. Santo Tomás de Aquino hablando del tema afirma:

«Sin embargo, puede uno creer que hay en el prójimo alguna cosa buena que él no posee o puede ver en él mismo algo malo de lo que el otro carece, y en cuanto a eso, puede someterse a él por medio de la humildad [59].

Continuando su explicación sobre cómo entender la humildad a la que hace referencia san Pablo de considerar a los otros como superiores a sí mismo, santo Tomás con mucho realismo afirma cómo el cristiano puede preferir los dones que ha recibido a los que han recibido los otros sin ser esto considerado soberbia:

«o la humildad no exige que el hombre someta lo que hay de Dios en él a lo que hay de Dios en otro, porque los que participan de los dones de Dios saben que los poseen, conforme a lo que se nos dice en 1 Co 2, 12: Para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido. Por eso, sin faltar a la humildad, podemos preferir los dones que hemos recibido de Dios a los dones de Dios que aparecen en los demás»[60].

Considerar a los otros superiores a sí mismo, significa tener la honradez de ver todos los dones que Dios ha concedido a los hermanos y valorarlos con sinceridad de corazón. Se trata de hacer un esfuerzo además de ver lo que los otros tienen y yo no tengo, no para querer poseer lo que no me ha sido dado, sino más bien para comprender la grandeza del otro y agradecer a Dios por ello.

San Pablo señala como otra característica de la humildad, la mansedumbre y la paciencia ante las limitaciones o pecados del hermano: «Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor» (Ef 4, 2). Y en la Carta a los Colosenses añade: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro» (Co 3, 12-13). Una dimensión fundamental de la caridad es, esta paciencia y mansedumbre frente a las debilidades del prójimo. Quien es humilde tiene ante sí sus propias debilidades, lo que le permite ser misericordioso, pues él espera esta misericordia por parte de Dios y de los otros. Esta conciencia de su propio pecado le impide igualmente emitir juicios precipitados sobre los demás. Al mismo tiempo, una visión realista hace comprender que la caridad en este peregrinar histórico se ha de manifestar como misericordia, reconciliación y perdón. Todos los seres humanos estamos heridos por el pecado original y el pecado personal daña directa o indirectamente al hermano. Esta conciencia de la debilidad de todos debe llevar a comprender al cristiano que su amor no puede prescindir de la dimensión del perdón. Sin perdón el amor no es una virtud realista, sino idealista. Una y otra vez, todos tenemos que perdonarnos mutuamente.

¿Y cuál es la respuesta de caridad frente a la debilidad del otro? Algunas veces los pecados de los demás atentan directamente contra la persona tratando de herir su amor propio. Es un acto de verdadera caridad cuando el humilde, en vez de responder al mal con el mal, soporta el peso del otro, carga aquello que hiere su amor propio y responde con el silencio o la palabra necesaria, con la caridad y la mansedumbre. Cuando es herido el amor propio, la persona debe agradecer a Dios la ocasión que tiene para ver su propio pecado y poder purificarse con esa mortificación. Evidentemente, en cada situación el cristiano deberá juzgar cuándo es conveniente hablar y cuándo es conveniente callar. Sin embargo, la respuesta no ha de nacer nunca de un amor propio herido, sino que ha de ser fruto del deseo de la verdad, de la caridad para con el otro y de la búsqueda del bien.

Otras veces las debilidades del prójimo no hieren directamente el amor propio, pero despiertan las propias concupiscencias y es por ello que se siente particular fastidio frente a ciertas actitudes o reacciones. Es como tener un espejo delante. Requiere una gran humildad reconocer que éste es el motivo por el cual se tiene dificultad en aceptar las debilidades del hermano. La razón puede ser que no se acepta la propia debilidad. Se necesita de la ascética personal y de mirar con compasión aquella debilidad que la persona rechaza en sí misma, y la actitud ascética de no caer en la concupiscencia del otro sino ayudarlo con caridad a salir de ella.

Por todo esto, vemos cómo el cristiano necesita de la humildad para vivir las virtudes teologales y especialmente la caridad. Al ser un don de Dios, las virtudes sobrenaturales superan las fuerzas humanas. El cristiano requiere por ello la humildad para comprender que por sí mismo no puede conquistarlas, sino que su trabajo ascético es la necesaria colaboración que Dios le pide para que luego la gracia fructifique de manera inesperada y libre. La vivencia de la fe, la esperanza, la caridad y de los dones del Espíritu Santo son fruto de la gracia que reciben aquellos corazones que se han preparado y dispuesto para acoger la vida misma de Dios. En el camino de la vida espiritual, el acto de libertad implica también no poner obstáculos a la gracia y responder con responsabilidad y entusiasmo a sus impulsos. Dios Padre tiene un camino personal para cada ser humano, y pide que uno se deje guiar confiado de su mano paternal, cooperando con creatividad a las mociones del Espíritu.

5. La humildad necesaria para el apóstol

La humildad es también una virtud fundamental para el apóstol. El Señor ha llamado al cristiano a «id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva» (Mt 28, 19). El llamado a evangelizar es un desafío que supera las fuerzas humanas; se trata de una invitación a participar en la misión evangelizadora de Cristo. Asumir la misión apostólica es participar del envío de Cristo por el Padre. El Padre envía al Hijo y el Hijo obedientemente cumple su misión. A su vez el Hijo envía al apóstol, quien se percibe a sí mismo como “enviado”. Es depositario de una misión y tiene la responsabilidad de anunciar un tesoro que no le pertenece. El apóstol ha de vivir con la conciencia de que no es “su” misión ni su propio proyecto, sino que él es más bien llamado a colaborar con los designios del Padre. La conciencia que la llamada trasciende las fuerzas humanas hace que el cristiano comprenda que la fuerza le viene de Dios y, por ello, no confía en sus propios recursos o capacidades.

Hoy se vuelve particularmente compleja y desafiante la misión apostólica. En un mundo que da la espalda a Dios, donde impera el relativismo, la ausencia de valores y la falta de referencia a la Verdad, el apóstol se encuentra con no pocas dificultades en el camino. Algunas veces puede experimentar la tentación de desalentarse ante la falta de respuesta o desilusionarse ante la poca acogida del mensaje del Evangelio; puede también experimentar la persecución sufrida por causa de Cristo. Son éstas ocasiones propicias que Dios permite a sus hijos para purificarse a través de la humildad y centrar la misión apostólica no como un “proyecto personal”, sino como una misión recibida.

Hay una tentación constante que es la de confundir la propia identidad con las obras que uno realiza. Puede ocurrir que el apóstol centre su seguridad en sus muchas o pocas acciones y ponga en ellas su valor y confianza. Si bien es cierto que el Señor Jesús pide y exige la propia colaboración a través de las capacidades y dones de cada uno, el cristiano no puede olvidar quién es el protagonista de la acción evangelizadora. Por ello el Señor Jesús en su pedagogía divina no deja desamparado a quien quiere progresar en el camino de la fe. Si bien el apóstol en una misma acción puede percibir la cizaña de su propia soberbia junto con el trigo bondadoso de la misión apostólica, su tarea consistirá en purificar sus intenciones, sin dejar jamás de emprender o cumplir la misión por temor a caer en el pecado de soberbia o de vanidad. Más bien se trata de purificar la acción a través de la humildad. Cuando el apóstol percibe los frutos y bendiciones de la misión ha de volver los ojos al Señor Jesús inmediatamente, para orientar toda la accion a Él y darle gloria por los frutos recibidos, con la conciencia que esos frutos vienen de su gracia y amor. Al percibir un movimiento de la pasión de la soberbia que quiere apropiarse para sí los frutos de la acción, inmediatamente ha de recordar que es Dios quien hace fructificar la tierra y que uno es sólo un “siervo inútil del Señor”.

Conchita para ayudarnos a comprender cómo vivir la humildad en nuestra misión evangelizadora utiliza la imagen del teatro, imagen tan querida y usada posteriormente por la talla de un teólogo como Von Balthazar. Nos dice Concepción hablando de la predicación:

«Hace algunos días Nuestro Señor me dio a conocer esto de manera clarísima por medio de una exacta comparación. Cuando el alma recibe gracias especiales de Dios, y sirve de instrumento a la acción divina y aun realiza maravillas en las almas, es semejante a un actor que representa en el teatro a un gran personaje; se engalana con las vestiduras propias de quien representa, y toma la actitud y acento de aquel personaje; pero pasa la representación, y el actor se despoja de aquellas ricas vestiduras y toma las suyas, quizá sus harapos, y vuelve a ser como él es, con su manera ordinaria de hablar y de obrar; y con sus harapos, lo aman las personas que lo aman y así gustan verlo más que con sus galas de la representación.

Así el alma engalanada con las gracias de Dios, desempeña la función que Dios quiere: es instrumento de la acción divina, obra en las otras almas o simplemente sirve al Señor en sus tratos íntimos, radiante de luz divina, enriquecida con celestiales galas; pero, apenas pasa el momento solemne, devuelve al Señor sus gracias y dones y vuelve a revestirse de sus harapos y se queda con sus miserias.

Y así está contenta, a sus anchas, y así la ama el Señor; y de tal suerte atraen a Dios aquellos misteriosos harapos del alma, que el corazón divino no acierta a resistir, y viene hasta el fondo de aquella miseria que lo atrae, y el misterio divino se realiza, la misericordia y la verdad se encuentran, y en aquella fiesta inefable, Dios vuelve a enriquecer al alma; y ésta devuelve al Señor sus dones para revestirse de sus harapos, y el ciclo de la humildad y del amor se sigue recorriendo por Dios enamorado, y por el alma anonadada»[61].

Vemos cómo esta humildad lleva a Conchita a emprender con audacia la misión apostólica. Ella sabe que el Señor la viste con sus galas y la hace ser un instrumento radiante que pueda reflejar su rostro. Vemos cómo ella que ha ahondado en el conocimiento de sí misma, ha interiorizado que es Cristo el Señor de los corazones quien con su gracia mueve e impulsa a las personas a encontrarse con su amor. Cuando ella termina con su acción apostólica vuelve nuevamente a encontrarse vestida de harapos. El cristiano se convierte en un instrumento, una ocasión, un medio, a través del cual el Señor Jesús hace llegar a los hombres su palabra y su amor. El verdadero humilde es audaz, creativo, ardoroso y lleno de celo apostólico, ya que no pone su confianza en las propias fuerzas sino en la gracia del Espíritu Santo que mueve los corazones.

El apóstol humilde respeta profundamente la libertad de la otra persona, y su apostolado, entretejido de un amor reverencial, lo lleva a presentar al Señor con sencillez, claridad y profundo respeto la libertad del otro, quien en respuesta a la invitación puede acoger o rechazar el mensaje evangélico. Por ello, la actitud inicial es la de una profunda renuncia a los frutos de la acción, pues no se trata de una acción productiva o funcional, sino más bien, de una acción que brota del amor por Jesucristo que lleva a anunciar a tiempo y a destiempo la Buena Nueva.

6. La falsa humildad

Los padres y autores espirituales concuerdan en señalar que es muy difícil vivir la verdadera humildad y que sólo le es posible a quien el Señor se la otorga como un don. En este sentido el cristiano ha de ser muy cauteloso para no equivocarse en el camino, ya que puede considerar que está conquistando la humildad cuando en realidad se trata de una “falsa humildad” que mantiene a la persona lejana de la verdadera santidad.

La humildad no consiste en hablar mal de sí mismo ni en proclamar las propias faltas. El enemigo es muy sutil y busca por todos los medios engañar al ser humano particularmente en esta virtud, porque sabe bien que ganada esta virtud tendrá la guerra perdida. El acto aparentemente humilde de confesar las propias faltas y declarar las debilidades a las personas puede esconder la intención de no querer escucharlas del otro sino preferir ser uno mismo el que las declara. El escucharlo de quien busca ayudar o aconsejar en espíritu de caridad implica un verdadero acto de humildad, pues se expone y se muestra vulnerable ante el otro.

La falsa humildad se puede descubrir también cuando se entristece excesivamente por las propias faltas. Una tristeza excesiva al descubrir un pecado es en el fondo un acto de soberbia, es como un sorprenderse ante la propia falta, un escandalizarse de sí mismo, cosa que no sucede al verdadero humilde que conoce muy bien sus propias faltas. En el camino espiritual de Conchita, vemos cómo al inicio ella se siente muy tentada por esta falsa humildad y sus directores espirituales constantemente la previenen de ésta:

«Me ha fastidiado bastante el diablo con tentaciones y desalientos por algunas caídas o imperfecciones, he visto claro los puntos de amor propio que pueden encerrarse en estos desalientos y lo que el diablo trabaja con falsa humildad, para quitar la confianza... Gran violencia me ha costado vencerme, pero luego que me he humillado poniendo mi frente y mi corazón en el polvo al pie del Sagrario»[62].

La falsa humildad es muy sutil. Inclusive los santos señalan cómo algunas veces cuando la persona ha conquistado diversas actitudes de humildad, puede engañarse pensando que es humilde. Es decir, tiene una clara conciencia de sus debilidades, las remite a Dios, pero sin embargo sigue llena de soberbia. Quizás porque piensa que los bienes que tiene son más grandes de lo que en realidad son, o porque considera estar más iluminada por Dios de lo que cree y se basta a sí misma para discernir cuál es el plan de Dios. San Juan de Avila nos previene contra esta falsa humildad:

«Mas habéis de notar, que muchos sienten en sí mismos su propia vileza, y cuán nada son de su parte, y paréceles que atribuyen puramente la gloria a Dios de todos sus bienes, y tienen otras muchas señales de humildad y con todo esto están tan llenos de soberbia, y tan enlazados en ella, cuanto ellos más libres piensan estar. Y es la causa, porque ya que vivan en verdad, por no atribuir los bienes a sí, viven en engaño, por pensar que son sus bienes más y mayores de lo que en la verdad son; y piensan tener de Dios tanta lumbre, que ellos solos bastan para regirse en el camino de Dios y aun para regir a los otros; y ninguna persona hay que en los ojos de ella sea suficiente para los regir. Son en gran manera amigos de su parecer y aun tienen en poco algunas veces lo que los santos pasados dijeron, y lo que a los siervos de Dios que en su tiempo viven, parece. Jáctanse tener el Espíritu de Cristo y ser regidos por Él, y no haber menester humano consejo, pues con tanta certidumbre Dios y su unción les satisface en sus oraciones»[63].

Hay otro tipo de falsa humildad. Es la de la persona que niega ante los demás, pero sobre todo ante sí misma, las capacidades, los talentos y las bendiciones que Dios le concede. Como desea sinceramente ser humilde, se engaña pensando que la verdadera humildad es la acentuación en su vida de los fracasos, las debilidades y las limitaciones. Esta falsa humildad es dañina, porque la aleja de la verdad de sí misma. Este engaño la hace perder fuerzas para la extensión del Reino de los Cielos que requiere poner todos los dones al servicio de Dios. Existe la tentación de pensar que los propios dones, como la persona se sabe soberbia, pueden ser obstáculo al cumplimiento del designio divino y prefiere entonces escoger trabajos o roles que no le den ocasión de caer en ese pecado. Conchita llegó a comprender con mucha lucidez cuál es el criterio de discernimento sobre cómo vivir la humildad frente a las responsabilidades:

«Lo que debemos hacer siempre, no es ni lo más alto ni lo más humilde, sino sencillamente lo que nos marca la Voluntad de Dios. Esta voluntad una, inmutable, santísima, nos va pidiendo en cada etapa de nuestra vida, algo determinado, que varía según los tiempos y las circunstancias, pero que forma parte de una misteriosa cadena, que es la realización de los designios de Dios sobre nuestras almas, y que tiene maravillosa unidad, puesto que la tiene el ideal de Dios, respecto de cada uno de nosotros»[64].

Concha se da cuenta que cuando uno rechaza una responsabilidad, o un encargo u oficio simplemente por el temor a la soberbia, el enemigo juega aquí una excelente partida, deteniendo una obra buena por el temor a la misma soberbia. Ésta no es la verdadera humildad. El auténtico cristiano es consciente de sus debilidades y de la soberbia que ha de despojarse, pero no se atemoriza frente a ella. La combate y sabe que esta vida es un caminar en continua purificación. Es también consciente de sus virtudes y de las continuas bendiciones que Dios derrama en su vida. Las acepta con libertad, goza con ellas como venidas de Dios y sabe que son instrumentos preciosos para la extensión de su Reino. No fueron pocas las veces en las que Concepción Cabrera de Armida lucha contra esta tentación: «“Hacer siempre lo más perfecto...” Sentí como un rayo de luz que hirió mi corazón, pero yo con falsa humildad resistí el impulso divino»[65].

El eje de la propia vida para vivir la humildad no se encuentra en el mayor número de debilidades o defectos que se tienen en comparación con el número de dones o virtudes. El eje para vivir la humildad es tener la mirada fija en el Señor Jesús. Esta mirada, no egocéntrica, sino profundamente cristiana, lleva a vivir en la presencia de Dios y a comprender que cuando se descubre la propia debilidad o el propio pecado, se ha de volver al Señor misericordioso, pronto a perdonar y a recibir al pecador. En el momento en que se perciben los dones y las virtudes la mirada se vuelve al mismo Espíritu vivificador, fuente y dador de toda gracia.

La humildad tampoco es una virtud externa o formal por la que la persona deba callar las bendiciones que Dios derrama en su vida. Quizás desde una antropología un tanto negativa se ha considerado que la humildad consiste en no hablar nunca de uno mismo, convirtiéndose esta falsa humildad en un obstáculo para actuar de manera libre y sencilla. Es decir, no es contra la humildad comunicar a alguien los dones y las gracias que Dios realiza en la propia vida. Para vivir la humildad se requiere sobre todo pensar en la intención de las palabras. Se debe evaluar si se busca con ellas la propia gloria o la gloria de Dios. Buscando en todo la gloria de Dios y el amor y servicio a los demás la persona se encuentra en una libertad de espíritu para comunicar sin temores o escrúpulos lo que considera bueno y útil para la edificación común.

7. En el dolor se forja la humildad

El dolor y el sufrimiento pueden ser también un camino privilegiado para forjar la virtud de la humildad. El Señor no pide buscar sufrimientos, más alla que se aprecia el valor de la penitencia y el ayuno como prácticas cristianas. Sólo que estas prácticas no pueden hacernos olvidar las ocasiones de dolor y mortificación que la vida nos presenta a diario. No son el “dolor” o el “sufrimiento” en sí mismos los que hacen a la persona humilde, sino la aceptación y la decisión de entrar por el camino de la cruz. El dolor y el sufrimiento son una realidad ante la cual el ser humano percibe su propia impotencia. A algunos los lleva a rebelarse y a enfurecerse contra Dios y contra sí mismos. En cambio, cuando es asumido en espíritu de fe, el dolor puede tener la función purificadora de modelar el corazón. La experiencia de dolor hace sentir al ser humano cuando es sincero consigo mismo, su fragilidad y su vulnerabilidad. Es en la experiencia de dolor donde puede experimentar con mayor facilidad su propia contingencia. Es ésta una hermosa ocasión para abrirse a la dimensión trascendente que lo invita a un horizonte mayor. Fray Luis de Granada señala que es en la paciencia de las tribulaciones donde se reconoce al humilde: «Ten paciencia en medio de todas tus persecuciones porque en el sufrimiento de las injurias se conoce al verdadero humilde»[66].

Todos los hombres y mujeres de Dios han sido probados en el crisol de las pruebas y las humillaciones. La vida de Concepción Cabrera de Armida está llena de experiencias de profundo dolor y desolación: la muerte de su hermano Manuel, la pérdida de un hijo, de su marido, las dificultades en el camino de fe, las dudas, los escrúpulos, las tentaciones y dificultades de todo tipo en el momento de concretizar la inspiración de las fundaciones. En ese sentido, Conchita es muy realista. Sabe que no hay cristianismo sin cruz y que su camino tiene que pasar a través de ella. Su visión tampoco es angelista, pues ella misma señala que para su amor propio «las humillaciones son una verdadera cruz hecha de una corteza seca y amarga». No es que el dolor o el sufrimiento desaparesca. Está ahí en con toda su crudeza y profundidad. Sólo que ella sabe también que si bien la cruz tiene esta aspereza que hace que humanamente se repulse, al mismo tiempo se convierte en el mejor combustible para amar a Dios con mayor pureza. Es el dolor unido al amor que da sentido al sufrimiento:

«La Cruz de las humillaciones es la de corteza más seca y amarga, pero también el combustible mejor para encender el corazón en el divino amor»[67].

La vida de esta mujer de Dios pasa desde sufrimientos exteriores como son las circunstancias, contrariedades y enfermedades, hasta las pruebas del espíritu. Cómo olvidar el desierto espiritual, la sequedad y el abandono que sufrió la sierva de Dios por tantos años. En un momento de su vida parece que todos estos sufrimientos se concentran. ¡Qué cercana a nuestra realidad cuando percibimos que, en un momento histórico particular, todos los sufrimientos vienen juntos y nos encontramos en medio de una fuerte tempestad! ¡Qué fuerza nos dan estos siervos de Dios para alentarnos en los momentos de tribulación y no olvidarnos que fueron a través de las pruebas que se convirtieron en los amigos de Dios! Ellos como Concha en medio del dolor gimieron con confianza ante el Señor Jesús:

«He sido probada muy fuertemente; tengo estrujado el corazón, apenado el espíritu, debilitado el cuerpo, sin poder casi, contener el llanto. Sufro desolación interior, decepciones exteriores y contrariedades que me van muy al vivo y que me afligen. ¡Válgame Dios! ¡Ten mi Jesús, piedad de tanta miseria!»[68].

Cuando se está sufriendo se quisiera poner límites a este sufrimiento y detener las dolorosas consecuencias. Al que sufre le brota decir “no más”. Quien acepta el misterioso designio divino que permite el dolor, quien acepta vivirlo con la cruz del Señor entra en una dinámica de paciencia, donde no impone los propios límites, el ritmo, el tiempo o el “hasta cuándo” del dolor, sino que se deja llevar confiado por el Señor de la Vida. Nuestra sierva de Dios descubre los frutos innumerables de quien decide seguir al Señor y dejarlo todo por Él. Ella cree que el dolor del arrepentimiento purifica, salva, arranca gracias al Cielo. Al mismo tiempo experimenta cómo, cuando la persona a través del sufrimiento se ha purificado y vaciado está lista para recibir al Espíritu Santo. Ella ha experimentado el gozo y los frutos del sacrificio y la oblación:

«El dolor del arrepentimiento purifica.
El dolor amoroso y desinteresado, salva.
¡El dolor de las almas puras, es el que arranca gracias [...]
No existe otro camino para llegar al Espíritu Santo que el de la Cruz.
Sólo al corazón vacío llena el Espíritu Santo.
Sólo en el corazón hecho cruz, hace su Nido.
¡Solamente en la soledad y silencio del alma se comunica...!
¡Sólo en un corazón puro se refleja...!
Sólo al corazón humilde enseña […].
Sólo reposa en las almas víctimas.
Sólo se da a las que por Él se sacrifican»[69].

El dolor y el sufrimiento están en íntima relación con la experiencia subjetiva de la pérdida de algo o de alguien muy valioso para la propia existencia: pérdida de un ser querido, de la salud, del dinero, de oportunidades, de la valoración o estima de los demás... El dolor tiene siempre la connotación de un bien ausente. Es la experiencia de Job, en la cual el Señor permite que poco a poco vaya perdiendo todos sus bienes hasta tocar lo más preciado y sagrado: «A mis hermanos ha alejado de mí, mis conocidos tratan de esquivarme. Parientes y deudos ya no tengo, los huéspedes de mi casa me olvidaron. Por un extraño me tienen mis criadas. ¿Soy a sus ojos un desconocido. [...] Mi aliento repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mi vientre. [...] Tienen horror de mí todos mis íntimos, los que yo más amaba se han vuelto contra mí» (Jb 19, 13-19).

Después de este grito angustiante Job continúa: «Yo sé que mi Defensor está vivo, y que Él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a Él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo lo veré» (Jb 19, 25-27).

Es interesante cómo Job deja entrever la fe en la resurrección, donde el Señor hará justicia. La experiencia de Job está concentrada no tanto en la pérdida que ha experimentado, sino más bien en la respuesta de fe final, en la alegría de “ver” el rostro de Dios y de participar en la comunión divina. El dolor es esa experiencia de crisol purificador que reordena la escala de valores y jerarquiza las prioridades. El sufrimiento asumido con el Señor Jesús lleva a concentrar la mirada en lo realmente importante: la invitación a la comunión divina de Amor, al encuentro final y para “siempre” con el Señor Jesús. Es el dolor entonces el que despoja a las personas de las falsas seguridades para ubicarlas en la simplicidad del corazón y por tanto en la verdadera humildad.

8. María, modelo de humildad

María ha estado presente a lo largo de toda nuestra reflexión. Ella nos ha ido iluminando sobre cómo vivir esta virtud. Tal vez pueda parecernos natural que sea modelo de humildad para nosotros ya que Ella es la Inmaculada, la mujer sin pecado y, por lo tanto, sin la concupiscencia que la hubiera llevado a tender hacia la búsqueda desordenada de sí misma. Pero quizás por ello podríamos pensar que “le fue más sencillo”.

No debemos olvidar que el mismo Señor Jesús fue tentado por el demonio. Por lo tanto, si bien ningún pasaje nos narra las tentaciones directas que pudo haber tenido la Virgen, es obvio que a Ella, como a su Hijo, no se le ahorraron tampoco las tentaciones de la vida. Justamente sabiendo que Ella no tenía dentro de sí ningún pecado ni la concupiscencia que arrastra hacia éste, el demonio se debe de haber ensañado con más fuerza en hacerle sentir el poder del mal para desalentarla y probarla en el camino. Este razonamiento no es fruto de la imaginación. Basta recordar cómo, apenas nacido el Señor Jesús, Herodes trata de perseguir al Niño para matarlo y así Ella con el Niño guiados por San José deben huir forzosamente a Egipto. Aquí percibimos a los enemigos del bien, las potencias del mal, los principados y las potestades que se alzan contra una humilde pareja de jóvenes israelitas y en especial contra una madre que busca por todos los medios defender a esa pequeña criatura que sabe que es el Hijo de Dios y el Mesías. No es que a la Madre no le haya afectado un mundo cargado de soberbia y vanidad. Todo lo contrario, creo que en Ella la vivencia de la humildad debe de haber sido aún más difícil. Justamente al estar sin pecado original debe de haber visto con más claridad la oposición y el daño que el ser humano se hacía a sí mismo en la búsqueda desordenada de sí. Debe de haber sentido con el corazón cargado de dolor mucha compasión al ver a todos los hombres tan lejos del camino de la verdadera felicidad, tan lejos de vivir con autenticidad la alegría de ser hijos de Dios, humildes y obedientes. Y ésta no es una interpretación subjetiva de los textos evangélicos o una consideración final piadosa sobre el tema de la humildad. La Sagrada Escritura nos lo demuestra. De las pocas palabras que nos reporta el Evangelio sobre la Virgen vemos en ella siempre el reflejo de su Hijo.

De la misma manera como su Hijo se pone a sí mismo como modelo diciéndonos que aprendamos de Él a ser mansos y humildes de corazón (Cf. Mt 11, 29), también nuestra Madre es modelo de humildad y en el Magnificat nos dice que ha sido Dios quien ha mirado la humildad de su sierva y que por ello las generaciones la llamarán bienaventurada (Cf. Lc. 1, 46-48). María sabe y es consciente de que la clave de la obediencia al Padre se encuentra en la vivencia de la humildad. Conocedora de las Escrituras y testigo de una experiencia particular de Dios en su vida, reconoce cómo el Señor rechaza a los soberbios y da su gracia a los humildes. Sus palabras no sólo repiten las enseñanzas del Antiguo Testamento. Ella es testigo de cómo ha sido objeto de bendiciones y gracias particulares, siendo consciente desde joven , de su pequeñez, de su pobreza, de su sencillez. Ella es una mujer que conoce su propia identidad, que sabe quién es, que desde pequeña encontró la verdad sobre sí misma. Puso a Dios en el centro de su existencia y por eso recibió gracia tras gracia, día a día. Por esta acción su interior exhalta y se queda admirada de lo que Dios va obrando en su corazón.

Pero María no sólo fue consciente de la verdad de su propia pequeñez como creatura de Dios, sino que decidió desde su propia libertad, alimentada por la Palabra de Dios, entrar por la puerta estrecha de la humildad, ejercitándose continuamente en esta virtud. Ella sin pecado original, debe de haber visto como con una lupa al padre de la mentira, al engaño que el demonio quiere hacer creer sobre la identidad del hombre, la falsedad que lleva a los conflictos de unos con otros. Ella debe de haber visto y tocado en carne propia la ira, la envidia, el odio que brotan de corazones no reconciliados y una y otra vez decidió seguir el camino de los humildes. ¿Y por qué María tuvo la convicción de seguir este camino? ¿De dónde tenía esta fuerza para ser signo de contradicción en un mundo lleno de soberbia? Creo que una clave fundamental nos la da la Sagrada Escritura a través de sus propias palabras: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu exalta en Dios mi Salvador porque ha mirado la humildad de su sierva» (Lc. 1, 46-47).

María ha podido ser humilde por su amor sin límites a Dios Padre. El amor de Dios la embargaba de tal manera que no podía buscar la gloria de sí misma, pues todo su corazón le pertenecía al Señor. María fue una mujer que caminaba y vivía cada jornada sintiéndose amada por Dios y conocida en lo profundo de su corazón “porque ha mirado la humildad de su sierva”. Ella es la mujer que vive la verdad de sí misma. Pero quizás lo que más conmovió a esta mujer es que el amor de Dios hacia Ella fuese tan gratuito, tan libre. Lo que más le movía a seguir vivendo la humildad a lo largo de toda su existencia es que sabía que sólo en la humildad Ella podía encontrarse con Dios, que la miraba con amor y benevolencia. Por eso, no quiso apartarse ni un segundo de este camino, porque era una mujer auténtica que no sólo buscaba vivir en la verdad sino encontrarse día a día con la misma Verdad, con el amor del Padre, de su Hijo y del Espíritu Santo.

Las reflexiones de Conchita sobre María son muchísimas. He escogido aquella en la que se contempla el misterio de la humildad de María durante toda la vida de Cristo, llegando a su culmen en la pasión. Es ahí, donde María aparece en primer plano cuando su Hijo es el Hijo abandonado por todos, olvidado por todos:

«Humildad de María, escondida en los triunfos de Jesús.

Una mujer entusiasmada: "Bienaventurados los pechos que te alimentaron". No salió María diciendo: "Ésa soy yo..." (la reforma). Son más dichosos aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan en su corazón.

- Señor, te están esperando tu Madre y tus hermanos.

"¿Quién es mi Madre y quiénes son mis hermanos? Todo aquél que hace la voluntad de mi Padre, ésos son mi madre y mis hermanos". (Cojan el lápiz) y decid:

Madre mía, que no aparezca.

Después de la multiplicación de los panes, fue Jesús de triunfo en triunfo y María oculta.

Pero llega el día de las ignominias, dicen a Jesús: blasfemo, impostor, etc., etc., y María se abre paso entre la multitud, se planta cerca de la cruz haciendo ver que Ella, era la Madre del fracasado, etc., etc.»[70].

Conchita reconoce en María el retrato de humildad que ella debe copiar en su alma y deja fluir la pluma escribiendo con detalle el fiel reflejo del alma de la Madre. Creo que es justo terminar nuestras reflexiones sobre la humildad con esta bella oración de Conchita que nos invita a vivir esta hermosa virtud y nos va señalando a través de María como podemos hacer de este camino algo cotidiano, sencillo y profundamente comprometido. ¿Cómo fue María? Nuestra sierva de Dios se responde:

«Humilde hasta ser esclava de Dios y de los hombres.
Abnegada hasta la inmolación.
Sacrificada hasta el renunciamiento.
Desinteresada hasta el desprendimiento.
Pobre hasta darnos a su Divino Hijo.
Obediente hasta el sacrificio.
Dulce hasta la mansedumbre.
Amable como ninguna madre.
Generosa sin límites...
Constante hasta el heroísmo.
Sencilla como los niños.
Modesta sin afectación.
Mortificada sin medida.
Paciente sin murmurar jamás.
Prudente en toda ocasión.
Amorosa con los pobres.
Recogida
Suave con delicadeza.
Trabajadora cual ninguna creatura.
Amante como serafín.
Candorosa como Virgen.
Piadosa con amabilidad.
Caritativa universalmente.
Indulgente con todos sin excepción.
Conciliadora siempre...
Silenciosa sin ridiculez.
Sufrida hasta el martirio.
Delicada de conciencia y de sentimientos.
Penitente como ningún santo.
Diligente para todo bien.
Misericordiosa sin excepciones.
Fiel en sus amistades.
Más que madre con los enfermos.
Dedicada al servicio de Dios.
Consecuente con todas las personas.
Limpia en su alma sin mancha.
Hacendosa en su hogar.
Engolfada en el Espíritu Santo.
Absorta en Dios interiormente.
Vacía de toda propia voluntad.
Con su corazón en el cielo.
Con sus manos ocupadas.
Con sus labios alabando.
Con su pecho bendiciendo.
Con su corazón orando.
¡Con todo su ser amando!
Feliz en su pobreza.
Dichosa en su ocultamiento.
Encantada en las humillaciones.
Venturosa en el dolor.
Sufrida en las decepciones.
Callada en los desprecios.
Disimulada en los defectos ajenos.
Reposada en sus decisiones.
Activa en servir a los demás.
Olvidada en sí misma.
Menos que nadie a sus propios ojos.
Más que nadie en su abajamiento.
Toda para Dios.
Nada para sí.
Siempre tratando de complacer.
Nunca pensando en su persona.
Buscando la gloria de Dios en todo.
Dejando su propia voluntad.
Tomando lo más doloroso para sí.
Procurando el bien de las almas.
Preocupada por los pecadores.
Alegre en los triunfos de Dios
Santa entre todos los santos»[71].

[1] «A menudo el espíritu humano está sujeto a una forma de pensamiento ambiguo, que lo lleva a encerrarse todavía más en sí mismo, dentro de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente» (Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, n. 81).
[2] Hablando del corazón como un abismo, San Agustín afirmaba: «Si abismo es una profundidad, ¿pensaremos que el corazón del hombre no es un abismo?» (
San Agustín, In. Ps. XLI, 13).
[3] Rodríguez, A
., Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Madrid 1985, p. 762.

[4] Cabrera de Armida, C., Cuenta de conciencia (1893-1936), I-LXVI, edición privada, México. (De ahora en adelante CC): CC 60, 120-121: 8 marzo 1933.
[5] Santo Tomás de Aquino, Comentario de la Ética a Nicómaco, Buenos Aires 1983, IV, viii, 740.
[6] Cf. Louf, A., L’umiltà, Brescia 2000, p. 18.
[7] «Es así que la humildad se manifiesta como el más íntimo secreto de la Encarnación: es decir que la gloria divina se encuentra en la libertad soberana de la majestad divina que renuncia a sí misma para “abajarse” en la “inanidad” de una “obediencia” a los hombres» (
Przywara, E., Umiltà, pazienza e amore, Brescia 1968, p. 17).
[8] Santa Teresa de Ávila
, Castillo interior, Moradas sextas, 10, n. 7, en Obras Completas, Burgos 2002, p. 822.
[9] CC
48, 113-114: 6 mayo 1927.

[10] «ταπεινο», de baja condición, humilde; LXX, Ps. 130(131).2; de espíritu bajo, Arr. Epict. I.9.10., Ep.Eph. 4.2, al.; (Thayer) en: Danker, F.W., (ed), A Greek English Lexicon of the New Testament and other early Christian literature, Chicago 2003 (Tdt).
[11] Cf. Am 2,6-7.
[12] Cf. Sal 119, 67.71; 37,14; 109,16; 40,18; 25,16-18; 86,1-2.
[13] «Humildad» en
Ancilli, E.,Diccionario de espiritualidad, v. III, Barcelona 1987, p. 267.
[14] Cf.
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Gaudium et spes, n. 24
[15] Przywara, E
., ob. cit., pp. 14-15 (Tdt).
[16] Cf. S
anto Tomás De Aquino,Suma Teológica, II-II, c.161 a.1 ad 5.

[17] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 208.
[18] «Quid superbis, homo? Deus propter te humilis factus est. Puderet te fortasse imitari humilem hominem, saltem imitare humilem Deum [...] ille Deus factus est homo; tu, homo, cognosce quia es homo: tota humilitas tua, ut cognoscas te» (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, tr. 25, 16; PL 35, 1604).
[19] Scupoli, L
., Combate espiritual, Buenos Aires 1980, p. 102.
[20] Rodríguez, A
., ob. cit., pp. 792-793.
[21] «Cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado» (
Jn 16, 8).

[22] San Juan de Ávila, Audi, Filia, Madrid 1997, p. 303.
[23] Santa Teresa de Lisieux, Manuscrito dedicado a la Rvda. Madre Inés de Jesús, en Obras completas, Burgos 1983, p. 292.
[24] CC 1, 92: 8 diciembre 1893.
[25] Allers, R., Self Improvement, New York 1939, p. 23 (Tdt).
[26] Fray Luis de Granada, Guía de Pecadores, Madrid 195710, p. 491.
[27] Rodríguez, A
., ob. cit., p. 792.

[28] Santa Teresa de Lisieux
, Manuscrito A - IV, en ob. cit., pp. 138-139.

[29] Scupoli, L., ob. cit., p. 25.
[30] Casiano, J
., Instituciones, Madrid 1957, p. 450.

[31] San Juan Crisóstomo, Hom. In Act. Apost., XXX, 3, P.G., 69, 225.
[32] CC 57, 113: 26 agosto 1931.
[33] CC 57, 114: 26 agosto 1931.
[34] CC 57, 114-115: 26 agosto 1931.
[35] CC 1, 391-392: 6 febrero 1894.
[36] CC 13, 9-10: 2 mayo 1900.
[37] CC 13, 11: 2 mayo 1900.
[38] Cf.
Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 5.

[39] “fe”: los nombres primarios derivados del verbo 'confiar' ('aman) significan 'firmeza, estabilidad' ('emunah; Is. 33, 6: 'y Él será tu estabilidad...') y 'veracidad, fidelidad, fiable' ('emet; Sal. 71, 22). A lo largo del Antiguo Testamento se trata de una estabilidad y seguridad que juntas son signos de la fidelidad de Dios a su pueblo (Achtemier, P., [ed.] Harper's Bible Dictionary, San Francisco 1985).
[40] CC 13, 47: 7 mayo 1900.
[41] “fe”: En el hebreo el verbo significa en la mayoría de las veces 'ser verdadero'; detrás de éste permanece la raíz con el significado de 'sólido,' 'firme.' El sentido de este 'ser verdadero' se intensifica en el pasivo (Niphal) forma del verbo en el cual uno puede hablar de una persona como 'confiable' o 'consistente.' El causativo (Hiphil) es la forma del verbo que sugiere la aceptación de alguien como verdadero» (Achtemier, P., (ed.) Harper's Bible Dictionary, ob. cit.).
[42] Cf.
Dei Filius, en Denzinger, E., El Magisterio de la Iglesia, Barcelona 1963, n. 1789.

[43] Rodríguez, A., Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, ob. cit., p. 768.
[44] CC 13, 47: 7 mayo 1900.
[45] CC 13, 48: 7 mayo 1900.
[46] Juan Pablo II
, XV Jornada Mundial de la Juventud en Tor Vergata. Vigilia de oración, 19 de agosto del 2000.

[47] Ibidem.
[48] CC 13, 48: 7 mayo 1900.
[49] Rodríguez, A., Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, ob. cit., p. 769.
[50] CC 6, 231: 28 octubre 1895.
[51] CC 58, 211-216: 14 enero 1932.
[52] San Bernardo de Claraval, De los grados de la humildad y de la soberbia, en Obras completas de San Bernardo, t. I, Madrid 1983, p. 177.
[53] CC 3, 202: 27 mayo 1894.
[54] Lyonnet, S.,
Eucaristia e vita cristiana, il sacrificio della nuova alleanza, Roma 1982, p. 29 (Tdt).
[55] Casiano, J.,
Instituciones, ob. cit., pp. 448-449.

[56] Santa Catalina de Siena, Obras de Santa Catalina de Siena. El diálogo. Oraciones y soliloquios; José Salvador y Conde (trad.), Madrid 2002, p. 73.
[57] Cf. Gauthier, R.A., Magnanimité, L'idéal de la grandeur dans la philosophie païenne et dans la théologie chrétienne, Paris 1951, pp. 401-402.
[58] CC 62, 110-111: 27 julio 1934.
[59] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIae, C. 161, a. 3, ad. 3.
[60] Ibidem
[61] CC 57, 116-118: 26 agosto 1931.
[62] CC 4, 320: 14 noviembre 1894.
[63] San Juan de Ávila, Audi, Filia, ob. cit., p. 165.
[64] CC 62, 349: 27 julio 1934.
[65] CC 1, 18: noviembre 1893.
[66] Fray Luis de Granada
, Guía de Pecadores, ob. cit., Libro Segundo, I Parte, c. IV.

[67] CC 7, 279-280: 19 agosto 1896.
[68] CC 7, 360: 1 octubre 1896.
[69] CC 11, 326-327: 4 noviembre 1899.
[70] CC 43, 67B-68A, 9 junio 1920.
[71] CC 13, 42: 6 mayo 1900.